Valerio Rocco
«Incluso en las manifestaciones más opuestas se puede buscar un núcleo unificador»
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COLABORA2026
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Experto en Hegel, objeto de su tesis doctoral, Valerio Rocco (Roma, 1984) es profesor de Historia de la Filosofía Moderna en la Universidad Autónoma de Madrid. Desde 2019 dirige el Círculo de Bellas Artes de Madrid, uno de los centros neurálgicos de la cultura en nuestro país, y de los pocos independientes, ya que se sostiene gracias a las cuotas de los socios. Conversamos con él a propósito de la polarización, la cultura como salvaguarda de la convivencia, Europa como referente político y moral en el mundo y otras cuestiones igual de trascendentes.
Dirigir una institución centenaria como el Círculo de Bellas Artes, ¿conlleva más satisfacciones que quebraderos de cabeza?
Sin duda, conlleva muchísimas más satisfacciones. Esta institución cultural de casi 150 años —aunque el edificio cumple cien justamente en 2026—, es una auténtica maravilla. Dirigirla es un privilegio por muchísimos motivos: por la historia tan importante que tiene, por el equipo extraordinario que lo conforma, setenta personas con inmensa vocación, entregadas, entusiastas, inteligentes, y también por el carácter multidisciplinar de la institución. Poder programar en todas las áreas, desde cine, exposiciones, música, la editorial, la radio, los ciclos de ciencia, de humanidades, la escuela de artistas… todo ello es un privilegio increíble.
Además, se añade algo importantísimo, el hecho de que sea una institución libre, la única gran institución cultural de España absolutamente independiente; porque no es pública, no depende de ninguna administración, y siendo privada, sin ánimo de lucro, no depende de un banco, ni de una aseguradora, ni de una gran empresa, y esa independencia es muy importante, sobre todo en esta época que estamos atravesando.
En los seis años que lleva dirigiendo la institución, entre otros logros, ha conseguido rejuvenecer la media de edad del público que acude al Círculo, apostando por dar voz a generaciones más jóvenes. También ha extendido el ámbito de influencia más allá de Madrid, impulsando colaboraciones con la Filmoteca de Barcelona o el Alcázar de Sevilla. ¿Qué papel cumple y cuál habría de cumplir la cultura en nuestra sociedad?
La cultura debe jugar un papel crucial, es indispensable para cuestionar las certezas que aceptamos de manera acrítica, de manera dogmática. Vivimos en un tiempo de certezas que no siempre llevan aparejada la verdad. Como me he dedicado toda la vida a estudiar a Hegel, me resulta muy útil esa visión suya de que el gran problema de la filosofía son las relaciones entre certeza y verdad. Estamos convencidos de lo que decimos, pero muchas veces hay poca verdad en lo que creemos, en lo que afirmamos. La cultura tiene que desestabilizar esas creencias no suficientemente reflexionadas, cuestionarlas, problematizarlas, enriquecerlas, negarlas. Por eso la cultura muchas veces es incómoda. Es incómoda para el poder y es incómoda también para casi todos nosotros, que vivimos instalados en certezas absolutas que no lo son. La cultura está para construir otras verdades entre todos, siguiendo las enseñanzas de Heráclito de que solo entre todos decimos verdades.
«La cultura es indispensable para cuestionar las certezas que aceptamos de manera acrítica»
¿Cabe hablar de alta y baja cultura? Dicho de otro modo, ¿hay matices entre Rosalía y Jordi Savall o entre María Zambrano y Corín Tellado?
Creo que la distinción entre alta y baja cultura no es pertinente. Al menos a mí no me interesa mucho intelectualmente. Sí que me interesa la distinción entre cultura y entretenimiento. La cultura, de nuevo, juega un papel muy importante porque la verdadera cultura es transformadora. Transformadora de la realidad. Debe proponernos otros modelos de realidad, otras maneras de mirar el mundo y también es transformadora de las personas. Una exposición, un libro, una serie, una película puede cambiar nuestra vida, puede marcarnos para siempre. El entretenimiento no. El entretenimiento no sigue esa máxima de Bertolt Brecht de que es el arte no es un espejo para reflejar el mundo sino un martillo para darle forma. Para mí eso es la cultura, lo que transforma la realidad de las personas. En cambio, muchas veces, el entretenimiento, que por supuesto cumple una función esencial en nuestras vidas, más bien es un elemento de distracción, de diversión, muy legítimo, pero yo marcaría ahí la diferencia entre cultura y entretenimiento.
