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Salud

Bruxistas del mundo, uníos

Hay millones de personas que cada noche, a veces sin saberlo, aprietan o rechinan los dientes mientras duermen. El bruxismo es una de las condiciones más extendidas y menos atendidas de nuestra época, y tiene mucho que ver con cómo vivimos despiertos.

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19
mayo
2026

Hay una estadística que los dentistas conocen bien: entre el 8% y el 13% de la población aprieta o rechina los dientes de forma habitual, sobre todo por la noche, sin enterarse. Son bruxistas. Personas que, en apariencia, descansan plácidamente mientras en realidad someten su mandíbula a una presión de entre 400 y 600 newtons, el equivalente a cargar un peso de unos 60 kilos sobre las muelas. Para poner este dato en perspectiva: morder un filete duro exige apenas unos 80.

El término viene del griego brychein, que significa rechinar los dientes, y ya en los textos hipocráticos aparece descrito como un fenómeno asociado a la agitación del alma. Dos mil años después, la ciencia ha añadido muchos más detalles, pero no ha cambiado demasiado el diagnóstico de fondo: el bruxismo es, entre otras cosas, el idioma en que el estrés se expresa cuando todos los demás canales están cerrados. No es una enfermedad en sentido estricto —el Manual Diagnóstico de la Academia Americana de Medicina del Sueño lo clasifica como «actividad muscular rítmica mandibular»—, pero sus efectos van desde el desgaste del esmalte dental, fracturas, dolor crónico en la articulación temporomandibular, cefaleas matutinas, tensión cervical, hasta, en los casos más severos, pérdida de dientes.

Las cifras del bruxismo han crecido sostenidamente desde los años 90, y los estudios realizados durante la pandemia documentaron un aumento significativo de casos en prácticamente todos los países estudiados. La explicación no requiere demasiado aparato teórico: vivimos acelerados. La disponibilidad permanente que imponen los teléfonos, la cultura de la productividad que convierte el descanso en culpa y la sensación de que el mundo exige constantemente una respuesta inmediata por nuestra parte han creado un estado de alerta crónico que el sistema nervioso no sabe muy bien cómo gestionar. El ahora famosísimo cortisol, hormona del estrés, activa el sistema musculoesquelético, y la mandíbula, por su proximidad con el cerebro, es una de las primeras en recibir el golpe.

Entre el 8% y el 13% de la población aprieta o rechina los dientes de forma habitual

Los investigadores distinguen dos tipos principales: el bruxismo de sueño, que es el más frecuente y el que pasa más desapercibido, y el bruxismo de vigilia, ese tic de apretar la mandíbula mientras se trabaja frente al ordenador o se conduce en un atasco. Este segundo, por cierto, ha aumentado de forma notable en entornos laborales de alta exigencia cognitiva. Y es que no es casual que algunos estudios encuentren mayor prevalencia entre profesionales de la salud, docentes o trabajadores en puestos de atención al público. A fin de cuentas, hablamos de oficios donde la presión emocional se gestiona hacia adentro porque las circunstancias no permiten gestionarla hacia afuera.

El mayor problema con el bruxismo es que no avisa. O avisa tarde, cuando el dolor de cabeza lleva semanas instalado o cuando la mandíbula amanece rígida con una regularidad que a todas luces no es normal. El diagnóstico llega frecuentemente de rebote, en la consulta de otro especialista. En cuanto al tratamiento, podemos hablar más bien de aprender a vivir con el bruxismo que de curarlo como tal.

La férula de descarga —esa pieza de plástico termoformado que los bruxistas colocan entre los dientes antes de dormir— es el recurso más extendido. Y, aunque protege el esmalte y redistribuye la presión, no elimina la causa. Para eso, los especialistas combinan distintas aproximaciones según el perfil de cada paciente: fisioterapia craneomandibular para liberar la tensión acumulada en maseteros y temporales, técnicas de relajación y gestión del estrés, en algunos casos toxina botulínica para inhibir la actividad de los músculos implicados, y —cuando el origen es farmacológico, pues ciertos antidepresivos y estimulantes tienen el bruxismo como efecto secundario conocido— una revisión de la medicación. No hay un protocolo único porque no hay un bruxista único. Los hay que aprietan, los hay que rechinan, los hay que hacen las dos cosas, y los hay que lo hacen solo bajo ciertas condiciones de estrés que desaparecen en vacaciones como por arte de magia.

Aprender a vivir con bruxismo es, en gran medida, aprender a reconocer el momento en que el cuerpo empieza a acumular lo que la mente no ha terminado de procesar. Algunos llevan años con la férula en la mesilla sin haberse preguntado nunca qué está intentando decirles su cuerpo. Porque el bruxismo no es, en definitiva, un diagnóstico definitivo ni una condena. Es, en realidad, una señal. El problema es que llegamos a ella, casi siempre, cuando ya llevamos un tiempo ignorándola.

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