No podemos tener una vida perfecta
Cuando la demanda externa supera los recursos personales disponibles, aparece la sobrecarga. Y con ella vienen la ansiedad, la fatiga crónica, la frustración, la culpa por no llegar y esa sensación de estar haciendo muchas cosas… pero mal.
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Trabajar a tiempo completo y tener una vida saludable, rica y equilibrada es, para muchas personas, una fantasía. Un ideal de Instagram. Porque cuando te toca currar ocho (o más) horas al día, cinco días a la semana, la cuenta no da. Por mucho que te organices, planifiques y pongas voluntad. Simplemente, no hay horas.
Te dicen que tienes que entrenar, cocinar sano, leer, formarte, descansar, cuidar tus relaciones, tener hobbies, meditar y dormir ocho horas. Y si no lo consigues, es porque no te estás «gestionando bien». Porque no tienes «disciplina». Porque te falta «compromiso contigo mismo». No. Lo que falta es tiempo. Y energía. Y realismo.
El problema no eres tú. Es que intentas meter tres vidas en una sola.
Cuando la demanda externa supera los recursos personales disponibles, aparece la sobrecarga. Y con ella vienen la ansiedad, la fatiga crónica, la frustración, la culpa por no llegar y esa sensación de estar haciendo muchas cosas… pero mal. Como si fueras un malabarista con más pelotas de las que puedes sostener. Una cae, y luego otra. Y tú te culpas por no haber sido lo bastante ágil.
Lo que no se dice es que esta forma de vida (el culto a la productividad total) es insostenible. Y lo que es peor: está normalizada. Vivimos atrapados en la idea de que, si no aprovechas cada minuto del día, estás fallando. Que parar es perder el tiempo. Que descansar hay que ganárselo. Que si no produces, no vales.
Vivimos atrapados en la idea de que, si no produces, no vales
Así que te levantas pronto, medio zombie, te tomas un café a toda prisa, trabajas como puedes, comes cualquier cosa, intentas encajar una rutina de ejercicio, una clase online, un rato con tus hijos o tu pareja, y cuando llega la noche, te dices: «mañana lo haré mejor». Pero no hay mejor. Hay agotamiento. Hay supervivencia.
Y mientras tanto, se nos olvida lo obvio: que no nacimos para rendir. Nacimos para vivir.
Vivir no es solo producir. Vivir es tener tiempo para cocinar sin prisas. Para leer por placer. Para dormir sin despertador. Para charlar sin mirar el reloj. Para aburrirte. Para pasear. Para hacer nada.
Pero eso hoy parece un lujo. Un privilegio. Cuando debería ser lo mínimo.
La presión no es solo externa. Nos la hemos tragado y ahora la llevamos dentro. Nos hemos creído que si no haces yoga, no comes quinoa, no tienes 3 side hustles ni lees un 2 libros a la semana, estás desaprovechando tu vida. Pero ¿quién decidió que había que hacerlo todo? ¿Quién puso esa lista infinita de requisitos para sentir que estás «viviendo bien»?
No, no es realista pretender tener el cuerpo cuidado, la mente activa, la casa ordenada, la nevera llena de comida saludable, la pareja feliz, los amigos contentos y además estar actualizado en tu sector profesional. No da. No cabe. No existe.
¿La solución? Empezar por priorizar. Pero de verdad. No todo es igual de urgente. No todo es igual de necesario. Hay semanas en las que lo más saludable será no ir al gimnasio, sino dormir más. O saltarte el batch cooking para ver a alguien que te hace reír. O no leer nada y simplemente mirar el techo.
También necesitamos aceptar que no podemos con todo sin reventar. Y sobre todo, dejar de romantizar este modelo de vida que nos exige ser trabajadores del siglo XXI con la energía de un robot y la agenda de un CEO. No somos eso. Y no tenemos por qué aspirar a serlo.
También necesitamos aceptar que no podemos con todo sin reventar
Ahora bien, hay una parte individual (priorizar, decir que no, bajar el listón) y una parte estructural. Porque no todo se arregla con «gestión del tiempo». Hay que empezar a cuestionar esta cultura laboral que sigue exigiendo jornadas largas, ritmos brutales y disponibilidad constante como si la vida real no existiera fuera del trabajo.
Necesitamos trabajar menos. En serio. Menos horas, menos días. Más flexibilidad. Más tiempo para ser personas, no engranajes. Y eso no es una utopía. Ya hay países experimentando con semanas laborales de cuatro días. ¿El resultado? Más productividad, menos bajas médicas, más bienestar general. Lo que demuestra que no es una locura. Es puro sentido común.
Porque trabajar tanto no es solo una cuestión económica. Es una cuestión de salud. Física y mental. La gente está quemada. Saturada. En piloto automático. Y aun así se culpa por no tener la vida equilibrada. El equilibrio no es posible cuando todo el sistema está desbalanceado.
Así que sí: necesitamos aprender a hacer menos. A elegir. A descansar sin justificarlo. Pero también necesitamos alzar la voz. Exigir cambios. Porque vivir para trabajar y luego intentar encajar la vida en los ratos libres no es vivir. Es sobrevivir.
Y no vinimos aquí solo para eso.
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