¿Cuáles son los proyectos más inmediatos para el Círculo, además del aniversario de la Generación del 27?
Para nosotros, el centenario del edificio es muy importante. Este año vamos a celebrarlo con dos grandes exposiciones, con un gran concierto, una gran jornada de puertas abiertas y muchos elementos de nuestra programación que estarán orientados hacia el pasado, pero sin nostalgia. Por eso hemos titulado una de las principales líneas temáticas de esta temporada «Los futuros y el pasado». Queremos buscar en el pasado, ante todo en el nuestro, en nuestra institución, pero en general la historia, posibilidades de repensar y proyectar nuestro futuro, posibilidades emancipatorias, caminos no tomados, voces silenciadas. Ese es el acceso al pasado que nos interesa, como digo, absolutamente ajeno a toda nostalgia.
Al margen de esto, para dar ya un titular periodístico, nuestra temporada 26-27, la que empieza en septiembre del 26, girará alrededor del concepto de ilusión. Un concepto polisémico muy importante para entender lo que es el arte, lo que es la cultura. Muchas veces el arte y la cultura tienen algo de engaño, pero también de engaño ilusionante. Pero el mayor proyecto de esta temporada, que como digo empieza en septiembre del 2026, será una gran exposición que haremos con el Centro Santa Mónica de Barcelona, que se llamará justamente «El asalto de la ilusión». Junto a él, la consolidación de los grandes proyectos ciudadanos, como son el Festival de las Ideas, que llegará a su tercera edición, o el Refugio Climático, que también llegará a la tercera edición.
Como europeísta convencido, ¿cree que la postura de Europa ante los conflictos de Israel, Ucrania y Venezuela la debilitan? ¿Está siendo tibia en estos asuntos?
Sí, estoy profundamente decepcionado por la posición de la Unión Europea. Soy marcadamente europeísta y creo en la verdad, en el lema que forjó la Unión Europea, que es unidos en la diversidad. No hay duda de que hoy en día en Europa hay mucha diversidad, eso es bueno. El pluralismo ideológico, aunque muchas de las posturas que estén llegando al poder personalmente no me gusten, es bueno, es sano y es fruto de lo que puede ocurrir en una democracia, pero lo que está faltando justamente es unión. Y también claridad en las posturas, no solo frente a los conflictos que has mencionado, sino también en grandes temas como la inteligencia artificial, las migraciones o la crisis climática. Si no se consigue esa unidad, Europa va a ser todavía más irrelevante, y por eso aspiro a que se puedan crear poderes comunes, europeos, fuertes, con líderes carismáticos que puedan volver a ilusionar a la ciudadanía europea alrededor de un proyecto que sigue siendo muy necesario, como es el de la Unión Europea.
«Aspiro a que se puedan crear poderes comunes, europeos, fuertes, con líderes carismáticos que puedan volver a ilusionar a la ciudadanía europea»
Como conocedor del pensamiento hegeliano, ¿cree que en estos momentos el idealismo tiene cabida frente al materialismo?
Estamos en un momento aparentemente muy materialista, muy apegado a lo consumible, a lo tangible, a lo calculable, a lo material. Eso es indiscutible. Pero si miramos la realidad con ojos idealistas, nos daremos cuenta de que es un momento también para ver la verdad del idealismo como corriente filosófica, que consiste básicamente en entender la realidad efectiva de las ideas. Las ideas tienen un enorme poder. Transforman las realidades.
