TENDENCIAS
Sociedad

El perfeccionismo emocional

La dificultad para sentir imperfectamente

En la cultura contemporánea el malestar ya no se esconde, pero se observa con una atención constante. Comprender la propia experiencia emocional puede aliviar la presión interior. El riesgo aparece cuando esa conciencia se transforma en una exigencia de perfección.

Artículo

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
19
marzo
2026

Artículo

Hoy hablamos de ansiedad, trauma y apego con una naturalidad difícil de imaginar hace apenas unos años. Con esa misma soltura se ha ido consolidando otra dinámica menos visible, la tendencia a convertir la experiencia emocional en objeto de evaluación. La alfabetización psicológica no solo ha ampliado el lenguaje disponible, también ha introducido un estándar implícito: la expectativa de estar emocionalmente a la altura de uno mismo. Esta expectativa aparece cada vez más en consulta: «Con todo lo que he trabajado, no debería estar así».

Quien la pronuncia no habla desde la falta de recursos. Suele tratarse de personas con recorrido terapéutico, capacidad de introspección y herramientas para comprender sus propios patrones emocionales. Y, aun así, cuando reaparece una tristeza intensa o una reacción que creían superada, se instala la sensación de estar funcionando por debajo del ideal que han construido para sí.

La experiencia interna se vuelve incómoda por lo que duele y por lo que parece poner en evidencia. La emoción deja de sentirse y comienza a escudriñarse bajo la mirada implacable de un «yo gestionado» que no admite fisuras y que convierte cada desajuste en motivo de culpa. Cuando algo no encaja, surge de inmediato la necesidad de corregirlo o compensarlo. Ahí se perfila el perfeccionismo emocional.

El foco deja de dirigirse hacia metas externas y se desplaza hacia una vigilancia interior cada vez más estricta. La angustia ya no se centra únicamente en lo que ocurre, sino en la sensación de no estar gestionándolo como se esperaba. Permanece una sensación de insuficiencia difícil de acallar. Una voz insiste en que debería haber más integración, más equilibrio, más dominio.

La angustia ya no se centra en lo que ocurre, sino en la sensación de no estar gestionándolo como se esperaba

Nada de esto surge en el vacío. Tiene lugar en un contexto cultural en el que el discurso emocional ha adquirido reconocimiento. La salud mental forma parte de la conversación pública y el autoconocimiento se ha consolidado como valor. La difusión de conceptos clínicos ha permitido comprender mejor la experiencia subjetiva.

Pero junto a esa legitimación del malestar, se ha instalado una demanda menos evidente. En personas con una estructura especialmente autoexigente, la cultura del autoconocimiento no reduce la presión previa, sino que la reorienta. La vida emocional pasa a ser un ámbito adicional de desempeño. El duelo debe elaborarse según el manual y coronarse con un aprendizaje visible. Está permitido desbordarse, siempre que el regreso al eje sea rápido. La vulnerabilidad se acepta si es narrable y está en proceso de integración.

En ese cruce entre permiso y exigencia se consolida el perfeccionismo emocional, sostenido por la creencia de que existe una forma correcta y eficiente de experimentar y procesar las emociones, y que no alcanzarla implica un déficit personal. El mundo interno empieza a leerse también en términos de optimización.

En La peor persona del mundo, de Joachim Trier, Julie no persigue la excelencia visible ni la perfección clásica. Lo que la inquieta es la sensación de no estar convirtiéndose en alguien más definido, más asentado en sus propias decisiones. La película no ofrece una progresión ordenada, sino ambivalencia y repetición. Y en esa incomodidad ante una vida que no parece afinarse con el tiempo puede reconocerse una forma de perfeccionismo emocional, la expectativa de que la experiencia debería ir cristalizando en una versión cada vez más lograda de uno mismo.

El perfeccionismo emocional no es nuevo. La novedad está en su legitimación cultural. La exigencia ya no procede de un código moral externo, sino de un ideal psicológico interiorizado.

Puede pensarse aquí en una reformulación contemporánea del superyó. Ya no prohíbe sentir, exige realización emocional. Sus imperativos suenan distintos: debes ser tú mismo, debes estar bien, debes estar equilibrado. El pecado moderno parece consistir en no estar lo bastante trabajado.

El pecado moderno parece consistir en no estar lo bastante trabajado.

Parte de esta presión también se alimenta de ciertas traducciones occidentalizadas de prácticas orientales. Lo que en su origen ampliaba la relación con la experiencia termina funcionando como promesa de serenidad estable. La calma pasa a ser un objetivo. No resulta extraño que muchas personas practiquen para evitar el malestar más que para relacionarse con él. La herramienta pierde su dimensión de apoyo y adopta la forma de control.

La pregunta que empieza a organizar la vida interior se vuelve insistente: «¿Lo estoy haciendo perfecto?».

Donald Winnicott hablaba de ser «suficientemente buenos», no perfectos. La madurez emocional, en su planteamiento, no consistía en no desorganizarse nunca, sino en poder tolerar la imperfección sin que la identidad se desmorone. Hoy parece ocurrir lo contrario. La identidad es frágil porque depende de una coherencia interna constante.

Carl Rogers situaba la aceptación incondicional como condición previa al cambio. Primero se acepta, después se transforma. El perfeccionismo emocional invierte ese orden. Se exige transformación para merecer aceptación.

Disponemos hoy de más recursos conceptuales que nunca para comprender la vida psíquica. Sin embargo, esa expansión no ha eliminado la severidad con la que muchas personas se evalúan.

Tal vez el desafío no consista en perfeccionar aún más las estrategias de regulación, sino en revisar el lugar que hemos dado al bienestar como medida de valor. La salud mental rara vez sigue una progresión lineal o una mejora continua sin fluctuaciones. La vida introduce pérdidas, cambios y circunstancias que obligan a reorganizar lo que parecía ya resuelto. Más que alcanzar una estabilidad definitiva, implica aprender a atravesar la imperfección sin convertirla en un defecto de identidad. Si la primera revolución consistió en permitirnos sentir, la siguiente quizá consista en permitirnos sentir imperfectamente.


Rocío Lacasa es psicóloga.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

COMENTARIOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME