Simplicidad, la máxima sofisticación
Encontrar la claridad en un contexto saturado de opciones, de información y de estímulos no es fácil. ¿Qué podemos hacer para simplificarnos la vida?
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«La simplicidad es la máxima de la sofisticación». Esta frase, atribuida a Leonardo da Vinci, suele utilizarse como un mantra en diseño. La elegancia de las cosas sencillas es el resultado de eliminar todo aquello que sobra. Pero esta idea trasciende el minimalismo estético. En un contexto cargado de opciones, ideas, informaciones contradictorias, tareas, pantallas y estímulos, la simplicidad es decir qué es importante y qué sobra. Algo que, quizás, se podría resumir también con un viejo refrán: «cuanto menos bulto, más claridad».
Sin embargo, ver con claridad no es fácil. Casi siempre, es resultado de un proceso largo. Por ejemplo, el desorden puede formar parte de un proceso creativo en el que se acumulan notas, tareas, ideas sueltas y pensamientos que aparecen mientras hacemos otras cosas. Como decía Mary Shelley en la introducción de Frankenstein, «la invención, hay que admitirlo humildemente, no consiste en crear del vacío, sino del caos». El camino a la sencillez exige contar con los materiales antes de depurarlos. Poco a poco, vamos poniendo el foco en lo importante, eliminamos lo superfluo y damos forma a aquello que estamos creando.
Alda Merini: «La sencillez es desnudarse delante de los otros»
En nuestra vida ocurre algo parecido. «La sencillez es desnudarse ante los otros», escribía la poeta italiana Alda Merini. Algo que no es nada fácil porque implica exponernos y eso suele asustarnos. «Tenemos temor de que nos malinterpreten, de parecer frágiles, de terminar a la merced de quien está delante. No nos exponemos nunca. Porque nos falta la fuerza de ser humanos, la que nos hace aceptar nuestros límites».
Elegir lo sencillo
La sociedad del consumo nos pone frente a infinitas opciones. Si bien poder elegir es un privilegio, lo cierto es que también puede ser fuente de descontento. Para el psicólogo Barry Schwartz, nos encontramos ante «la paradoja de la elección»: cuando tenemos un exceso de opciones, nos bloqueamos, postergamos decisiones o sentimos insatisfacción con las que tomamos. También la socióloga Renata Salecl, en su libro La tiranía de la elección, se pregunta por qué, en el mundo desarrollado, la apertura a un número mayor de posibilidades conlleva angustia, culpa e inadecuación. Lo lógico sería esperar que tener más opciones nos ayudara a tomar mejores decisiones para nuestra vida, pero a menudo ocurre lo contrario.
Sin embargo, nos invade el famoso FOMO (miedo a perdernos algo) y nos angustia no tomar la dirección adecuada que nos conduzca al éxito. Según Renata Salecl, uno de los problemas es que «las elecciones de vida se plantean como si fueran elecciones de consumo: pretendemos hallar la vida “correcta” como si se tratara de encontrar el tipo correcto de acondicionador para el pelo», afirma. Por eso, encuentra contradicciones en la supuesta libertad que nos ofrece el capitalismo y que nos trata como si pudiéramos «transformar» nuestras «vidas en obras de arte, moldeando a gusto todos esos elementos».
Aprender a simplificarnos la vida
El interés por una vida sencilla no es una tendencia reciente, aunque hoy resurja como respuesta a la fatiga que genera un mundo saturado de estímulos. La filosofía estoica ya defendía que la libertad surge cuando distinguimos lo que podemos controlar de lo que no. Reconocer que no podemos abarcarlo todo nos ayuda a decir no, a descansar y a no machacarnos cuando nos equivocamos o cuando no llegamos a todo.
Pequeños hábitos como meditar, escribir, ordenar espacios o caminar sin prisa pueden ayudarnos a entendernos mejor
Pero antes de simplificar lo que nos rodea, es necesario aclarar nuestra mente. Para conseguirlo, lo primero es entender qué queremos, qué necesitamos de verdad y en qué vale la pena focalizar nuestras energías. Volviendo a Alda Merini, la simplicidad es desnudarnos, también, ante el espejo. Pequeños hábitos, como meditar, escribir, ordenar espacios o caminar sin prisa, pueden ayudarnos a entendernos mejor y tomar mejores decisiones. La clave está en saber elegir aquello que sí tiene sentido para nuestra vida.
Buscar la sencillez es entender qué es lo que, de verdad, nos mueve. Encontrar nuestra esencia para dejar de perdernos entre aquello que, en realidad, no es tan importante. Como decía José Mujica, cada vez que compramos algo no estamos pagándolo con dinero, sino con el tiempo que tardamos en ganar ese dinero. Por eso, tenemos que elegir bien: «La única cosa que no se puede comprar en la vida es el tiempo. La vida se gasta. Y es miserable gastar la vida para perder libertad». No se trata de idealizar la pobreza, sino de preguntarnos qué contribuye a nuestro bienestar y qué no.
Por ejemplo, la mayor parte de los estímulos hoy nos llegan a través de las pantallas. La saturación informativa, el scroll infinito y los mensajes constantes nos consumen tiempo y atención. Por eso, la simplicidad también tiene que ser tecnológica: reducir notificaciones, limpiar aplicaciones que no necesitamos o consumir información de calidad son decisiones que mejoran nuestra vida cotidiana y nos devuelven calma.
Elegir mejor implica proteger nuestro tiempo. La verdadera riqueza es disponer de él, vivir con tranquilidad, deshacernos de lo que no necesitamos y fortalecer los vínculos que nos importan. Para lograrlo, necesitamos escuchar nuestro deseo sin dejarnos arrastrar por modas pasajeras ni por expectativas ajenas.
La sencillez aparece cuando aprendemos a mirar, a escuchar y a estar en el presente sin prisas. Pero no basta con cambios individuales: vivimos en estructuras que aceleran, saturan y compiten por nuestra atención. En este contexto, simplificar no es una técnica de organización, sino una forma de protegernos frente a un entorno que nos empuja a dispersarnos, a consumir y a reinventarnos continuamente.
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