ENTREVISTAS

«La política está contaminando el debate en la calle»

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Noemí del Val
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03
Jun
2020
Borja Sémper Noemí Del Val

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Noemí del Val

«No quiero hablar mucho de política». Fue su primera petición antes de empezar la entrevista. Y «vaya, ya estoy otra vez hablando de política», la coletilla que más repitió durante toda la conversación. Borja Sémper (Irún, 1976) lleva todavía la vocación de servicio público demasiado pegada. Al fin y al cabo, hace menos de un año que se retiró. Su última aventura fue presentarse a la alcaldía de San Sebastián por el Partido Popular, formación en la que militaba desde los 17 años. En enero se instaló en Madrid con su familia para empezar una nueva vida en el sector privado. Asegura estar «encantado», y no lo dice por decir: se le nota en unas facciones más relajadas y en una sonrisa que aflora cada dos por tres, con mucha más facilidad que la última vez que le entrevisté para esta revista hace cinco años.

Me va a permitir el lector que, en este caso, me salte el libro de estilo, hable en primera persona y tutee sin recato al entrevistado. Porque conozco a Borja desde que íbamos juntos a la Facultad de Derecho de la Universidad del País Vasco, en San Sebastián. Porque vi con mis propios ojos cómo dos rocosos guardaespaldas lo esperaban fuera de clase o de la biblioteca, o cómo lo seguían a escasos metros cada vez que salía con los amigos de bares por la Parte Vieja el fin de semana. En aquella época, cuando apenas superaba los 20 años de edad, cuando nos solemos entregar al hedonismo y a pensar en banalidades, él debía contar cada día con la posibilidad de un atentado mortal. Había cometido la osadía de militar en el Partido Popular en Guipúzcoa, en la época más dura ETA, y por ello se colocó inevitablemente en el punto de mira –literal– de la banda terrorista.

Después de casi tres décadas, hace algo más de un año que abandonó la formación. Aunque siempre se sintió muy ligado a esas siglas, nunca encajó del todo. Especialmente en los asuntos morales, huía del dogmatismo y se situaba más cerca de las oposiciones que hacían desde la izquierda: en temas como el aborto, el matrimonio homosexual o incluso el fin dialogado de ETA, nunca se cortó en ir a contracorriente de su partido. «En parte por eso me he cansado de la política», reconoce. «Estaba un poco harto de que me llamaran de los medios para escuchar, en ciertos temas, mis opiniones contrarias al PP. Al final, lo de ser siempre el verso suelto puede acabar siendo un personaje, casi una parodia. Prefiero decir ahora mis opiniones como ciudadano, y punto», dice, antes darle un sorbo a un té helado en una terraza cerca del Paseo de la Castellana.


Te mudas a Madrid después de vivir 15 años en San Sebastián. Muchos matarían por justo lo contrario.

Donosti es una ciudad maravillosa con una calidad de vida extraordinaria, pero yo necesitaba un cambio de vida total, también de ciudad. Y Madrid, para mí, siempre ha sido un refugio. Cuando venía en los años más complicados, esta ciudad cumplía perfectamente con todos sus buenos tópicos, como el de la sensación de libertad. La gente hablaba de política sin problemas, sin temer nada. El contraste era brutal respecto a San Sebastián en eso. En Madrid, hablar de política no era un problema: no separaba a la gente, no dividía a familias ni a cuadrillas de amigos, nadie te señalaba…

Ha llovido mucho desde eso. ¿Cómo ves hoy San Sebastián?

La parte obvia es extraordinaria. Desde el momento en que no hay violencia y no hay asesinatos, todo cambia radicalmente para bien. Pero creo que hay una herida que probablemente no sea visible, y no sé cómo va a evolucionar. La sociedad vasca es una sociedad extenuada de violencia, y eso explica la necesidad de pasar página muy rápido. Pero tengo dudas de si esa rapidez nos va a impedir cerrar algunas cosas del todo… y, por tanto, puede ser una página pasada en falso.

Te pueden tachar de aguafiestas.

Lo sé. San Sebastián es una ciudad maravillosa que por fin es libre, y es como: «ya viene Borja a poner un ‘pero’». Pero quienes hace nada justificaban que a mí, o a otras muchas personas, nos podían pegar un tiro en la nuca, hoy no pueden venir a darnos lecciones si no hacen antes un acto de contrición.

