El miedo a la insignificancia
La crisis de los 40 no es más que una constatación de que nos enfrentamos al miedo a la insignificancia. Tememos que, cuando llegue el momento de hacer balance, no tengamos nada en nuestra historia de vida que sobresalga.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
Las películas de Hollywood han creado ciertas expectativas sobre cómo será la muerte. Más allá del escenario de ese instante final (para el que los filmes han diseñado ya casi una escenografía clásica de la muerte, que en la mayor parte de los casos resultará imposible de igualar), está el momento del balance. En las películas, es la ocasión para el montaje de imágenes con música emocional, los minutos que servirán para recordar toda una vida. Y, si hay balance, tendrá que haber contenido. Nuestra vida debe contener al menos una historia, un elemento significativo para nuestro propio resumen final.
El problema está en que, muchas veces, ese gran momento no existe. Incluso, y casi mejor dicho, que las expectativas sobre lo que debe ser o no ese gran momento están un tanto desubicadas. Buscamos la gran experiencia vital digna de Hollywood, aunque la vida cotidiana no necesariamente nos da el contexto para que eso ocurra, algo que no es en absoluto malo. Todas las vidas son, al final, valiosas y todas las personas tienen una biografía, aunque no dé material para hacer con ella una miniserie. El problema es que no queremos que la nuestra sea aburrida y constatar que lo puede ser puede llegar a abrumarnos.
Más allá del debate sobre si la crisis de los 40 es o no un mito, que exista tanta literatura sobre esta y otras crisis existenciales muestra que mucha gente se enfrenta a ellas. La esencia de base de estas experiencias (sean a la edad que sea) se conecta con esa percepción de la insignificancia, con darse cuenta de que no se han hecho esas grandes cosas que se pensaba que se deberían haber realizado. Se ha llegado a la mitad de la vida con una trayectoria del montón.
La crisis de los 40 (y similares) se conecta con la percepción de la insignificancia
De hecho, los modelos de felicidad vital en forma de u ponen la parte más baja de la u en los 40, ese momento de tocar fondo, de sentir que se ha perdido ya la oportunidad para hacer según qué cosas. Se siente como si hubiese llegado demasiado tarde a los sueños (incluso si ese punto es muchas veces muy matizable). «A muchas personas esto les pilla un poco de sopetón», le explica Rafael San Román, psicólogo de iFeel, a La Vanguardia. «En nuestra sociedad la juventud se extiende a veces hasta lo imposible y, de repente, aparecen las realidades: quieres tener un hijo, pero ya eres mayor, no te gusta tu carrera profesional, pero sientes que a estas alturas es imposible reconducirla, quieres retomar hábitos, lugares o actividades de tu primera juventud, pero ni te reconoces en ellos ni esos espacios te reconocen a ti», señala.
«A partir de los 39, las crisis existenciales nos hacen cuestionar todo lo que tenemos, y la relación de pareja es el primer foco», suma Silvia Rúbies, directora de comunicación de Gleeden en España. La plataforma ha establecido una conexión entre la llamada crisis del 9 (la percepción de las edades que terminan en 9 —29, 39, 49, 59— como un punto de inflexión vital) y el aumento de la infidelidad. Ante el cambio de década, las personas se cuestionan qué han hecho con su vida y quiénes son. «Muchas personas buscan fuera del matrimonio una vía de vitalidad, placer y validación, sin necesariamente querer romper con la relación estable de toda la vida», explica Eva Moreno, sexóloga de Gleeden. Pero el hacerlo es, justamente, una de las pruebas de que, en esas etapas, se están replanteando todo. Han hecho balance y no les gusta el estado en el que se encuentra su vida. Del modo que sea, le ponen un parche.
«A partir de los 39, las crisis existenciales nos hacen cuestionar todo lo que tenemos, y la relación de pareja es el primer foco», suma Silvia Rúbies
En ocasiones, el contexto geopolítico tampoco ayuda a sentir que se está viviendo. Como explica un análisis en The Guardian, el entorno macro impacta igualmente en nuestra felicidad o en el modo en el que afrontamos lo que hemos vivido. Puede que en el momento en el que estamos del siglo XXI cueste ver las cosas de forma positiva: la alegría se puede convertir en «elusiva en esta economía». Mucha gente siente que está atrapada en una sala de espera en la que el tiempo pasa mientras sobreviven al presente y aguardan a que lleguen tiempos mejores. «Millones de personas están en modo supervivencia, pensando que esto es lo mejor que pueden hacer», le apunta al diario británico la escritora y consejera Christina Rasmussen.
Esta es una era de ansiedad, burnout y fatiga, en la que nos sentimos poderosamente cansados y percibimos que ya no podemos más. Esa vida notable digna del montaje final se escapa mientras nos preocupamos por el auge de las políticas extremistas, el precio de la factura de la luz o los costes de la vivienda. Rasmussen recomienda mejor autoconocimiento para salir de esa sala de espera. Quizás haya que sumar también el comprender mejor de dónde venimos y dónde estamos.
COMENTARIOS