No son gigantes ni molinos: solo es una librería
Como Don Quijote veía gigantes allí donde se erigían molinos, los resentidos de hoy ven poderes decadentes y cortesanos inmorales como en la Roma de los Borgia allí donde solo hay tres tipos que se pasan la vida moviendo libros y sirviendo vinos, quince horas al día, por un margen comercial que no da para sueldos ni derroches.
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Me cogió por sorpresa, y eso es bueno: vivimos tan resabiados, lo vemos venir todo tan de lejos, que cuando te enfrentas a una reacción imprevista y que te cuesta comprender al primer vistazo, rejuveneces. Es bueno recuperar la ingenuidad, obligarte a pensar las cosas, a fijarte bien y no dar las respuestas antes de que terminen de plantear la pregunta.
Cerró Tipos Infames. Un acontecimiento mínimo que me apenó pero no me cogió desprevenido. Lo raro fue la reacción.
El cierre era una noticia local. Casi barrial. Un hecho que afectaba a una clientela cada vez más exigua (de ahí la clausura, entre otras cosas) y a los vecinos de una calle de Madrid. Pero la extinción de una librería siempre resuena en el mundo cultureta, incluso trascendiéndolo un poco. Y si la librería es famosa y ha funcionado como ágora para las gentes de la literatura y su industria, la noticia engorda más. Decían algunos que todos los días cierran negocios en algún sitio de España. Incluso librerías. Pero no se les hace caso, nadie se conmueve por ellos ni se escriben odas y columnas en la prensa cultural. Tienen razón, pero el corazón también tiene razones que la razón no entiende, y Tipos Infames es un lugar importante para mucha gente que escribe, como yo mismo. Por eso le prodigamos un cariño tal vez injusto y sobredimensionado, como le dedicamos más pasión al obituario de un amigo íntimo que al de un desconocido.
Era previsible la oleada de afecto gremial. Lo que no lo era tanto era la oleada de odio con que fue correspondido, y no solo en las sentinas de las redes sociales. Hasta las serias páginas de Abc, que antaño le hubieran dedicado al cierre de una librería querida de Madrid unas greguerías o una nostalgia azoriniana y tercerista, se sumaron al escarnio. Cosa rara: muchos colaboradores literarios del periódico eran asiduos de Tipos Infames, como lo era medio Madrid cultureta. Pero a la hora del adiós decidieron esparcir inquina sobre lo que consideraron un nido de víboras hípsters, una pústula progre que había tardado demasiado en reventar.
José F. Peláez, en su tono templado y casi siempre certero, interpretó el cierre como la muerte del mundo hípster, «el de las barbas largas y las tote bags del Reina; el mundo del socialguardiolismo, las Moleskines y los gastrobares con palés; el de los anuncios de la belleza real, lo de táctica y estrategia de Benedetti y el brunch para la resaca; el del comercio justo, el papel reciclado y la banca ética». Por ahí fueron los menos templados, incluso los desquiciados, incluso los dementes perdidos que decidieron que una librería del centro de Madrid a la que no le cuadraban las cuentas representaba la caída de un régimen político-cultural hegemónico.
Los odiadores convirtieron a la librería en el símbolo de todo lo que les resultaba odioso, haciendo de su final un castigo justo y divino
Más ecuánime, Gonzalo Núñez escribía en esta misma revista que el suceso era el eterno retorno, el inmutable cambio de una ciudad en cambio continuo, y que no había para tanto amor ni para tanto odio.
Alberto Olmos resumió las causas del odio en El Confidencial: «¿Por qué este odio? Porque tuvieron éxito, porque eran rematadamente guays y porque tú nunca lo serás. No tiene más misterio». Estoy de acuerdo en buena medida, porque yo sí le encuentro un poco de misterio.
Los odiadores se agarraron a la palabra gentrificación, aducida por los libreros cesantes como causa del cese. Luego corrigieron y culparon al capitalismo. A esas declaraciones se acogieron para convertir a una librería en el símbolo de todo lo que les resultaba odioso (las barbas, el postureo cultural, la literatura moderna, qué sé yo), haciendo de su final el castigo justo y divino que llevaban tiempo esperando. Los gentrificadores, gentrificados. Hágase la gentrificación, amén.
En resumen: los libreros no solo estaban en la ruina, sino que debían anunciar que se iban al carajo con humildad, pidiendo perdón por haber existido. No podían desahogarse ni culpar a quien les saliera de la faja librera y maldecir a los dioses por su mala fortuna, como cualquier hijo de vecino cuando la vida se le tuerce.
Los libreros no solo estaban en la ruina, sino que debían anunciar que se iban al carajo con humildad, pidiendo perdón por haber existido
Muchas mentiras y sonoras exageraciones se han dicho sobre tres tipos que, infames o no, se han dedicado a currar y a mantener en pie un negocio pequeño en una industria enferma de precariedad. Quienes hemos ido a su librería, ya sea como autores, clientes, presentadores o paseantes, sabemos que siempre estaban allí, trabajando todas las horas del mundo, como cualquier pequeño empresario. Sabemos también que no era aquel un espacio político, que la selección de recomendaciones respondía al gusto de los dueños y a cierto sesgo hacia la edición independiente, pero la pluralidad era más que notable, y en su cripta y en su primera planta se han presentado libros de derechas, de izquierdas, de medio centro y de cuarto y mitad. Quienes les han afeado esnobismo creo que nunca lo han sufrido de verdad y tienen un serio problema con sus complejos.
El ataque que no vi venir hacia una librería que —a la vista está— a duras penas se mantenía durante quince años tiene que ver con la ofensiva anti-intelectual que venimos sufriendo hace años. Ofensiva en la que colaboran (oh, paradoja) no pocos intelectuales: escritores sin suerte, damnificados por la precariedad de la industria cultural, gente que se quedó en los márgenes y que ha encontrado en el resentimiento hacia los que sí viven —o malviven— del entramado creativo una forma de estar en el mundo, una seudoidentidad política y un público de amargados que les aplaude.
Hace tiempo que los ideólogos de la reacción señalaron como objetivo a un establishment cultural difuso y en buena medida imaginario, con privilegios fantásticos y conexiones rocambolescas con el poder político y financiero. Esto, como la gentrificación, es parte del eterno retorno: los movimientos de demolición siempre apuntan contra una élite (la casta, los judíos de Berlín, los comunistas de Hollywood, etcétera) que simboliza la corrupción del sistema. Como Don Quijote veía gigantes allí donde se erigían molinos, los resentidos de hoy ven poderes decadentes y cortesanos inmorales como en la Roma de los Borgia allí donde solo hay tres tipos que se pasan la vida moviendo libros y sirviendo vinos, quince horas al día, por un margen comercial que no da para sueldos ni derroches. Ven leviatanes donde solo hay currelas que se desahogan un poco cuando, entre el alquiler, que pasa de estratosférico a sideral, y la roñosería de sus clientes, que andan tiesos por la inflación, se ven obligados a echar el cierre.
Lo sé porque formo parte de ese establishment que quieren demoler, y lo demolerán antes de que yo descubra dónde se celebran las orgías y quién guarda los doblones que los poderosos nos regalan a cambio de nuestra complacencia. Cuando asalten nuestros palacios en busca de las cuberterías de plata van a flipar con los muebles de Ikea que los adornan.
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