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La madre que parió a Alvy Singer

La modernidad no ha fracasado al no proporcionar un sentido a la vida, sino al no demostrar que la vida no lo tiene y que no pasa nada por ello.

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05
diciembre
2025

En su última novela, Woody Allen recupera para Baum —el protagonista y enésimo heterónimo del autor— el miedo antiguo del Alvy Singer por la expansión del universo. En Annie Hall, cuando el personaje confiesa de niño su angustia, la madre lo reprende: «El universo se estará expandiendo, pero estás en Brooklyn y Brooklyn no se expande».

El chiste no es la madre autoritaria, que se comporta como se espera de una señora judía de Brooklyn de los años 40. Quien está fuera de lugar es Alvy Singer, que se empeña en vivir la vida cotidiana con actitud metafísica. Allen enseña mejor que Goethe las consecuencias del pacto fáustico: si sacamos las meditaciones de la torre y las ponemos a correr por el mundo, nos convertiremos en seres ridículos. En los tiempos gloriosos del autor de Manhattan los llamábamos neuróticos, y ante sus miedos solo cabía la actitud de la madre: puede que el mundo sea absurdo, pero Brooklyn no lo es.

Una de las razones por las que el arte de Woody Allen ya no conecta tanto con los jóvenes —Mia Farrow al margen— es que sus arquetipos ya no son caricaturas, sino tipos socialmente representativos. Hablemos de ecoansiedad, por ejemplo, que muchos psicólogos abogan por incluir en el DSM, el catálogo de trastornos mentales de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría. O de solastalgia, neologismo filosófico que designa la angustia por la degradación del paisaje y que muchos asimilan a una forma de duelo patológico. Hablemos del aumento epidemiológico del trastorno de ansiedad generalizada, que lleva a quienes lo sufren a angustiarse tanto por la expansión del universo como por cualquier asunto que no pueden controlar y que tal vez ni siquiera afecte a su vida. Se ha estudiado también la ansiedad ideológica, fruto de la polarización, o las relacionadas con la salud, con la educación, con las relaciones amorosas, con la amistad, con las pantallas, con las redes sociales o, incluso, con estar a la última (síndrome fomo, miedo a perderse algo, en inglés). Sergio C. Fanjul acaba de acuñar el término «cronofobia», spin off de la «futurofobia» de Héctor G. Barnés.

Si en 2025 no tienes un miedo del que presumir, no eres nadie. La ansiedad —ya sea esta un trastorno reconocible y psiquiátricamente tratable o un terror sacado de la manga de un trilero— es el rasgo distintivo de la época, casi en un sentido a lo Pierre Bourdieu, es decir, una coquetería, una seña de integración social, un gesto chic. Alvy Singer ya no es un neurótico extravagante, sino el estándar social e intelectual, un tipo sensato y concienciado que se hace cargo del peso que oprime a la humanidad atomizada y perdida en la ciénaga del individualismo banal y el capitalismo desorejado. La madre de Alvy Singer ha dejado de ser la toma de tierra para convertirse en la reaccionaria negacionista, un elemento peligroso que no ve o no quiere ver el desastre del mundo. Alguien que necesita despertar.

Si algunos añoran un mundo de raigambres y certezas es precisamente porque no lo vivieron

Los movimientos políticos juveniles se vertebran en torno a la noción de incertidumbre. El 15M —no tan juvenil, un poco calvo y menopáusico ya— reprochó a los padres el incumplimiento de no sé qué promesas de meritocracia. Vox juega a excitar el mismo resentimiento ante una muchachada desencantada de una democracia que perciben protocolaria, lejana, corrupta, decadente e incapaz de apuntalar las certezas del mundo de ayer. Ni a los primeros se les había dejado a deber nada ni los segundos conocieron certeza alguna en un pasado mítico de rojos y gualdas, pero ambos acogieron con entusiasmo la idea de un futuro con sentido, limpio de las porquerías que hoy lo ensucian, y con unas vidas elevadas por encima de la frivolidad relativista.

De ahí, a la búsqueda de un propósito, va un paso. Fausto, tras sus pendencias por pueblos y campos, regresa a su torre en pos de un sentido. Por ahí asoma la patita Dios, o eso dicen quienes creen (con ansia, por lo visto) que la religión vuelve para calmar tantos miedos y tanto vacío.

Yo no creo que el laicismo corra un peligro inmediato en Europa, aunque sí asisto con inquietud —sin ansiedad ni miedo, pero con un poquito de recelo— a la emergencia de los pescadores que han echado la caña para pescar peces perplejos y transidos de incertidumbre. Ofrecen esperanza. Ofrecen propósito. Ofrecen fe. Como los gurús de las sectas más cutres.

