La angustia según Edvard Munch
El artista noruego Edvard Munch (1863-1944) tradujo en su pintura las emociones profundas que marcaron su vida: pérdida, angustia, deseo y muerte. Su obra anticipó el expresionismo y sigue mostrando hoy una mirada sobre la condición humana.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
Edvard Munch nació el 12 de diciembre de 1863 en Løten, Noruega, en una familia marcada por la enfermedad y la muerte: su madre murió cuando él tenía cinco años, su hermana mayor falleció con catorce y otro hermano murió poco después. Así describió el pintor su relación con «el otro lado»: «La enfermedad, la locura y la muerte fueron los ángeles negros que vigilaron mi cuna y me acompañaron toda mi vida».
Su formación artística fue breve y modesta, y pronto dejó de interesarse por la mera representación de la realidad para centrarse en la expresión de los estados internos. Munch convocó lo psicológico, lo simbólico y lo emocional como elementos centrales de sus pinturas y grabados. Su obra se organiza en torno a lo que llamó el Friso de la vida, una serie de obras que exploran el amor, la angustia, la enfermedad y, cómo no, la muerte.
Cuadros como El Grito lo convirtieron en una figura ineludible del arte moderno, hasta el punto de ser considerado uno de los padres del expresionismo alemán.
El Friso de la vida fue el ambicioso proyecto artístico que ocupó a Munch durante décadas, concibiéndolo como una radiografía sobre las experiencias fundamentales de la condición humana. La colección, compuesta por más de veinte obras clave, se agrupó en temas como «El despertar del amor», «La plenitud y el fin del amor», «Miedo a la vida» y «Muerte». En estas secciones se enmarcan obras icónicas más allá de El Grito, como La niña enferma, que refleja la pérdida de su hermana, o Celos, que explora la posesión y la angustia en las relaciones.
Fue esta capacidad para visualizar emociones puras e intensas, desechando el realismo académico, lo que se convirtió en la semilla del expresionismo alemán. Artistas como Ernst Ludwig Kirchner y Emil Nolde vieron en el arte de Munch una liberación de las ataduras de la representación objetiva.
Respecto a su obra más famosa, El Grito, el propio Munch describió la experiencia: «Caminaba con dos amigos cuando el sol se puso. De repente, el cielo se tiñó de rojo sangre. Me detuve, exhausto, y me apoyé en la valla. Había sangre y lenguas de fuego sobre el fiordo negro azulado y la ciudad. Mis amigos continuaron, y yo me quedé allí, temblando de ansiedad, y sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza». Esta descripción del pánico existencial, muestra el rechazo estético e ideológico del pintor hacia la belleza decorativa e influyó, cuando se transformó en cuadro, de manera fundamental en la evolución del arte moderno.
Y la mala salud de Munch fue otro de los ejes constantes de su vida y, por tanto, de su obra. Vivió con episodios recurrentes de ansiedad, y en 1908 sufrió una crisis nerviosa que lo llevó a ingresarse en una clínica de Copenhague. El tratamiento lo estabilizó y lo llevó a adoptar rutinas más estrictas: caminatas diarias, menos alcohol y una dedicación metódica al trabajo.
En Alemania, bajo el régimen nazi, parte de su obra fue retirada de los museos por considerarse «degenerada»
A partir de entonces se instaló en Ekely, en las afueras de Oslo, donde vivió durante más de tres décadas. Allí llevó una vida solitaria y desarrolló algunos hábitos curiosos. Por ejemplo, colgaba algunos cuadros al aire libre para observar cómo la luz natural y el clima afectaban los materiales. Esa práctica, documentada por el Munchmuseet, explica por qué ciertas obras han requerido medidas de conservación especialmente complejas.
Lejos de buscar una imagen definitiva, el pintor repetía los motivos con variaciones durante años. El Grito, por ejemplo, existe en distintas versiones —pintura, pastel y litografía—, lo mismo que La niña enferma o Celos. Para él, una obra era un proceso más que un resultado final. Esta insistencia explica tanto la coherencia de su producción como la enorme cantidad de material que dejó. En 1940 decidió legar todo su archivo al municipio de Oslo: más de mil pinturas, miles de dibujos y grabados, cuadernos, cartas, fotografías y utensilios de trabajo. Es uno de los fondos monográficos más extensos del mundo.
Sin embargo, su relación con el público fue ambivalente. Durante años fue visto como un artista incómodo. Sus temas —enfermedad, ansiedad, muerte— eran poco habituales en un contexto que aún asociaba la pintura a la belleza decorativa. En Alemania, bajo el régimen nazi, parte de su obra fue retirada de los museos por considerarse «degenerada». No obstante, su influencia creció de manera sostenida. Fue una referencia para los artistas que más tarde desarrollarían el expresionismo alemán y un nombre fundamental para entender la evolución técnica del grabado en Europa.
En sus últimos años de vida, Munch trabajó con calma en Ekely, revisando obras antiguas y organizando su archivo. Murió en 1944, a los 80 años, dejando un legado que permite entender un capítulo clave de la cultura europea: cómo, en el tránsito hacia el siglo XX, la vida interior del individuo empezó a convertirse en un tema central para las artes.
COMENTARIOS