Una disculpa.

O, más bien, un análisis igual de sólido que el que hacían entonces para alentar la violencia y justificarla, pero en el otro sentido. Decir: «Me equivoqué». No debería serles tan difícil. La izquierda abertzale peca de soberbia en eso. No han explicado por qué ahora no se debe matar, y hace un tiempo sí. Eso lo echo en falta pero, por lo demás, mientras el estado de Derecho funcione, entiendo que hay que hacer un esfuerzo para mirar al futuro. En el que estemos todos, nos gusten más o menos.

En los últimos años, como se desprende de tus declaraciones, pareces especialmente implicado en la lucha contra el calentamiento global.

Soy un profundo convencido de la necesidad de transformar nuestra economía. Creo que puede crecer y ser competitiva con otras herramientas más respetuosas con el entorno y el medio ambiente. Y no es una bandera facilona: me lo creo profundamente.

«La política ha sido colonizada por el partidismo: llega un momento en que importa más tu carné que tu opinión»

Tienes hijos pequeños. ¿Te preocupa el mundo que les podemos dejar? Sobre todo cuando ya no hablamos de dentro de décadas, sino que las consecuencias empezamos a padecerlas ya. Mientras, escuchamos mensajes dispares de quienes niegan el cambio climático… y de quienes dicen que ya no hay vuelta atrás.

Uno de los problemas sobre este debate, creo, es que ha sido colonizado por un discurso un poco populista, sea de un extremo o del otro. Por un lado están los negacionistas y por el otro, hay cierta ortodoxia en esta materia. Eso provoca que mucha gente se aleje porque piensa que es un debate polarizado y no encuentra referencias políticas sensatas capaces de romper en esta materia la dicotomía izquierda y derecha.

En nuestro país, al menos, la ecología se relaciona más con la izquierda.

Sí, porque son batallas que el pensamiento de centro-derecha liberal, con todo lo que eso supone, no ha querido dar. Al contrario: ha etiquetado de una manera muy gruesa a quienes defendían políticas medioambientales, y también ha sucedido todo lo contrario; por tanto, no hay un debate razonable. Yo estoy obsesionado con que el centro-derecha liberal sea capaz de abanderar determinados debates, y el del crecimiento sostenible es uno de ellos. Por supuesto, también la igualdad real entre hombres y mujeres, del colectivo LGTBI respecto a heterosexuales… Y no sé por qué no suele ser así, porque es algo que entronca perfectamente con un pensamiento de corte liberal.

¿No lo intentó Ciudadanos al principio, de alguna manera?

Sí, pero cuando llegaron al ámbito nacional fueron víctimas de varias circunstancias, entre ellas que su agenda pasara a estar dominada por el hecho territorial. Y, aparte, tuvieron algunos malos cálculos políticos, como ha quedado claro…

Te prometo que no vamos a hablar mucho más de política.

Si la culpa no es tuya, es que no lo puedo evitar, entro como un miura… ¿Me ves muy encorsetado?

No, al revés. Te veo muy relajado. Mucho más que la última vez que te entrevisté para Ethic, cuando eras presidente del PP de Guipúzcoa. ¿Tan bien sienta dejar la política?

A mí me ha sentado de maravilla.

«Quienes hace nada justificaban que te podían pegar un tiro hoy no pueden venir a darnos lecciones sin hacer antes un acto de contrición»

En aquel momento me dijiste una frase que fue el titular: «Los políticos, o nos reinventamos, o estamos muertos». Hace ya cinco años de aquello. Parece que no se ha seguido mucho tu recomendación.

Desde luego, la política no se ha logrado reinventar. Ha sido colonizada por el partidismo, y llega un momento en que importa más tu carné que tu opinión. Esto está empobreciendo el debate político, llevándolo al blanco o negro y eliminando la posibilidad de los grises. No puedes decirle a un cargo político del PSOE o el PP que solo puede pensar de una manera determinada. Y los males de hace cinco años, cuando me hiciste aquella entrevista, no han hecho más que engordar.

Sobre todo ahora, con la crisis de la COVID-19.

La pandemia ha hecho palanca, lo ha inflamado todo aún más… y las costuras se nos van notando más.

Y eso que, al menos en edad, la política se ha rejuvenecido en los últimos años. Eso hacía pensar en esa renovación o esa reinvención de la que hablabas.

Pero ha envejecido mucho en la manera de hacer las cosas.