Hoy en día vivimos en un momento de grandes polarizaciones políticas, donde las ideas políticas vuelven a cobrar fuerza en los discursos, en las discusiones, desde la mesa de Navidad con los cuñados, hasta las grandes discusiones geopolíticas. Por lo tanto, creo que uno de los principios del idealismo, el que las ideas transforman el mundo, tienen un poder muchísimo más grande que los objetos tangibles, visibles, materiales, pues está ahí. Pero en concreto, del idealismo hegeliano conviene rescatar un principio: la importancia de la relación, de las relaciones. Frente al sustancialismo aristotélico, que pone el acento, el énfasis en las cosas, en los objetos, en los sujetos, en los individuos, necesitamos otra manera de ver el mundo que entienda la importancia de la relación, de lo que está entre los sujetos, de lo que está entre los objetos. Relaciones que pueden ser de amor, de amistad, de poder, de injusticia, de exclusión. Esas relaciones no dejan de ser ideas, no dejan de ser algo intangible, tienen muchísima importancia y muchas veces son lo que constituye a los individuos. No son los individuos los que establecen relaciones entre ellos, sino que muchas veces son las relaciones las que van conformando a los individuos, transformándolos. Cualquiera que haya estado enamorado lo sabe, el amor transforma profundamente a las personas, igual que lo hace el odio. Por eso creo que volver a Hegel puede ser importante para darnos cuenta de que, si no cuidamos las relaciones, si no mejoramos el tipo de relaciones que establecemos con nuestro entorno, no vamos a poder transformar el mundo de manera eficaz.
¿Qué papel desempeña el azar en la vida?
El azar es un concepto clásico de la historia de la filosofía. En gran medida, el proyecto de la modernidad filosófica, en el que seguimos inmersos, sigue manteniendo bastante solidez (a pesar de que se hable mucho de posmodernidad, seguimos dominados por categorías). En este proyecto moderno, se intentó minimizar el azar, entendido como aquello imprevisible, incalculable, que irrumpe en nuestra vida sin que podamos predecirlo. Me refiero a la enfermedad, me refiero a las grandes catástrofes naturales, me refiero evidentemente a la muerte inesperada, incluso el mal, el mal no erradicado, el inesperado, incomprensible, es una forma de azar. Desde hace al menos cinco siglos, la ciencia, el pensamiento, la sociedad ha intentado minimizar ese componente de azar. Esos elementos que he citado, absolutamente incalculables, impredecibles, son destructivos, dan miedo. A mí me sigue emocionando, por ejemplo, el final de Fausto, de Goethe, cuando el protagonista ve la escena más increíble, más fascinante, según él, después de haber pasado por mil peripecias. Ve, dice, a un pueblo organizado, compacto, que une sus esfuerzos para ganarle tierra al mar, a través de diques, a través de la ingeniería, a través del comercio. Esta metáfora de ganarle tierra al mar, de ganar solidez, seguridad, frente a la imprevisibilidad, al azar, de la travesía marina, a mí me sigue pareciendo un proyecto válido. Por lo tanto, se puede decir que no soy particularmente amigo del azar o de la incertidumbre, y que aspiro a reducirla y a limitarla lo más posible.
«Si renunciamos de antemano a la posibilidad de llegar a acuerdos, el diálogo es inútil»
Para que el pensamiento crítico sea inspirador, ¿qué tesis, antítesis y síntesis tendríamos que aplicar a aquello sobre lo que reflexionamos?
Cuando se explica a Hegel, se utilizan estos conceptos (tesis, antítesis y síntesis), que él nunca empleó, los designó de otro modo, pero nos vienen muy bien para entender de lo que se trata. En realidad, se basa sobre un principio, y es que hay una profunda unidad que subyace a aquello que parece, a primera vista, opuesto, contrapuesto, separado. Incluso las opiniones, las formas políticas, las manifestaciones más antitéticas tienen un fondo compartido. Esto me parece fundamental en épocas de polarización, en las que parece que ya es imposible todo debate. Las redes sociales, pero también la jerga política, el clickbait periodístico, muchas veces impiden la confrontación racional, que persigue (o debería) llegar a puntos de consenso, de acuerdo, por más que sean mínimo.
Como Hegel, creo que en todo, incluso en las manifestaciones más opuestas, se puede buscar un núcleo unificador. Esto no significa buenismo alguno, ni renunciar a la bondad y a la potencia del conflicto y de la discusión, que son fundamentales. Pero si renunciamos de antemano a la posibilidad de llegar a acuerdos, el diálogo es inútil.
En el Círculo de Bellas Artes, con manifestaciones como el Festival de las Ideas, hemos intentado justamente deshacer esa lógica de la confrontación estéril, poniendo a dialogar a personas que opinan de manera muy distinta, pero que, con tiempo suficiente, con argumentos, con respeto, muchas veces llegan a determinados acuerdos, por más que sean frágiles, puntuales, efímeros. Quiero pensar que, aunque eso sea difícil, Hegel hablaba de miedo, del esfuerzo que eso supone, aunque sea arduo, es necesario.
