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La enfermedad es nuestro (depredador) sistema productivo

Se medica el estrés generado por nuestros ritmos laborales, el insomnio vinculado a la incertidumbre económica, la hipertensión asociada a una vida acelerada y competitiva, el colesterol fruto de hábitos alimentarios moldeados por una industria que prioriza la rentabilidad y utilidad del tiempo sobre la salud, y un larguísimo etcétera. Primero se vende un problema (una vida desajustada, acelerada, fragmentada: ni funcional ni adaptativa) y después se comercializa la solución farmacológica.

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17
febrero
2026

No es una exageración retórica: los datos de las últimas dos décadas parecen mostrar una tendencia sostenida hacia la definitiva medicalización de nuestras vidas. Según un informe de Farmaindustria, junto con los datos disponibles de la OCDE y de la Agencia Española del Medicamento, el consumo de ciertos psicofármacos se mantiene en el tiempo, aun con ligeros descensos en los últimos dos años para población adolescente, según datos recientes de ESTUDES. Dicha medicalización suele atribuirse, en parte y casi por inercia, al incremento de los trastornos mentales durante y tras la pandemia y a la dificultad para ser atendidos en servicios de atención primaria, en particular en salud mental.

En el uso de ansiolíticos e hipnóticos (para dormir, para «calmarse», para «aguantar») se rastrea una tendencia histórica sostenida al alza en numerosos Estados desarrollados; en el caso de España, a pesar del «descenso general» en jóvenes estudiantes, señala el Ministerio de Sanidad, el consumo de hipnosedantes «mantiene una presencia relevante entre los consumos no médicos» (se compran por internet, «trafican» entre amigos para «ayudarse» o se sustraen a los progenitores). Por su parte, la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes situó a España en 2023 como el país de mayor consumo de benzodiacepinas del mundo; según datos de la OCU publicitados por el Consejo General de la Psicología de España, el 42% de los españoles ha ingerido benzodiacepinas alguna vez en los últimos cinco años (el porcentaje asciende hasta el 59% en jóvenes entre 25 y 29 años), y el 22% de la población las seguía consumiendo (datos a fecha de noviembre de 2024).

No se trata de un fenómeno puntual; la pandemia ha servido de excusa y parapeto para demasiados despropósitos políticos en lo social y sanitario. A juicio de quien firma estas líneas, estamos ante la progresiva implantación de una cultura que tiende a patologizar y, consiguientemente, medicalizar la experiencia humana cotidiana, ofreciendo soluciones farmacológicas, rápidas y dirigidas a «curar» supuestas enfermedades, ante cualquier forma de malestar –acaso provocadas por el normal desarrollo de nuestro sistema productivo–. Se trata de un caldo de cultivo en absoluto ocultado por las empresas farmacéuticas, cuyo volumen de mercado representa cerca del 2% del PIB español, un sector económico sembrado y regado por los gobiernos nacionales e internacionales, que no dudan en referirse a él en términos meramente macroeconómicos (la investigación parece importar poco, salvo cuando hay en juego algún galardón o alguna fotografía; lo relevante, más bien, es el retorno de la inversión, que el Mercado –sea lo que sea, y se lleve a quien se lleve por delante– avance).

Estamos ante la progresiva implantación de una cultura que tiende a patologizar y, consiguientemente, medicalizar la experiencia humana cotidiana

El problema de base no debemos situarlo en la existencia de tratamientos puntuales –que en muchos casos, por supuesto, resultan necesarios y que pueden salvar vidas–, sino en la imparable expansión de una despiadada lógica que convierte los malestares socioeconómicos en enfermedades individuales, introduciendo, en paralelo, la culpabilidad en los sujetos. La jugosa industria farmacéutica obtiene una parte sustancial de sus beneficios de los fármacos destinados a las enfermedades crónicas y a las asociadas a la conducta disfuncional y al control de las emociones. Son productos que, por tanto, requieren un consumo continuado, o digámoslo en términos económicos, que precisan de una producción imparable y, por ello, de un ingenioso aparato propagandístico: proyectar el diseño de enfermedades que puedan ser cubiertas por ciertos medicamentos. El modelo económico que nos domina premia aquellos productos que tienden a estabilizar un consumo recurrente: crónico. Rentable.

Por no hablar de la brecha respecto al acceso de medicamentos considerados básicos en países de rentas bajas y medias. Podría lanzarse la hipótesis de que se invierte en mantener la prevalencia de ciertas enfermedades que tienden a cronificarse (hipertensión, hipercolesterolemia, trastornos del sueño y de ansiedad generalizada, etcétera) en países cuyos sujetos pueden permitirse pagar los medicamentos asociados a tales enfermedades, de manera que se sostenga una producción y un consumo estables, mientras se deja de lado la investigación de enfermedades «no rentables» (las padecidas por poblaciones pobres o dolencias de baja prevalencia, es decir, escasamente lucrativas).

