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La guerra sin nombre

Si la guerra se ha llenado de palabras nuevas que no la nombran, quizá toque hacer lo contrario: vaciarla de adjetivos y devolverla a su sustantivo brutal.​

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03
febrero
2026

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En 1957, Roland Barthes hojea una revista y se detiene en una imagen que se haría famosa: un soldado negro, sonriente, saluda a la bandera francesa. La fotografía parece inocente, casi tierna. Para Barthes es un escándalo. No por lo que muestra, sino por lo que hace: convierte la historia colonial —la violencia, la jerarquía, la sangre— en una escena de armonía natural, de ciudadanos felices sirviendo a un imperio justo. Ese es el truco del mito moderno, dirá: transformar lo histórico en naturaleza, lo contingente en obvio.​

Si hoy mirara un informativo sobre la guerra de Ucrania, un gráfico sobre «ciberamenazas» o un tuit oficial hablando de «operaciones especiales», Barthes vería lo mismo: una avalancha de signos que pretende que el mundo «es así» y punto. La violencia se vuelve «daño colateral», la invasión se vuelve «operación militar», el odio organizado se vuelve «polarización en redes». Las palabras ya no nombran, purifican. Ese es el núcleo de su idea, el mito no niega las cosas, habla de ellas, pero las vuelve inocentes, las funda como naturaleza y eternidad.​

El problema es que ahora el mito no solo oculta, también deja zonas enteras sin nombre. Hemos inventado un tipo de conflicto que no cabe en el diccionario heredado: ni paz ni guerra, ni invasión oficial ni tranquilidad diplomática. Lo llamamos «zona gris» porque no sabemos cómo llamarlo de otra forma. No es solo un vacío técnico, es una falla en el sentido. Y Barthes nos diría que esa falla no es neutra: donde falta palabra, crece la doxa, la opinión corriente se repite y acaba decidiendo por nosotros.​

Barthes insistía en que la función del mito es la naturalización: borrar las costuras, hacer que la fabricación cultural parezca un paisaje. Cuando escuchamos una y otra vez que «la guerra es algo lejano», que «Europa está en paz aunque haya un conflicto en el este», que «esto son solo tensiones geopolíticas», no estamos recibiendo información, sino una forma de apagar la alarma. La distancia, la técnica, las categorías difusas funcionan como esa sonrisa del soldado negro que saluda a la bandera: el sufrimiento real queda fuera de plano, en los márgenes.​

Barthes insistía en que la función del mito es la naturalización

¿A qué nos afecta lo que no podemos nombrar? Barthes respondería: a todo. Afecta a cómo sentimos, porque el lenguaje es la forma en que el mundo nos llega. Si la violencia se nos presenta siempre en modo abstracto —«impacto cinético», «teatro de operaciones», «amenazas híbridas»—, la conmoción se diluye. El signo se vuelve «no sano», dirá Barthes, cuando suprime el trabajo simbólico que lo produjo, cuando se presenta como si su vínculo con la realidad fuera evidente y natural. Entonces ya no hay que pensar, solo asentir.​

Afecta también a cómo recordamos. Lo que no tiene nombre difícilmente entra en la memoria colectiva. Podemos recordar «la Guerra Civil», «la Segunda Guerra Mundial», incluso «la Guerra Fría», porque hay un rótulo que sostiene relatos, libros, discusiones familiares. ¿Cómo recordaremos dentro de veinte años este tiempo nuestro, hecho de sabotajes discretos, campañas de desinformación, presiones económicas o drones sin bandera? Sin palabra clara, quedará como ruido de fondo. Un malestar difuso que pasó. Barthes diría que esa es la victoria perfecta del mito: cuando ya ni siquiera se reconoce como tal.​

Esto afecta, sobre todo, a cómo actuamos. No solo en términos de política pública, sino en lo íntimo. Si no podemos decir «tengo miedo de esta guerra que no es guerra», lo convertimos en otra cosa: ansiedad, cinismo, chistes. Si no podemos llamar «odio organizado» a lo que vemos en redes, lo reducimos a «la típica bronca de redes». La falta de palabra nos roba el derecho a situarnos. Barthes lo habría visto con claridad: el lenguaje robado al sujeto y puesto al servicio de una doxa es una forma de desposeerlo.​

Sin embargo, uno no es nunca propietario de un lenguaje. La lengua está atravesada por ideologías, por poderes, por historias que nos preceden. Pero precisamente por eso creía en la tarea del desnaturalizador: el que pincha la burbuja, el que señala la costura, el que dice «esto que parece normal es, en realidad, una construcción interesada». Su semiología es, en el fondo, un ejercicio de higiene: sacar a la luz el trabajo invisible que hace que ciertas palabras parezcan inevitables y otras ni siquiera existan.​

Aplicado a nuestra guerra sin nombre, el gesto barthesiano sería doble. Primero, desconfiar de los rótulos brillantes que parecen explicarlo todo: «guerra híbrida», «zona gris», «competición geopolítica». Preguntarse qué esconden, a quién exculpan, a quién tranquilizan. Luego, intentar nombrar con palabras sencillas lo que de verdad está pasando: hay gente que muere, gente que huye, gente que decide desde despachos muy lejos cómo será la vida de otros. Hay países que se comen trozos de otros. Hay campañas planificadas para que odiemos al vecino o desconfiemos de cualquiera. No hace falta mucha jerga para decir eso.

Hay campañas planificadas para que odiemos al vecino o desconfiemos de cualquiera

La cuestión es que el lenguaje que falta no es el técnico, sino el humano. Sabemos decir «ciberataque» pero nos cuesta decir «esto me duele» o «esto me da miedo». Sabemos conjugar «resiliencia» pero no «duelo». Y ahí Barthes tendría la última palabra: el mito no solo añade significados, también distorsiona los originales. Si la guerra se ha llenado de palabras nuevas que no la nombran, quizá toque hacer lo contrario: vaciarla de adjetivos y devolverla a su sustantivo brutal.​

Barthes escribía que el mito es eficaz porque no argumenta, simplemente se presenta como algo que «es así». Nuestra época corre el riesgo contrario: un tiempo en el que lo peor que nos ocurre ni siquiera alcanza a ser mito, porque no sabemos cómo decirlo. Un tiempo en el que la violencia circula sin nombre claro, disfrazada de incidencia técnica, de tensión, de ruido. Un tiempo en el que el soldado ya no saluda a la bandera en una portada: está al otro lado de un cable de fibra óptica, en una imagen borrosa, en un titular ambiguo.​

Quizá la tarea sea empezar por lo más simple y lo más difícil: llamar guerra a lo que es guerra en nuestra propia vida, aunque oficialmente no lleve ese nombre. Dejar de aceptar que no pasa nada cuando sentimos que sí pasa. Mirar cada palabra con la sospecha del semiólogo y la honestidad del que no quiere autoengañarse. Y, sobre todo, recuperar el gesto de señalar la foto y decir, como hizo Barthes con aquel soldado: aquí hay algo que no cuadra. Aquí, debajo de esta sonrisa, debajo de este eufemismo, debajo de este silencio, hay historia. Esa historia, por mucho que insistan los mitos, está escrita con mano humana.

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