Magufos: Donald Trump me da alas
En la era de la posverdad y la tribalización informativa, pocos personajes han tenido tanto impacto en la difusión de ideas anticientíficas como Donald J. Trump. Más allá de la política tradicional, su discurso ha atravesado temas médicos, sanitarios y de bienestar social con declaraciones que contradicen el consenso científico establecido.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
Un magufo (palabra que surge de combinar «magia» y «ciencia») es quien difunde ideas pseudocientíficas, niega consensos científicos consolidados o presenta opiniones sin evidencia alguna como si fueran hechos probados. En los últimos años este tipo de discurso ha llegado al centro del debate público, gracias a una persona que cada día acapara titulares en todos los medios de comunicación: Donald Trump. Desde su posición de poder ha amplificado mensajes contra las vacunas, ha sembrado dudas infundadas sobre medicamentos de uso común o ha minimizado evidencias científicas ampliamente demostradas.
Paracetamol y autismo: un ejemplo de confusión peligrosa
En septiembre de 2025, Trump afirmó en la Casa Blanca que el uso de paracetamol (conocido en EE. UU. como Tylenol) durante el embarazo podría estar vinculado a un mayor riesgo de autismo en los niños, recomendando incluso que las mujeres embarazadas lo evitaran y que las madres no lo administraran a sus hijos pequeños. La declaración generó titulares alarmistas y preocupación pública.
Organizaciones sanitarias internacionales como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Agencia Europea del Medicamento (EMA) rechazaron el supuesto vínculo, recordando que el paracetamol sigue siendo una opción recomendada y segura para aliviar dolor y fiebre en el embarazo bajo supervisión médica. En nuestro país inmediatamente la Confederación Autismo España, como representante del movimiento asociativo del autismo en nuestro país, mostró su absoluto rechazo ante estos anuncios.
La ciencia no respalda la afirmación del presidente norteamericano. Estudios de gran escala –como el metaanálisis publicado recientemente en The Lancet Obstetrics, Gynaecology & Women’s Health– han probado que tomar paracetamol durante la gestación no aumenta el riesgo de autismo, TDAH ni discapacidad intelectual en los niños.
Vacunas y autismo: una vieja teoría sin fundamento
Otra de las áreas donde Trump ha incursionado de forma errónea es la de las vacunas infantiles. En la misma conferencia sobre autismo, el entonces presidente y su secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., repitieron afirmaciones que sugieren una relación entre vacunación y autismo, citando supuestos grupos con bajos niveles de vacunación y baja prevalencia de autismo como prueba.
No existe evidencia científica sólida de una relación causal entre vacunas y el trastorno del espectro autista (TEA)
La idea de que las vacunas causan autismo es un mito ampliamente desmentido por décadas de investigación científica. Tanto la OMS como múltiples estudios epidemiológicos han reafirmado que no existe evidencia científica sólida de una relación causal entre vacunas y el trastorno del espectro autista (TEA).
Pese a ello, una prueba de la influencia de Trump fue que después de sus declaraciones, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) en EE.UU. llegaron a modificar temporalmente su página web para sugerir que la afirmación «las vacunas no causan autismo» no tenía sustento, una decisión que fue criticada por la comunidad científica por contradecir el consenso existente.
Desinformación versus consenso científico
A este repertorio de mensajes anticientíficos se suma el negacionismo climático, una constante en el discurso de Trump desde hace años. En una intervención de septiembre de 2025 ante la Asamblea General de la ONU, Trump calificó el cambio climático como «el mayor timo jamás perpetrado», contradiciendo décadas de evidencia científica sobre calentamiento global, aumento del nivel del mar o frecuencia de fenómenos extremos. La ciencia climática consensuada por miles de expertos demuestra que el clima se está calentando por causas humanas y que esto tiene impactos reales y crecientes en ecosistemas y sociedades.
En septiembre de 2025, Trump calificó el cambio climático como «el mayor timo jamás perpetrado»
Durante esa misma intervención, atacó a las energías renovables, especialmente la eólica y la solar, describiéndolas como caras, poco fiables o dañinas, cuando numerosos informes internacionales muestran justo lo contrario: que son ya algunas de las fuentes de energía más competitivas, limpias y clave para reducir emisiones.
El problema no se queda en el terreno de las palabras. El negacionismo científico de Trump se ha traducido en decisiones políticas concretas con consecuencias potencialmente graves. Durante su mandato, su Administración impulsó la revisión y el intento de derogación de los llamados endangerment findings, los dictámenes científicos y legales que reconocen que los gases de efecto invernadero suponen un riesgo para la salud pública. Estos informes, respaldados por décadas de investigación, vinculan directamente la contaminación y el calentamiento global con el aumento de enfermedades respiratorias, cardiovasculares y muertes prematuras. Cuestionarlos no es un debate académico, abre la puerta a debilitar regulaciones ambientales, aumentar la exposición de la población a contaminantes y retrasar políticas de protección sanitaria basadas en la evidencia científica.
Todas estas controversias ponen de manifiesto un punto crucial. Mientras que la ciencia se basa en evidencias contrastadas, la presencia de figuras públicas que repiten –o incluso impulsan– narrativas fruto de opiniones personales puede tener un efecto real: la erosión de la confianza en la ciencia, un fenómeno documentado en investigaciones sobre desinformación en línea que muestra cómo las teorías conspirativas y el material anticiencia tienden a viralizarse con gran rapidez.
¿Qué se puede aprender de todo esto?
El caso de las afirmaciones de Donald Trump debe recordarnos que no toda información difundida en un podio o en redes sociales tiene el mismo rigor que la evidencia científica. La ciencia es un proceso colectivo, transparente y acumulativo; las políticas de salud pública eficaces se construyen sobre datos replicables y análisis críticos.
Distinguir entre opinión personal y evidencia científicamente sustentada es hoy más importante que nunca, especialmente en áreas que afectan a la salud pública y el bienestar colectivo. En este contexto, la labor de los medios, científicos y educadores es crucial para contrarrestar magufos –ya sea políticos, influencers o cualquier figura con alcance público – con información verificada y accesible.
COMENTARIOS