Gregorio Ordóñez, asesinado por ETA en San Sebastián, era teniente de alcalde, diputado del Parlamento Vasco y un destacado dirigente del PP. Y casi el motivo de que te metieras en política, porque le admirabas mucho.

Precisamente, lo que necesitamos ahora son políticos a los que admirar y respetar. Y hoy no encontramos demasiados motivos para admirar ni respetar. Cuando aparece alguien capaz de decir algo diferente, o matizado, nos agarramos como un clavo ardiendo. Es lo que ha pasado, por ejemplo, con la figura de Almeida, el alcalde de Madrid. Fíjate todo lo bueno que se está diciendo de él últimamente, y lo único que ha hecho es interpretar correctamente su papel de alcalde en esta crisis, y no lanzar discursos sectarios. Podrás estar en contra o favor de algunas de sus medidas, pero piensas: «Por lo menos, es un señor que no me agrede».

Borja Sémper

Tal vez sea eso justo lo que más escasea ahora en política, la relajación. Perfil bajo.

Antes, si gobernaba el PSOE, yo no me sentía agredido aunque mi afiliación estuviera en otro partido. Lo que tenemos que conseguir es que el ciudadano no se sienta agredido por el partido al que no ha votado. Recuerdo que, en los años más duros de ETA, desde las formaciones constitucionalistas teníamos una frase muy repetida: «Podéis defender lo que sea, pero sin pistolas». Gregorio Ordóñez decía: «Yo tengo que tratar igual a cualquier ciudadano que entre en mi despacho, me haya votado a mí o a Herri Batasuna». Esto en una época en la que ETA mataba más que nunca, en la que a él lo acabó matando. Hoy, si dices algo así, te tachan de relativista, de melifluo… Creo que la dialéctica política hoy nos agrede un poco a todos.

O a casi todos.

Claro, salvo que seas un hooligan y milites en un extremo.

Hoy, ver informativos o leer la prensa española puede influir mucho en nuestro estado de ánimo. Eso no pasaba hace unos años.

Exacto. Y ya no te hablo de las redes sociales. Yo tengo un debate interno sobre Twitter. No sé si abandonarlo, porque me caliento. Me considero un tipo razonable y sensato, pero es entrar en Twitter… y me enciendo. Es cierto que hay muchas cosas interesantes, pero también hay tanta basura que te contamina.

«Hay que buscar un equilibrio sensato entre la protección de la salud y que la gente pueda comer»

Hay dos hechos recientes que parecen de planetas diferentes: por un lado, la bronca del vicepresidente Pablo Iglesias y el diputado de Vox, Espinosa de los Monteros, en la pasada comisión de reconstrucción. Por el otro, semanas antes, las declaraciones del alcalde de Madrid y Rita Maestre, concejala de Más Madrid, en un pleno del Ayuntamiento, en el que se comprometían a dejar de lado sus diferencias ideológicas y estar hombro con hombro en esta pandemia.

La mayoría de los políticos no son conscientes de que hoy, aunque no lo parezca, incluso si hablamos en términos puramente electoralistas, es mucho más útil una actitud como la de Almeida que una actitud de agresión. O de no reconocimiento del adversario. Pero es que, aparte, es una obligación moral lograr un entendimiento entre diferentes. Hoy se ha dejado de reconocer al adversario: no se da legitimidad a un señor por ser de Podemos, o no se la da a otro por ser del PP. Hoy impera el trazo grueso. Se etiqueta de bolivariano o de facha a cualquiera con una facilidad pasmosa. ¡Pero si estos no han visto a un facha en su vida! O, al menos, a nadie realmente radical. Tú y yo sí que los tuvimos enfrente en Donosti hace 20 años, a radicales que te asesinarían sin despeinarse. Claro que hoy hay comportamientos extremistas en la derecha y en la izquierda, pero no podemos medirlo todo de la misma manera. Y creo que uno de los males que explican esto es el debilitamiento del bipartidismo en España.

Supuestamente, la aparición de nuevas formaciones políticas debería enriquecer el espectro político.