En un momento como el nuestro, entreverado de estímulos, paparruchas (llámese fake news), verdades a medias, mentiras descaradas, inteligencia artificial, ¿hasta qué punto es posible la autoconciencia?
Es muy difícil porque estamos absolutamente volcados en las cosas, con tres actitudes fundamentales, con el entendimiento para conocerlas, la voluntad para desearlas y con la apetencia para consumirlas. El tipo de sociedad en la que estamos está diseñado para que nuestra relación sea de inmediatez, a través de estas tres manifestaciones, con las cosas. Estamos en las cosas, volcados en ellas.
Por eso es muy difícil ese movimiento de regreso, de vuelta al interior. De ahí que florezcan corrientes muchas veces mal interpretadas, como el estoicismo, que lo que pretenden es poner entre paréntesis el mundo externo y volver a una cierta interioridad. La autoayuda, el coaching, tienen una vida espléndida porque se necesita ayuda para volver a ese interior.
He propuesto como técnica, que no necesita de todos estos andamiajes, como técnica para lograr esa autoconciencia, el aburrimiento. Vivimos en una sociedad expresamente diseñada para evitarlo, para impedirlo. Los dispositivos tecnológicos, la economía de la atención, todos están diseñados para que sea imposible la experiencia de aburrirse y que cuando la percibamos sea tan intolerable, porque estamos tan poco acostumbrados a ella, que deseemos huir de ella inmediatamente.
Es necesario procurar y procurarse un cierto aburrimiento como estrategia para salir de esa exterioridad de las cosas y propiciar una cierta autoconciencia. Quizás haya más estrategias, pero volver a saber aburrirse me parece muy importante para reflexionar sobre nosotros mismos, quiénes somos, qué queremos ser.
«Volver a saber aburrirse me parece muy importante para reflexionar sobre nosotros mismos, quiénes somos, qué queremos ser»
Por cierto, si la IA dinamita el esfuerzo, concepto tan querido para Hegel, ¿qué perdemos si no nos esforzamos en cuestiones de educación, de conocimiento?
Es muy curioso porque se ha perdido por completo, como decía antes, la capacidad de esforzarse intelectualmente. Es curioso porque en cambio vivimos una vuelta de un esfuerzo físico, es decir, jamás como ahora los gimnasios han estado tan llenos, llenos de jóvenes, de mujeres que aceptan, abrazan el esfuerzo físico para tener un cuerpo más saludable o más deseable, en fin, el objetivo que tenga cada uno. Sin embargo, el esfuerzo intelectual es cada vez menos frecuente. El uso de la Inteligencia Artificial creo que será muy perjudicial para entrenar nuestra mente desde las tareas más básicas hasta las más complejas. En general, procuro no utilizarla, ni siquiera para las cosas mínimas o más burocráticas, porque me da pánico ese desentrenamiento de la mente. La dificultad del pensamiento es grande, pero reporta una alta satisfacción. Resolver un problema no tiene que ser únicamente teórico, sino práctico.
¿Qué hacer en este momento vital? ¿Cómo debería solucionar este problema, este malestar que uno tiene? Solucionar eso por uno mismo y lograrlo produce una satisfacción inmensa. Por eso, las personas que preguntan a la Inteligencia Artificial qué hacer o cómo solucionar un problema, no solo se están privando de ese esfuerzo, también de la increíble satisfacción intelectual que se tiene cuando se ha logrado resolver un problema.
La IA, al menos a día de hoy, no es en absoluto innovadora. Es lo contrario de la innovación. Y un mundo dominado por la IA será un mundo estancado, continuista, repetitivo, en el que las genuinas innovaciones, las creativas, las radicales, las transformadoras, no existirán. Eso me preocupa muchísimo porque creo que la IA puede ser un aliado de toda mentalidad conformista, conservadora, quietista y, por lo tanto, enemiga de la verdadera transformación social y personal.
«La dificultad del pensamiento es grande, pero reporta una alta satisfacción»
Tal y como está el mundo, ¿la libertad está cuestionada, herida, moribunda?