En enero se celebrará una especie de misa en Vistalegre titulada El despertar (es curioso que los extremos enfrentados coincidan en el mismo vocabulario: despertar-woke; todos despiertos, aunque su atmósfera tenga más que ver con la anestesia y lo narcótico). Forma parte de un movimiento dizque espontáneo surgido en Madrid y llamado thinkglaos: foros de debate, un poco como las antiguas charlas TED, donde un invitado hace una ponencia y el público discute y celebra. Muchos giran en torno a la búsqueda de lo trascendente y la falta de sentido de la vida. Hay en este movimiento un voluntarismo que puede sonar catecumenal y que redunda en la necesidad de un propósito. Ahí está el atractivo para la creciente cantidad de jóvenes que se apuntan al carro. El maldito sentido de la vida: que alguien les calme la angustia por que el universo se expande.

La diferencia entre la neurosis actual y la paródica de Alvy Singer es que la segunda no se consolaba con tanta facilidad. No había rabino ni orador ni cantamañanas ni líder político que pudiera calmar al personaje de Alvy Singer, porque ese personaje era inteligente y creía en el individuo. Integrarse en la masa podía ser un lenitivo parcial e insatisfactorio, nunca una solución. Singer jamás se plantearía ingresar en un convento, ni siquiera tras ver Los domingos rodeado de novicias y de escuchar mil veces el último de Rosalía. Los arquetipos de Woody Allen eran algo más que caricaturas y sobrellevaban su angustia en soledad. Incluso aguantaban estoicos los sopapos de su madre en Brooklyn.

Empieza a circular como un lugar común —y puede que yo mismo haya contribuido en algún libro a aventar la especie— que el laicismo y la modernidad líquida han desarraigado al individuo, desposeyéndolo del sentido de comunidad y trascendencia que las viejas patrias y religiones dispensaban. Si la modernidad ha fracasado en algo, no ha sido en dejar al individuo al albur de la expansión del universo, sino en no convencer a la mayoría de la población de que las ventajas de la intemperie son infinitas frente al cobijo engañoso de la tribu.

La modernidad no ha fracasado al no proporcionar un sentido a la vida, sino al no demostrar que la vida no lo tiene y que no pasa nada por ello

Si algunos añoran un mundo de raigambres y certezas es precisamente porque no lo vivieron: no lo ven como una cárcel, aunque tenga la forma inconfundible de una prisión y, en el caso de las aspirantes a monja, acabe en una celda. Asustados, transidos de fobias y ansiedades, creen que apartarse del mundo y charlar con un amigo imaginario llamado Dios es mucho mejor que vagar por los caminos y arriesgarse a sufrir heridas, desengaños y frustraciones. También les pasa a los que prefieren tener un perro a un hijo: el perro es dócil. A lo mejor te muerde un día por descuido, pero nunca discutirá contigo ni te dará un disgusto. Dios, al ser imaginario, también es un amigo llevadero que no da problemas. Es sospechosa la cantidad de veces que te da la razón. Ni los amigos más queridos son tan complacientes.

La modernidad no ha fracasado al no proporcionar un sentido a la vida, sino al no demostrar que la vida no lo tiene y que no pasa nada por ello. Está bien, ¿qué necesidad tenemos de que lo tenga? ¿Para qué? ¿En qué mejora el sabor de la comida o el placer de los besos? Sentido necesitan las novelas y los chistes. A la vida le basta el azar. La modernidad ha fracasado en no saber vender lo magnífico que es vivir sin raíces, en la forastería, desvestido de lealtades tribales y desatendido de dioses. No hemos sabido celebrar la trascendencia de lo cotidiano ni el goce de las liturgias diminutas y diarias. Cuando Nietzsche firmó el certificado de defunción de Dios se nos olvidó releer a Teresa de Ávila para entender que eso que antes se llamaba Dios está en los pucheros y no se ha ido de ellos. Ahora la releen en busca de un éxtasis que podrían encontrar a diario si, en vez de empeñarse en vivir con propósito, simplemente vivieran.

Vivir, por supuesto, no es indoloro. Casi nunca hay promesas, y si aparecen culpables, suelen escaparse sin condena. Vivir supone mancharse, malentenderse con otros, fracasar, quemarse, sentirse solo e incomprendido y asumir que la incertidumbre no es una maldición exógena, sino la espuma de los días. La modernidad ha fracasado en presentar este programa como un plan atractivo, y muchos ahora lo ven como un paseo por el infierno del que quieren librarse a toda costa, aunque sea de la mano del primer gurú desaprensivo que les venda cuatro frases de autoayuda o les prometa un cielo de saldo en una utopía política. Quizá porque no tuvieron la suerte de Alvy Singer de contar con una madre que les recordase que Brooklyn (o Vistalegre, da lo mismo) no se expande.

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