Opinión

Almeida y Rita Maestre lo han demostrado: es posible el espíritu olímpico

¿Qué mejor caldo de cultivo para los bulos y la posverdad que una sociedad dividida concienzudamente durante siglos?

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24
Abr
2020

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En estos días en los que avanza un nuevo estado de rebelión –los niños, nuestros pequeños tiranos, contra el Gobierno– y el adanismo con formato de sermón secular cotiza al alza, me disculparéis si me detengo en algo evidente: los bulos que tanto preocupan al CIS –esa entidad pública que en lugar de usar la demoscopia para conocer mejor nuestra sociedad lo hace para manipularla– han existido siempre. Tanto, que es posible que alguna de las pinturas de Atapuerca escondiese ya algún trampantojo con fines de propaganda. Un divertido libro de Néstor S. Marqués, Las fake news de la Antigua Roma, repasa cómo se las gastaban hace 2.000 años para derrocar al emperador de turno (y de paso, a veces, rebanar su cabeza, técnica para la cual existían entonces gentes muy avezadas) y nos recuerda que, a diferencia de lo que vemos en la cuaresmática, fabulosa y tiernamente viejuna Quo Vadis, Nerón –ese emperador sobre el que los historiadores no se ponen de acuerdo: ¿fue un tirano cabrón o no?–, nada tuvo que ver con el gran incendio que desoló Roma en el año 64. Los españoles que no nos apellidamos Puigdemont sabemos que la leyenda negra, que Verdi llevó al éxtasis melómano pero también demagógico en la ópera Don Carlos, basada en una sarta de mentiras en torno a la muerte del pobre infante deforme, fue en realidad una guerra de propaganda puesta en marcha en el siglo XVI por las que entonces eran potencias enemigas (y ahora son, simplemente, potencias insolidarias) para debilitar la imagen de ese imperio improbable que nació cuando Colón y su desesperada tropa se toparon con el gran esplendor de las Américas. Y entrados ya en este siglo, allá por 2003, esas armas de destrucción masiva con las que se abrían todos los días los telediarios y que sirvieron como pretexto para iniciar la guerra de Irak, que fue retransmitida como si fuese la liga de béisbol, fueron en realidad no una ensoñación, como dirían algunos, sino un ejercicio de creatividad maquiavélica que formaba parte del relato que urdieron esos halcones que movían los hilos y asesoraban al hijo más revoltoso de la dinastía Bush.

«El virus para el que no sabemos si conseguiremos vacuna en España no es otro que el cainismo»

Que los bulos sean como las heces, es decir, que hayan existido siempre, no significa que no debamos de tener cisternas y conductos que nos permitan echarlos por ese desagüe por el que también debe descender la tentación de censura que se adivinaba en la pregunta de Tezanos, cuya cocina daría para uno de esos programas surrealistas que presenta Chicote. En fin, tras la sangría de Irak vino esa revolución tecnológica que nos dejó empantallados y que ha convertido los teléfonos en un adictivo apéndice de nuestras extremidades superiores. Aparecieron con ellos canales al servicio de cualquiera –yo mismo lancé Ethic con muchas ganas pero escasos recursos– y la información empezó a viajar a una velocidad y con unos impactos en red hasta entonces inimaginables. Llegaron luego las crisis y, ya se sabe, a río revuelto, ganancia de populistas; en el Congreso ya los tenemos de todos los tamaños, formas y colores, aunque ninguno insípido, sino más bien todos con un fuerte sabor amargo.

En estos días patrocinados por Black Mirror, las fábricas de bulos son de las pocas que funcionan a pleno rendimiento y doblan los turnos. Aunque nos acusen, con razón, de ponernos estupendos, recordaremos que el telón de fondo y el marco conceptual y social de las fake news es la posverdad, cuya diferencia con la mentira radica en la delirante disposición del individuo a aceptar el engaño. Es decir, no nos interesa tanto la verdad como reafirmar nuestra obtusa, doctrinaria y en ocasiones fanática identidad ideológica. Y qué mejor caldo de cultivo para las fake news y la posverdad que una sociedad dividida y polarizada concienzudamente durante siglos. Lo denunció durante la Guerra Civil con valentía y honestidad Chaves Nogales y así seguimos: el virus para el que no sabemos si conseguiremos vacuna en España no es otro que el cainismo. No quiero desmerecer su actitud irreprochable, pero hemos celebrado lo que debería ser habitual como algo extraordinario cuando el alcalde Martínez-Almeida y la líder de la oposición Rita Maestre han escenificado su espíritu olímpico ante la encrucijada en la que nos encontramos, que en verdad es lo mínimo que le deberíamos exigir a cualquier gobernante. Así, entre el ruido y la furia, y para sorpresa de muchos, entre los que me incluyo, el Ayuntamiento de Madrid se ha convertido en un espacio para la esperanza de esos pobres ingenuos que creemos en una España sin bandos.

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