En la teoría, sí. Yo también lo pensé, pero se han debilitado determinadas posiciones que mantenían en una dialéctica normal al PSOE y al PP. Pensábamos que la (poca) edad era algo determinante para regenerar la política, y se ha demostrado que no. Creo que tener cierta edad te da una serie de herramientas para abordar los problemas con una serenidad y perspectiva de las que personas más jóvenes suelen carecer. Y ha quedado demostrado que la juventud, per se, no es beneficiosa para la política porque, con los nuevos actores, todos los problemas de los que veníamos antes se han agudizado. El sentido de Estado, un concepto que hoy suena carca, es fundamental para generar serenidad. Una de las responsabilidades más importantes de un político, a mi juicio, es serenar los ánimos de la sociedad a la que se dirige, y hoy se aprovechan las tribunas y los púlpitos políticos para encender ánimos. Y, ojo, se puede ser firme y tener una opinión muy clara, con ideas muy sólidas, pero puedes defenderlas sin necesidad de enardecer a la gente para que salgan a quemar a las calles. Y hoy se está alentando a la gente a que salga a las calles a enfrentarse. Es una irresponsabilidad tremenda, y para colmo, no se habla de política.

Hoy todo se basa en proclamas y declamaciones.

Para mí, lo más triste es que la dialéctica política no es un reflejo de la dialéctica social, sino que sucede al revés: es una contaminación de arriba a abajo. No es que haya un enfrentamiento social y la política sea un reflejo, sino que hay tácticas políticas tendentes a polarizar el discurso que acaban afectando a la sociedad.

Tú yo venimos de una sociedad enfrentada donde la violencia estaba al orden del día. ¿Tienes miedo de que la clase política, con sus arengas, vuelva a prender esa mecha tan peligrosa 20 años después?

Yo creo que se habla mucho de que se alienta a los extremos, pero se habla poco de los que somos moderados que, por suerte, somos la mayoría. Y ojo que nosotros también nos podemos cabrear, pero eso no significa pasar a la violencia, sino rechazar los extremos con firmeza. Eso puede tener un reflejo electoral o social, no sé de qué manera se va a evidenciar, pero creo –y perdona que use esta palabra–, que no se puede tocar los cojones durante tanto tiempo a la gente normal.

Muchas veces, esos ciudadanos «normales» tienen mejores cosas en las pensar. Más importantes.

Claro. Hay una brecha entre lo que discuten hoy gobernantes y oposición y lo que realmente importa y afecta a la gente en la calle. Esto puede sonar a lugar común, pero es que es la pura verdad.

Has dejado la política justo antes de una pandemia mundial, posiblemente la mayor crisis de España en la historia reciente. Un hito que recordarán nuestros bisnietos. ¿Te sientes aliviado, o te hubiera gustado estar hoy en primera línea?

Lo veo con alivio, porque creo que la política ha perdido su capacidad transformadora. Creo que hoy esa capacidad está en el ámbito económico, y decir esto es durísimo para alguien apasionado de la política como yo. Pero ahora estoy en una empresa donde proveemos servicios para afrontar el coronavirus –o el día después–, por ejemplo, en algo tan transformador como la digitalización de los procesos. Si siguiera en política, no creo que hubiera tenido capacidad para influir en ese sentido, porque estaría en las declaraciones cruzadas de Pablo Iglesias y Cayetana Álvarez de Toledo. Esas declaraciones cruzadas que no conducen nunca a nada. Y, hoy, es imposible salirse de ahí si eres político.

Ya que hablas de economía, ¿el capitalismo es, hoy en día, compatible con las medidas necesarias de salud pública, de confinamiento y congelación de actividad económica para combatir esta pandemia?

Yo creo que el libre mercado es el mejor de los sistemas de los que nos hemos podido dotar. En términos comparados e históricos, eso es una evidencia. No hay un modelo que haya sido tan eficaz en la historia contemporánea: que haya proporcionado mayor bienestar y progreso en términos sociales y económicos; que haya permitido, por ejemplo, que la sanidad y la educación sean universales y que haya recortado brechas sociales y económicas. Ahora bien, como todo en esta vida, debe ir evolucionando y adaptándose a nuevas realidades.

Lo mismo sucede con la democracia.

Claro. Si hay una pandemia global que afecta a la salud de los individuos, aceptamos todos una restricción de nuestras libertades que nos confina en casa, por ejemplo, y no por eso vivimos en un Estado fascista: es un Estado de libertades en el que asumimos ciertas limitaciones por unos hechos concretos. Eso sí, hay que buscar un equilibrio sensato entre la protección de la salud y que la gente pueda comer. Y para eso necesitamos decisiones políticas que no estén basadas en apriorismos ideológicos ni en luchas partidistas, sino en datos técnicos. Y el debate técnico también ha desaparecido del discurso.

