Salud

No quiero salir de casa: las consecuencias psicológicas de la cuarentena

Según los expertos, lo vivido durante los meses de confinamiento puede producir un incremento del malestar emocional que derive en estados de ansiedad y alteraciones anímicas en el 25% de la población. El «síndrome de la cabaña» o el miedo a salir a la calle es una de las consecuencias psicológicas que deja la pandemia.

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13
May
2020
síndrome de la cabaña

Durante más de dos meses, los hogares han sido un refugio donde protegerse de la irrupción del COVID-19, que se ha saldado ya más de 26.000 vidas en nuestro país. El 15 de marzo, con la declaración del estado de alarma, se implantaron definitivamente los cambios en nuestra cotidianidad, como el confinamiento, nuevas medidas de higiene y distanciamiento físico, el teletrabajo… La población vio cómo sus movimientos quedaban restringidos a ir a comprar, a la farmacia o a trabajar en caso de no poder hacerlo desde casa. Ahora que ha empezado la desescalada, con ella llegan nuevas medidas que contemplan una mayor libertad en los desplazamientos: primero fueron los niños los que pudieron salir a la calle y, semanas después, el resto de la población, que ahora tiene la posibilidad de pasear y hacer deporte –dentro de la franja horaria que le corresponde– e, incluso, visitar ciertos comercios previa cita. Aunque para muchos esta «nueva» –y transitoria– normalidad se presenta como un alivio, un brote de aire fresco, para otros personas la idea de abandonar sus hogares se ha convertido en motivo de angustia.

Es el caso de Óscar, de 22 años, que reconoce que, cuando el Gobierno anunció que se podía salir, al principio decidió no hacerlo. De hecho, el temor al contagio hizo que durante el confinamiento no saliese ni una sola vez. «Me daba miedo pensar que todo el mundo iba a juntarse de golpe a la calle, que iba a haber aglomeraciones y que podría contagiarme. Mi madre necesitaba tomar el aire, así que era ella la que iba al supermercado cada cierto tiempo», explica. Ahora, asegura, después de ver cómo sus amigos sí se atrevían a salir, hace tres días que da una vuelta por las tardes.

A Francisco, de 80 años, le ha sucedido lo contrario. Aunque sus hijas le llevaban la compra quincenalmente e insistían en que no saliese de casa, él bajaba cada semana a comprar fruta. «Con guantes y mascarilla», alega. Sin embargo, desde que se inició la desescalada y hay más gente por la calle, ha decidido no volver a salir. «Siguen muriendo muchas personas de mi edad y ahora seguro que es más fácil contagiarse», defiende.

Más de diez millones de españoles corren el riesgo de presentar problemas psicológicos derivados de la pandemia

Aunque manifestado de distinta forma, en ambos casos existe un denominador común: la ansiedad o el miedo a salir a la calle. Según el Consejo General de Psicología en España, estas sensaciones son reacciones normales ante cualquier situación de estrés e incertidumbre grave y, por supuesto, ante una pandemia como la actual. «Sabemos que situaciones como esta pueden producir un incremento del malestar emocional y psicológico que derive en estados de ansiedad patológicos y en alteraciones anímicas de diferente tipo y llegar a afectar a más del 25% de la población», explican en un comunicado en el que sostienen que más de diez millones de españoles corren el riesgo de presentar problemas psicológicos derivados de la pandemia de COVID-19… Y no solo durante la crisis sanitaria: según explicaba la directora de Salud Mental de la Organización Mundial de la Salud en una entrevista, el daño psicológico que puede provocar esta situación es equiparable al que acontece en catástrofes naturales o períodos de guerra. Así lo ratifica una investigación elaborada por el King’s College y publicada en The Lancet que, basándose en una revisión de más de veinte estudios sobre psicología de las cuarentenas, concluye que incluso tres años después del aislamiento pueden aparecer episodios de estrés postraumático.