De nuevo aquí vemos la importancia de las ideas y de los conceptos: qué entendemos por libertad. La concepción liberal, y sobre todo neoliberal, de libertad, como independencia y como una cierta esfera personal atomista y desconectada de los demás, fue una idea muy importante en el pasado para proteger al individuo de abusos y, en ese sentido, sigue teniendo una enorme importancia. Pero cuando se lleva al extremo, es disgregadora de las relaciones, de las sociales, de las personales, de las que procuran comunidades. Una libertad entendida así, por lo tanto, es muy peligrosa, porque conduce al que considero es el mayor problema de nuestro tiempo: un atomismo y un individualismo exacerbados.
Me gusta mucho el concepto hegeliano de libertad. Hegel decía que libertad es ser sí mismo en otro, llegar a realizarse uno mismo, pero no de manera autónoma, egoísta, atomista, indiferente a la alteridad, sino justamente en el otro, gracias al otro, con el otro. Esa concepción de libertad, que necesariamente implica la colaboración, el diálogo, el apoyo mutuo, me parece muy importante hoy en día. Pero por desgracia es una concepción de libertad en franco retroceso y cada vez más prolifera esa noción, como digo, extremadamente egoísta que solo puede conducirnos a lugares terribles.
Vuelvo a Hegel, tan entusiasta del matiz, de la conciliación. ¿Es eso que llamamos polarización el gran obstáculo para la concordia?
Sí, pero la polarización de por sí no es mala. El propio Hegel decía con razón que las sociedades plurales, ricas en opiniones muy distintas, son las sociedades más vivas, las más sanas. Más que la polarización me preocupa, por ejemplo, la homogeneidad plana de un conformismo sin acentos, un gris en el que nada destaca, en el que nada se diferencia. Por lo tanto, la polarización de por sí no es mala.
El problema es cuando esa polarización es tal que imposibilita todo acuerdo, todo consenso, toda acción compartida y común. Eso no es tanto un problema de que las ideas sean muy radicales en un extremo o en otro, sino de en qué tableros, en qué mesas se encuentran o se pueden encontrar esas ideas. Las cámaras de eco de las redes sociales lo que hacen es reforzar esas ideas muy radicales sin dejarlas interactuar con las ideas opuestas. Ese es el verdadero problema. El, digamos, encapsulamiento reflexivo y autocomplaciente de cada idea consigo misma, sin abrirse a la alteridad. Por lo tanto, bienvenidas sean las discrepancias ideológicas, las distintas maneras de ver la sociedad, las distintas maneras de comprender el mundo, pero sólo si esas diversas opiniones tienen voluntad de escuchar, de entender la opinión distinta e incluso estar abiertas a la posibilidad de ser cambiadas o matizadas, sólo así pueden encontrar un punto de acuerdo con el otro.
Dígame un libro, una película y una canción que le sean imprescindibles…
¡Qué difícil! Estas preguntas siempre son complicadas, hay muchos libros, muchas películas, muchas canciones… A mí un libro que me transformó fue Las afinidades selectivas, de Goethe, porque es un libro no tanto sobre los personajes, sino sobre las relaciones que los personajes van estableciendo entre sí. O sea, el verdadero protagonista de ese libro son esas afinidades selectivas. Esas relaciones que Goethe en ese momento aspiraba a comprender incluso de manera científica, una ciencia muy distinta a la actual, pero me enseñó a ver el mundo igual que lo hizo Goethe.
Una película, muy transformadora para mí fue Barry Lyndon, de Kubrick, que he visto muchas veces, las últimas cuando hicimos la gran exposición sobre le director. Me fascina de esa película, como de La gran belleza, y en general del cine de Sorrentino, la lentitud, la entrega a un tiempo muy distinto al tiempo acelerado de nuestros días, ese cine deliberadamente lento, que te atrapa, te envuelve, te sumerge en la historia y en los personajes y que, además, tiene una banda sonora extraordinaria.
Y como canción, me viene a la cabeza algo muy popular, la cavatina de El barbero de Sevilla. Cuando era pequeño, mis padres mi colocaban delante de la televisión para ver óperas, y de esta el recuerdo que tengo es a mí mismo riéndome a carcajadas, sabiéndome el diálogo y las canciones; es un aria asociada al buen humor, a la juventud, a la despreocupación, con un tono de cierta burla y, aunque no es mi ópera favorita (pondría delante otras como La Traviata, Turandot o Las bodas de Fígaro, tiene un elemento cautivador, me pone de buen humor y hoy en día, con tanta tristeza y oscuridad, necesitamos un poquito de buen humor.
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