«La dialéctica política hoy nos agrede a casi todos, salvo que seas un hooligan y milites en un extremo»

Una de las grandes transformaciones, que se está acelerando mucho con la pandemia, es la tecnológica.

Sí, pero ojo, porque puede venir una segunda brecha. Nos pueden garantizar el derecho a la educación desde casa, pero, ¿en qué condiciones? Yo soy un privilegiado: mis hijos pueden estudiar en casa porque tenemos un par de ordenadores, y tienen un sitio donde hacerlo, pero muchas familias tienen a sus hijos estudiando en la cocina, y a la madre y al padre trabajando, como pueden, en el mismo espacio. Y tienen, con suerte, un ordenador.

Y no siempre una conexión que puedan pagarse. Que internet no sea una garantía universal en España es un fracaso en un país tan desarrollado.

Desde luego, es un reto que debemos asumir de cara al futuro. Está claro que esta no va a ser la última pandemia a la que nos vamos a enfrentar, igual que tendremos que hacerlo con cualquier otra crisis, por ejemplo, la climática, u otras de cualquier orden. Tal vez esto suene un poco a Mad Max, pero si nos llegan a decir hace cuatro meses que íbamos a estar encerrados en casa en una ciudad vacía… Esto que estamos viviendo ha venido para quedarse y nos tenemos que dotar de herramientas para llevarlo de la mejor manera posible.

Volviendo a la pregunta, ¿cómo debe ser ahora esa evolución del capitalismo a la que te refieres?

Hacia un capitalismo más humano. Las empresas tienen que ser rentables y generar beneficios, pero también tienen que tener un impacto positivo en la sociedad en la que operan.

¿De qué manera?

Por ejemplo, en su implicación en la gobernanza del país. La cooperación público-privada a mí me parece fundamental hoy en día, y también en las condiciones de los empleados atendiendo a sus circunstancias de vida, por ejemplo, si tienen niños. Esto creo que es algo que cada vez está asumiendo más el sector empresarial y vamos a empezar a ver una reducción de horas presenciales en las jornadas laborales y cómo cada vez más compañías toman decisiones respecto a sus empleados según sus condiciones personales. Ese es el camino transformador a seguir.

Hay varios puntos de vista respecto a la magnitud de esta crisis. Quienes piensan que es como la de 2008, quienes piensan que es peor aún y quienes piensan que saldremos mucho antes. ¿Cuál es la tuya?

Afrontamos esta crisis económica recuperándonos de la anterior, de la que aún no habíamos salido. El año 2021 será un año especialmente complicado, y el 2022, probablemente, también. La recuperación va a suponer volver a datos económicos de principios del milenio y a posiciones económicas muy pretéritas. Creo que sobre esto no hay nada que hacer: es una realidad que nos viene como una ola, y la tenemos que asumir. Ahora toca poner a gente válida al frente de la gestión para salir de esto cuanto antes.

Tienes un hijo adolescente. Muchos economistas ya hablaban de una «generación perdida» antes de la pandemia: por la precarización de salarios, la pérdida de poder adquisitivo, la falta de ahorros… ¿Te preocupa que ahora tenga más difícil todavía el poder permitirse una calidad de vida mínima?

Yo creo que son unos privilegiados porque van a tener oportunidades con las que nuestros padres ni soñaron, y aun así, fueron capaces de sacarnos adelante. No comparto ese discurso negativo. Lo van a tener complicado, claro, pero también tendrán un mundo apasionante en el que operar, y en el que poder transformar muchas cosas. No quiero sonar irresponsable. Soy consciente de las dificultades de mundo al que se enfrentan, pero también creo que tienen muchas posibilidades.

Borja Sémper

¿Te preocupa lo que está pasando en Estados Unidos? Casi un 30% de paro, una gestión nefasta de la crisis de la COVID, la mecha del racismo que lo ha sumido en una confrontación social… Es como si la primera potencia mundial hubiera entrado en barrena casi sin que nos hayamos dado cuenta.

