El pesimismo filosófico y el cristianismo
De acuerdo con el pesimismo clásico schopenhaueriano, vivimos en el peor de los mundos posibles.
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Normalmente, el pesimismo ha sido visto como algo oscuro y evitable a toda costa. No obstante, ser pesimista no implica, necesariamente, que de manera fija se esté al borde de la desesperación, de la desesperanza o del suicidio. Más bien, consiste en ser consciente de las penas que conlleva el existir, resumido en una sola frase: «toda vida es sufrimiento». Esto puede llevar a posturas éticas sofisticadas para buscar el bien propio y el de los demás por medio de la compasión. No se puede hablar de un solo pesimismo sino de pesimismos, con variantes que llevan a conclusiones cercanas al teísmo, el deísmo, el agnosticismo o al ateísmo, por mencionar algunos. Las reflexiones pesimistas son antiquísimas y tienen su origen en las primeras civilizaciones como los sumerios, los acadios, los egipcios y en la antigua Grecia con Hegesías de Cirene. Sin embargo, el primer sistema filosófico realmente robusto que trató el tema con profundidad fue el de Arthur Schopenhauer, cuya filosofía servirá de guía principal para la presente reflexión.
Otro error relativamente común por el ideario popular es relacionar el pesimismo con satanismo y ocultismo. Aquí, vale decir que incluso el pesimismo ateo no busca de manera general una relación directa con este tipo de ideologías, pues como escuela filosófica, se identifica como una tradición rigurosa para la descripción de la realidad desde su propia lente y la identificación de los dolores en el mundo. Más bien, son este tipo de ideologías las que se apropian de ciertos elementos del pesimismo filosófico para dotar a sus movimientos de cierta validez argumentativa. A menos, claro está, que cierto autor deje claras sus intenciones con su propia filosofía y decida apoyar a una u otra denominación ideológica o religiosa.
El primer filósofo que trató el pesimismo con profundidad fue Schopenhauer
Por otra parte, el cristianismo se ha identificado en la mayoría de los casos con un optimismo absoluto. Creer que todo está en manos de Dios y que tener fe basta y sobra para paliar cualquier pena. Lo cual, si bien es verosímil para un creyente, puede no serlo para alguien que no profese la creencia o para quienes estén todavía en proceso de conversión o en busca de sentido vital. Y es que el tema de la existencia o no existencia del alma y de Dios sobrepasa nuestro entendimiento, por lo que la epistemología no alcanza para comprobar todo esto.
Así, cabe preguntarse ¿en qué sentido el pesimismo filosófico puede ser similar al cristianismo? Aunque cabe mencionar que esta tradición filosófica se entiende mejor con el ateísmo, agnosticismo o con tradiciones espirituales que no tienen la esperanza de una vida futura ni la de un mundo trascendente, dado que estamos inmersos en la cultura occidental, es de llamar la atención algunas similitudes entre ambas doctrinas.
De acuerdo con el pesimismo clásico schopenhaueriano, vivimos en el peor de los mundos posibles. En este punto, podemos revisar en 1 de Juan 5:19 que existe una clara referencia a la potestad del mal en el mundo, pero ¿cómo puede haber mal en algo que Dios hizo bueno?, lo cual puede constatarse en Génesis 1:31. Esto podría hacer pensar que el mundo se realizó de la mejor forma posible, pero el ser humano por su libre albedrío eligió el mal o, dicho de otro modo, despreció el bien y dejó de llevarlo a cabo. Recordando a San Agustín, el mal de hecho no existe, sino que es la privación del bien. El que exista o no exista el mal en sí mismo es un problema filosófico que puede adquirir diferentes conclusiones según la apreciación y el juicio subjetivo, pero parece haber coincidencias entre el pesimismo y el cristianismo respecto de la supremacía del mal en el mundo.
Recordando a San Agustín, el mal de hecho no existe, sino que es la privación del bien
A su vez, el pesimismo clásico apoya la negación de la voluntad y el desear no desear como formas de redención. En este sentido, el negador del mundo es superior al conquistador del mundo. Es de llamar la atención que en 1 Juan 2:15-16 se encuentre una clara referencia al desprecio que se debería tener hacia el mundo. En este punto, el cristianismo menciona en Efesios 6:12 una batalla que puede ser interpretada en un campo metafísico o incluso místico. El pesimismo, por su parte, declara una lucha entre el intelecto y la voluntad: el intelecto, al darse cuenta de la maldad del mundo a causa de la cosa en sí (voluntad) y sus apetitos, decide llevar a cabo un último deseo, el desear no desear. Sin embargo, esto podría ser imposible pues conlleva en sí mismo un deseo. Además, esclarecer qué es lo que le pasaría a la voluntad después de ser negada y una vez llegada la muerte sigue siendo un misterio. Aquí, las filosofías pesimistas no tienen suelo firme, pues puede ser que la voluntad persista, se transforme, se aniquile o se aniquile y se purifique (o acaso alguna otra posibilidad que yo no he detectado todavía) por lo que es en extremo difícil tratar de resolver esta cuestión.
En segundo lugar, el efecto que el sufrimiento tiene sobre nuestras vidas es de suma importancia tanto para cristianos como para pesimistas. En Eclesiastés 7:1-4 se dan reflexiones interesantes de ello. Y es que es difícil pensar en algún tipo de sabiduría que no haya sido resultado de haber sufrido, pues cuando todo es alegría frecuentemente se incurre en excesos e insensatez que nutren el egoísmo. Así, en Mateo 16:24 se menciona la negación de uno mismo.
Ahora bien, entender correctamente la Biblia es un reto de grandes proporciones, pues utiliza lenguaje literal y alegórico. El resultado ha sido que el cristianismo se divida en diferentes denominaciones religiosas. Es decir, no es lo mismo la interpretación bíblica de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, que la de la Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa o el protestantismo y sus múltiples lecturas siendo las de Lutero y Calvino algunas de las más famosas. Así como los mesiánicos, entre muchas otras organizaciones. Esto sin tomar en cuenta otras religiones abrahámicas como el judaísmo y sus diferentes ramas, la lectura de libros de cábala o incluso el islam, que complejiza en extremo la situación. En suma, esto demuestra lo rico que puede ser la interpretación de los textos sagrados.
Llegado este punto, y a manera de conclusión, puedo decir que el cristianismo no necesita del pesimismo filosófico, pues a final de cuentas es sabiduría no sagrada ni religiosa. Por su parte, filósofos que han analizado el cristianismo y lo difícil de la vida terrenal como San Agustín o Søren Kierkegaard, me parece que no podrían figurar entre autores puramente pesimistas, sino meramente con tintes de ello. A su vez, el pesimismo es una escuela de pensamiento filosófica que se enfoca más en el análisis de conceptos abstractos de pensadores influyentes en la historia de la filosofía tales como Schopenhauer, Mainländer, Bahnsen, entre muchos otros destacados y que pretende estar libre de dogmas. El hecho de que la filosofía pueda dialogar con otras ciencias como la física o con tradiciones místicas, religiosas o espirituales, y que en ocasiones utilice lenguaje metafórico, da muestra de lo complejo que es para la disciplina aproximarse a verdades elevadas desde la razón y la experiencia. El propio Ludwig Wittgenstein demostró que las cuestiones trascendentes y aquello que parece ir más allá de lo racional y que ha ocupado a los filósofos durante muchísimas generaciones son simplemente los límites del lenguaje. No obstante, han existido pensadores que se han atrevido a intentar explicar lo aparentemente indecible del mundo desde diferentes ópticas y con diferentes herramientas que la historia nos presenta.
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