Según los Colegios de psicólogos, las alteraciones de sueño, la ansiedad y las sensaciones de tristeza e incluso ira son los síntomas que más se han incrementado durante el confinamiento. Aunque –afortunadamente– no son mayoría, al igual que Óscar y Francisco, muchas personas temen también el desconfinamiento. A ese miedo a salir a la calle se le ha denominado «síndrome de la cabaña», una afección que, al no tratarse de un trastorno psicológico como tal, no cuenta con una definición oficial.

Ángela Pulido, psicóloga del centro de formación Pedagogía y Salud, explica que el término se utiliza para referirse a un estado emocional, mental y comportamental que se ha detectado en personas que, tras pasar un tiempo en reclusión, han tenido dificultades para volver a su situación previa. «Se suele dar en personas que han pasado largas temporadas de confinamiento, como puede ser tras la cárcel, después de vivir un duelo continuado en casa o en hospitalizaciones largas. En este caso, nos referimos al miedo a salir a la calle por temor a contagiarse», añade.

El síndrome de la cabaña es un estado emocional, mental y comportamental detectado en personas recluidas durante un tiempo

Igual que sucede con el virus, todos somos susceptibles de padecer este síndrome. Sin embargo, son muchos los expertos que sostienen que aquellos que han pasado el confinamiento en soledad, que conviven con la ansiedad en otras facetas de su vida o las personas mayores, que se saben vulnerables a la enfermedad, son más susceptibles a estas sensaciones. Según Pulido, hay también algunos factores que pueden influir en la aparición del miedo, como la sobreexposición a la información que, señala, «nos recuerda a que el virus está en la calle y no dentro de casa», o la incapacidad de enfrentarse a la situación. «Es un mecanismo psicológico presente en todas las fobias: si ante un miedo determinado, uno elige desde el principio evitar la situación en vez de hacerle frente, cuando tienes que enfrentarte a ese estímulo que te aterroriza, la emoción del miedo será todavía más intensa», aclara. En este sentido, aquellos que antes del encierro ya temían el contagio, con la relajación de las medidas de movilidad y tras un período de encierro que ha otorgado cierta sensación de control ante el contagio, es posible que el miedo que experimenten sea aún mayor.

«Tener un poco de miedo no es malo, porque es un mecanismo cuya función es la de proteger a las personas y favorecer las respuestas de escape o de evitación», sostiene la experta, y añade: «el problema del miedo viene cuando se magnifica, se convierte en pánico y puede llegar a bloquearnos o paralizarnos». Esta sensación puede traducirse en una preocupación excesiva, inseguridad o hipervigilancia de posibles peligros una vez en la calle. Aunque también puede encarnarse en una magnificación del peligro en lo que se conoce como «terrebilismo», que es lo que lleva a la persona a pensar que no puede soportar la situación. También aclara, se puede dar una exageración de las consecuencias. Dicho de otro modo, que uno se deje llevar por el catastrofismo y crea que no exista una salida a esta situación. Además, según la experta, este síndrome también se expresa a través del cuerpo ya que, «a nivel físico, puede ser que la persona experimente palpitaciones, pulso rápido, tensión arterial alta, o ahogo, respiración rápida y superficial».

Si bien hace apenas unas semanas el director general de la OMS, Tedros Adhanom Gebreyesus, dio algunas pautas generales para cuidar la salud mental durante el confinamiento –como intentar descansar lo suficientes e intentar distraerse con actividades como escuchar música o leer un libro–, existen algunos consejos concretos para aquellos que temen salir a la calle. Dedicarse unas horas al día para uno mismo, practicar ejercicios de relajación, forzar un cambio de atención que vaya de la preocupación del contagio a aspectos positivos (como la familia o los amigos) o buscar la ayuda de un especialista son el punto de partida para mejorar la salud mental, según detalla Pulido. Sin embargo, la experta recuerda que, aunque suene a tópico, los miedos se superan enfrentándose a ellos: iniciar una salida de rutinas, aunque sean cortas y graduales, pueden funcionar para abandonar sin temor esa cabaña.

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