Siglo XXI

El nuevo optimismo: tenemos de todo y todo va bien

Una corriente liderada por filósofos del positivismo argumenta que los problemas de hoy (guerras, hambre y pandemias) nunca han sido tan graves como en otra épocas. Sin embargo, para los escépticos, esta no es más que una visión inocente de lo que le depara realmente a la humanidad.

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14
Jul
2021
optimismo
Fotograma de ‘The Good Place’. Fuente: Netflix

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A José María Aznar y su conocido «España va bien» les han salido competidores. Es posible que, en realidad, se trate de simples admiradores, seguidores que no solo, años después, le dan la razón al expresidente en su exaltación positiva, sino que la extienden a toda la raza humana y, además, la sustentan con ciencia. El británico Matt Ridley (El optimista racional, 2010), el sueco Johan Norberg (Progreso, 2016) y el canadiense Steven Pinker (En defensa de la ilustración, 2018) son los máximos adalides de este ‘nuevo optimismo’, cuyo leitmotiv viene a decir que «tenemos de todo y el mundo va bien». ¿En qué se basan estos teóricos para hacer semejante afirmación? En el progreso sin parangón que se ha dado en todos los órdenes de la existencia –científico, tecnológico, social, cultural o intelectual– y ha llevado a su propio periplo por el planeta.

Estos nuevos optimistas interpelan a la sociedad diciendo «¿de qué os quejáis si tenéis de todo? Ropa, casa, transporte, educación, electricidad, Internet, derechos civiles…». Y argumentan sus tesis con un sinfín de datos irrefutables: la esperanza de vida en España es hoy 15 años más alta que el 1960, el porcentaje de mujeres diputadas en parlamentos nacionales en el año 2015 era del 22% –frente al 11% en 1995– y la tasa mundial de mortalidad de niños menores de 5 años ha descendido en un 56% en el periodo comprendido entre 1990 y 2016.

Siempre va a haber algo (o alguien) con lo que compararse para encumbrarnos a lo más alto de la pirámide evolutiva

En resumen, los defensores del nuevo optimismo argumentan que, por mucho que racismo, hambre, guerras, pobreza, injusticias, enfermedades o ausencia de libertades sigan dando grandes quebraderos de cabeza a la raza humana, estos problemas fueron mucho más graves en épocas pasadas. En otras palabras, que se vive mucho mejor ahora que en la Europa medieval del siglo XIII. Lo cierto es que siempre va a haber algo (o alguien) con lo que compararse para encumbrarnos a lo más alto de la pirámide evolutiva. Pero, dado el contexto socioeconómico en el que nos encontramos (pandemia, desigualdad, cambio climático), el discurso optimista no cuenta con muchos adeptos. Como mínimo, se percibe como osado afirmar que nos va mejor que nunca, especialmente porque la mayoría de los que podrían dar validez a esa aseveración por experiencia propia ya no están aquí para hacerlo.

¿Acaso insinúan los optimistas que, por ejemplo, los 17 ODS no son más que 17 presagios de un grupo de alarmistas? No, esas amenazas son reales. Pero sí nos recuerdan que el ser humano siente, desde tiempos inmemoriales, una irrefrenable tendencia a dar por sentado que cualquier tiempo pasado fue mejor, aunque no disponga de ninguna evidencia que lo corrobore. Que las visiones catastrofistas acerca del presente y distópicas sobre el futuro son predilectas. En realidad, las lamentaciones sobre la pérdida de valores o el extravío de la juventud se repiten invariablemente generación tras generación. Y la percepción de que el avance nos lleva hacia el abismo en contraposición a un pasado ejemplar y envidiable es también un clásico.

La tendencia a glorificar el ayer se debe a varios sesgos cognitivos que ponen el foco en lo negativo del momento presente

Desde el ámbito científico, la tendencia a glorificar el ayer y condenar el mañana se debe a una serie de sesgos cognitivos que nos llevan a poner el foco en lo negativo del presente y a ignorar los logros, o las buenas noticias. La sobreexposición a los medios de comunicación, cuyo combustible natural son las malas noticias –cuanto peores, mejor–, no ayuda. Y tampoco escuchar y leer diariamente a locutores, columnistas y jefes de oposición quejándose amargamente por lo mal que va todo.

Por su parte, los escépticos del optimismo ciego dirán que, como especie, no nos ha ido tan mal y que el pesimismo del ‘por si acaso’ es uno de los mejores mecanismos de preservación que se conocen. Que sería suicida entregarse a la autocomplacencia por el hecho de haber sido capaces de mandar unos astronautas la Luna o de llenar museos. ¿Cuál es la recomendación optimista para cuando se presente el próximo cisne negro, para cuando llegue otra guerra, otro virus, otra crisis económica? ¿Seguir alegrándonos de habernos conocido?

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