Pertenecemos a lo simple
La ostentación y las complejidades de la vida, conviene no olvidar, son desvaríos, ficciones, convenciones que desvían el foco de la belleza y tranquilidad de lo discreto, que no nos dejan ver que pertenecemos a lo simple.
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Una diligente consulta al diccionario de la Real Academia Española desvela que la sencillez es la «cualidad de lo sencillo». Tirando del hilo, lo sencillo está provisto de una serie de acepciones de gran interés todas ellas. He aquí una selección: «que no ofrece dificultad», «que no tiene artificio ni composición», «que carece de ostentación y adornos», «dicho de una persona: natural, espontánea, que obra con llaneza».
Salta a la vista que la sencillez es, en amplia medida, un arte extraviado en los vericuetos de la vida contemporánea. Que las dinámicas que singularizan nuestras sociedades posmodernas abrazan lo complejo se refleja, por ejemplo, en la sobreinformación, en la disconformidad con lo propio o en la obsesión por un sinfín de tangencialidades, mayormente entreveradas con la estética.
Se puede presumir sin gran riesgo que el malestar que aqueja a nuestra sociedad enfermiza proviene, hasta cierto punto, de estos excesos. Recuperar la sencillez se muestra de este modo como un remedio pavimentado sobre la revalorización de lo suficiente, del valor de lo cotidiano o, con tintes más metafísicos, de la ligereza del existir.
La sencillez es, en buena medida, un arte extraviado en los vericuetos de la vida contemporánea
La cultura del consumo, cada vez más invasiva, sostiene que la realización personal se mide por una serie de ítems supuestamente cuantificables. Tal es el caso de los logros académicos y profesionales, de las experiencias o, por lo general, de las posesiones materiales. El exceso torna así en norma, y todo lo simple en sospechosamente insuficiente. Con todo, cada vez más estudios y análisis muestran que el bienestar personal florece en el parterre del minimalismo.
Un ejemplo: investigaciones recientes llevadas a cabo en la Universidad de Otago (Nueva Zelanda) señalan que quienes resisten el impulso consumista y eligen un estilo de vida más sobrio aseguran disfrutar de mayor bienestar y más oportunidades de interacción personal genuina. Contra la narrativa imperante, la felicidad no se asienta, según esto, sobre lo extraordinario. Al contrario, reposa sobre la rutina bien vivida, la belleza de lo cotidiano.
La vida sencilla conduce a relaciones más profundas y participativas, del tipo de huertos comunitarios o redes de apoyo mutuo. Quien deja de lado las relaciones sociales, quien no les ofrece el mimo requerido, lo hace las más de las veces en pos de una serie de metas ligadas, precisamente, al aumento del rendimiento, de la productividad, del consumo, etcétera. La simplicidad voluntaria, por llamarle de algún modo, otorga ante esto una poderosa contra-narrativa, una ética cotidiana cimentada en el aprecio de lo que se tiene más que en la insaciable procura de lo ausente.
La enfermera australiana Bronnie Ware, experta en cuidados paliativos, ha investigado los arrepentimientos más comunes de las personas al final de sus vidas (Los cinco mayores arrepentimientos de los moribundos: Una vida transformada por el ser querido que se fue, 2012). Nótese que entre estos destacan la sensación de haber dedicado demasiado tiempo al trabajo, no haber expresado los sentimientos y la pérdida del contacto con amistades.
Numerosas filosofías antiguas –del estoicismo griego a la sabiduría oriental– han coincidido en asociar la virtud, la felicidad y la paz interior con la vida sin adornos superfluos. No se trata de retroceder ni de renegar de los placeres, sino de depurar lo que merma el bienestar personal, la calidad de la vida.
Numerosas filosofías antiguas han coincidido en asociar la virtud, la felicidad y la paz interior con la vida sin adornos superfluos
Todo lo dicho es muy básico y, no obstante, lo simple no es lo fácil, máxime ante el tsunami de la inmediatez contemporánea. La sencillez requiere de una atención específica, de una disciplina amable para despojar de impurezas la experiencia. A diferencia del facilismo (ausencia de esfuerzo), la simplicidad exige una inteligencia práctica consistente en saber discernir lo esencial de lo accesorio, el trigo de la paja.
El ruido y la sobrecarga informativa ya aludida impiden muchas veces sentir y reflexionar. Nos alejan de aquello que el filósofo Martin Heidegger denominó como «vida auténtica», esa que es consciente de sí.
Pese a todo, parece que se atisban ciertos cambios de tendencia. Las nuevas generaciones que se incorporan hoy al mercado laboral, se dice en algunos titulares, anteponen el bienestar personal (aportado, verbigracia, por el tiempo libre) a la responsabilidad gremial (al dinero, al ansia por medrar en el trabajo…). De ser efectivamente el caso, este cambio no responde a ninguna moda, sino en todo caso a una necesidad de nuestra condición humana y, por qué no añadir, también de nuestro planeta finito.
Si somos lo que habitamos y cómo habitamos, apostar por la sencillez implica recuperar la raíz de nuestra pertenencia a la vida. Bien pensado, hemos llegado al mundo sin nada, desnudos, cuan «tábulas rasas», que diría Aristóteles. Es altamente probable que nos marchemos de él con la misma austeridad. La ostentación y las complejidades de la vida, conviene no olvidar, son desvaríos, ficciones, convenciones que desvían el foco de la belleza y tranquilidad de lo discreto, que no nos dejan ver que pertenecemos a lo simple.
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