No parece existir el mismo entusiasmo por parte de los poderes fácticos a la hora de repensar la transformación de las condiciones estructurales que generan ciertas «enfermedades» (rentables). Me refiero, por ejemplo, a los sueldos inasumibles, a la subida del precio de la lista de la compra y de la vivienda, al estrés y a la competitividad despiadada, al sentimiento de soledad cada vez más asentado en la población, a la alimentación mediante productos procesados por falta de tiempo para cocinar o a la desigualdad económica y social. Más bien, parece incentivarse la inversión en perfeccionar medicamentos y en renovar patentes que permitan gestionar durante décadas (¡durante vidas enteras!) nuestros síntomas mórbidos. El sistema productivo no incentiva la erradicación de las causas de nuestras «enfermedades»; prefiere asentar la rentabilidad del consumo de medicamentos que nos permitan «resistir» indefinidamente y así cumplir a rajatabla con los adjetivos predilectos del DSM: «adaptativos» y «funcionales».

La normativizada y progresiva medicalización de la sociedad no debería ser entendida al margen de la estructura socioeconómica que la provoca

La normativizada y progresiva medicalización de la sociedad no debería ser entendida al margen de la estructura socioeconómica que la provoca. Un ejemplo paradigmático, que conozco muy de cerca, es el de la educación. La denominada «titulitis» no surge sin más de la errónea idea de que «sin título universitario no accederás al mercado laboral», sino de la configuración de una sociedad que funciona bajo el exclusivo patrón y látigo de la competencia permanente. Notas de corte, presión por la PAU, comparación constante de expedientes y obsesión por el currículum, presunta meritocracia fundada en criterios numéricos. La ansiedad (muchas veces patológica) asociada a este modelo educativo, que causamos en la población infantojuvenil, no se debe a un fallo psicológico individual, sino que es la previsible consecuencia de un sistema que convierte la comparación y la competitividad en su motor económico y social: a esto, después, cuando hemos enfermado a causa del estrés, por exceso de tensión arterial, por no tener tiempo para hacernos una comida sana y alimentarnos rápida, por anestesiarnos cada tarde con Netflix o YouTube: a todo eso se le llama progreso. El miedo al descenso social se inocula subrepticiamente desde edades muy tempranas. En ese contexto, el estrés no es una anomalía, sino el combustible del sistema productivo. Cuando este arrasa con nosotros, el resultado no es una revisión del modelo antropológico o socioeconómico, sino nuestro diagnóstico-sentencia: el de nuestra “enfermedad”. Y una es la solución: medicarnos para ser funcionales, para pasar por el aro, para estar fit.

Por supuesto, resulta legítimo y más que necesario fortalecer la atención sanitaria primaria y los servicios de salud mental, quién lo dudaría, pero llevar a cabo tales mejoras sin revisar por parte de los gobiernos las condiciones estructurales que producen nuestros malestares es sencillamente insuficiente y del todo mezquino. Si los sueldos generan población pauperizada, si la precariedad económica se normaliza y los precios de vivienda y alimentos básicos suben imparables, si la comparación social es permanente (propiciada por la tecnologización de nuestra existencia): si la vida se orienta en exclusiva hacia la productividad, el sufrimiento emocional seguirá (re)apareciendo bajo nuevas etiquetas diagnósticas –y continuará siendo «curado» por numerosos medicamentos que nos permiten seguir en la brecha, seguir sin quejarnos–.

Se medica el estrés generado por nuestros ritmos laborales, el insomnio vinculado a la incertidumbre económica, la hipertensión asociada a una vida acelerada y competitiva, el colesterol fruto de hábitos alimentarios moldeados por una industria que prioriza la rentabilidad y utilidad del tiempo sobre la salud, y un larguísimo etcétera. Primero se vende un problema (una vida desajustada, acelerada, fragmentada: ni funcional ni adaptativa) y después se comercializa la solución farmacológica (así como los «negocios emocionales»: coaching, sectas, pseudoterapias). El sistema productivo contribuye a generar las condiciones que nos enferman para, a la postre, obtener un beneficio con su tratamiento.

El consumo temprano de psicofármacos para «gestionar» las emociones de adolescentes y jóvenes no es anecdótico. Si hace décadas determinadas sustancias podían vincularse a la experimentación o la transgresión, hoy cumplen con frecuencia una función anestésica o sedativa para reducir la ansiedad, bajar el nivel de activación (o estimularlo, ahí están las bebidas energéticas), poder conciliar el sueño en medio de condiciones de permanente incertidumbre, mitigar el malestar generado por la exposición constante en el universo digital… Una lista que para un cerebro en proceso de maduración resulta sencillamente intolerable.

El sistema productivo contribuye a generar las condiciones que nos enferman para, a la postre, obtener un beneficio con su tratamiento.

Mientras no cuestionemos este modelo, en el que al Establishment económico y político le es más rentable ajustarnos químicamente que poner en cuestión un modelo basado en la competencia permanente, la frenética aceleración de nuestros procesos vitales y en la acumulación ilimitada, nada cambiará. Mientras no se modifique nuestro modo de vivir, las condiciones socioeconómicas en que sobrevivimos seguirán siendo la auténtica enfermedad. Continuarán anestesiando los síntomas mientras su origen permanece intacto. La enfermedad no anida únicamente en nuestros cuerpos, sino en las condiciones en que nos empujan a vivir. Resulta mucho más sencillo o, digámoslo, mucho más lucrativo medicarnos que replantear las prioridades de la vida. ¿Qué gobernante podría tener la valentía de hacerlo?

Acaso debamos empezar una subversión individual y silenciosa… En Bien y Belleza. Hasta que resulte insoslayable.

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