Me preocupa cómo va a quedar el mundo desde el momento en que Estados Unidos abdica de ser un actor principal en el equilibrio mundial. Esta especie de autarquía en la que está metiendo la Administración Trump al país me inquieta mucho. A mí me parecen muy estimulantes la sociedad y la política americanas y, obviamente, tienen cosas rechazables, pero muchas admirables. Pero si deja su posición de primera fuerza, entramos en un mundo desconocido.

No solo en lo económico. También en los valores universales que imperaban hasta ahora. Ahí debería entrar en juego Europa.

Su papel ahora es más importante que nunca. Debería ser una referencia política y moral en el mundo: ha sido capaz de que confluyan la protección social y la libertad económica, de que los derechos de los individuos y libertades se hayan ido ampliando… Es una de las cunas culturales del mundo.

Pero no pasa por su mejor momento, al menos, en cuanto a credibilidad. Los auges de los nacionalismos y populismos son un síntoma de eso.

Yo creo que tienen una explicación lógica. Estamos viviendo la primera gran resaca de la globalización, con todas las incógnitas que está aportando, y el miedo está provocando un repliegue. Y ahí está el auge del nacional-populismo en Francia con Le Pen, en España con VOX, en Hungría, en Polonia, en algunos Lander alemanes… Y el del populismo de izquierdas con expresiones como Grillo en Italia, Podemos en España…

A diferencia del resto, Podemos sí es europeísta.

Pero con un carácter indudablemente populista, y el surgimiento de los populismos y su apoyo refleja que se está resquebrajando la confianza y no somos capaces de confrontarlo. Ahí tienen un papel fundamental de los grandes órganos de gobernanza mundiales, que tienen que empezar a responder: la ONU, la OMS, la OMC, los bancos centrales… Hoy reina la sensación de que quienes toman las decisiones no tienen control.

«La economía puede crecer con otras herramientas más respetuosas con el medio ambiente»

También respecto al propio Consejo Europeo.

Sí, y podemos ver lo que pasa con el caso de la sanidad en España. Por su condición descentralizada no ha sido capaz de responder a una política de compra de material. El Ministerio de Sanidad es un ministerio esquelético en cuanto a recursos, y ha tenido que afrontar una compra de material sanitario descomunal de la noche a la mañana. Lo mismo ha pasado en Europa: no ha sido capaz de responder de una forma unificada ante esta crisis. Se ha resquebrajado lo que ya sabíamos que no funcionaba del todo: la construcción política de la Unión Europea. Esto ha evidenciado las costuras, lo que estaba cogido con pinzas.

Como ciudadano, ¿qué opinas de la gestión del Gobierno en esta crisis pandémica?

Si unimos todos los factores, técnicos y políticos, el resultado, para mí, no es edificante. Ahora bien: soy consciente de la extraordinaria dificultad a la que cualquier dirigente político, independientemente de la Administración de la que estemos hablando, se ha tenido que enfrentar. Pero, lamentablemente, el resultado de la gestión del Gobierno difícilmente se puede defender como positivo. No me refiero ya a cuestiones concretas –lo de comprar material defectuoso o la escasez de PCR ya es casi anecdótico–, me refiero a un clima generalizado en el que estamos hoy, que es de desazón. No me reconforta el resultado aunque, como en todo, hay excepciones.

Hablemos, para acabar, de tu faceta poética…

Si va todo bien, a finales de año publicaré un nuevo poemario con una editorial seria, pero tengo mucho vértigo. Me siento un intruso, un poco farsante.

Pero ser poeta no es una profesión.

No, pero poeta es Pedro Salinas, Karmelo C. Iribarren, Luis Alberto de Cuenca… Yo soy un tipo que escribe cosas y que, no nos engañemos, la notoriedad, mucha o poca, que yo tengo como personaje público, es lo que me permite esta plataforma para publicar. Luego está la vergüenza torera de cada uno para aceptar eso o no. Yo no tengo mucha, y por eso, publico. Y tengo la inmensa suerte de poder publicar cosas que se me pasan por la cabeza, y no la voy a desaprovechar.

Y de cosas tan prosaicas como la política, o la consultoría empresarial… ¿De dónde sacas la inspiración para los poemas?

Me cuesta, no te creas. Estoy un poco seco, pero no por el cambio de trabajo. Tengo una vida muy feliz, estoy muy contento en lo personal. Estar jodido ayuda más a la hora de escribir. El malditismo, las noches en vela, la barra de bar… Hace tiempo que falta de eso en mi vida. Pero ojo, que cualquier día, vuelvo (ríe).

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