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Noelia Ramírez

«Para ser auténtica, tienes que poder permitírtelo»

Fotografía

Cecilia Díaz Betz
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08
julio
2026

Fotografía

Cecilia Díaz Betz

Noelia Ramírez (Esplugues de Llobregat, 1982) es periodista. Actualmente trabaja como redactora de cultura en ‘El País’ y es coautora del pódcast ‘Amiga date cuenta’ (Radio Primavera Sound). Acaba de publicar el ensayo ‘Nadie me esperaba aquí: apuntes sobre el desclasamiento’ (Anagrama, 2025), en el que analiza los sinuosos caminos a los que se enfrenta quien nace en una esfera social y acaba formando parte de otra, un viaje de ida y vuelta en el que no parece posible vislumbrar un término medio. De conversación lúcida y expansiva, hablamos sobre la vergüenza, la precariedad como impostura y la necesidad de encontrar un tercer lugar que nos permita salir de la dicotomía «pobre» y «rica».


Me gustaría empezar hablando de la vergüenza, un concepto que atraviesa tu libro. ¿Qué es lo que nos da vergüenza cuando somos unas desclasadas?

Tenemos una vergüenza heredada. Cuando hemos tenido padres obreros que nos han dicho «Estudiar para que no seas como yo», eso ya te da a entender que ese sitio del que provienes no es digno. Luego entiendes que no es así, y eres tú la que acabas teniendo que explicar a esas personas que está muy bien ser como ellos. Pero ahí nos inoculan esa idea, y cuando llegas a esas otras esferas que no son en las que te has criado o socializado, la vergüenza que sientes es por no tener todo ese capital heredado, tanto cultural como económico. Te da vergüenza no saber todas esas cosas, o no haber ido a determinados sitios. Y haces todo lo que puedes para disimularla, porque también está etiquetada como un mal sentimiento. Pero autoras como Sarah Ahmed han defendido que esa vergüenza te construye y te hace llegar hasta lo que eres, forma parte del proceso. Así que creo que, aunque es difícil y es un ciclo sin fin, no hay que avergonzarse de la vergüenza.

Esa vergüenza que luego aprendemos a usar como arma: dices que «las veces que me he sentido humillada por mi origen han servido para construirme. De esa herida han nacido mis mejores ideas». ¿Es posible una literatura de «venganza» de los orígenes, como señaló también Annie Ernaux?

Las columnas por las que he recibido más felicitaciones siempre han nacido de mosqueos por que alguien me haya señalado mi origen. La rabia es un sentimiento muy útil, y hay mucha gente que quiere separar particularmente a las mujeres de la rabia, porque nos quieren tomadas, tranquilas. Pero si esa rabia está bien afinada y apuntada, puede ser muy emancipadora y creadora. De ella nacen muy buenas ideas: si miras a la historia de la humanidad, la rabia es un catalizador para muchos progresos, por eso asusta tanto a la gente.

«La rabia, si está bien afinada, puede ser muy emancipadora y creadora»

Sin embargo, también adviertes de los peligros de que la herida opaque a la identidad, de ser reducida a tu papel de víctima.

En los últimos diez años hemos visto cómo las diferentes opresiones se han puesto sobre la mesa; ha habido debates muy interesantes sobre identificar a las personas oprimidas, reconducir cosas… La identidad colonial, el Me Too… Todas estas son voces que estaban siendo escuchadas por primera vez. Pero entonces llegó el capitalismo, y la identidad se convirtió en un valor de mercado, que hace que te reduzcas a tu herida, a que lo que te haya pasado sea lo que te defina. A mí eso me daba pavor, yo soy mucho más que la chica de barrio que llegó a ser periodista, y no quiero que me llamen solo para ser la voz del barrio, no quiero ser reducida a eso. Pero a la vez que luchas contra ello, contra esa reducción al papel de víctima, también da mucha rabia cuando ves a personas que cuentan cosas sin estar legitimadas para contarlo. Y dices: «Si no lo haces tú, ¿quién lo va a hacer?». Ahí también hay una contradicción y un choque de fuerzas.

Además, identificarse con la precariedad llega a adquirir un componente incluso moral: hablas de la «medida de virtud social frente al privilegio, que se considera algo inmoral». ¿Hay que hacer el check de la humildad para ver legitimado tu discurso?

El Nobel de Annie Ernaux fue una legitimación a las narrativas mal llamadas periféricas, porque en realidad son centrales, porque somos más. Entonces de repente ha tenido un aura cool esa experiencia de la gente de la periferia, que también viene de que todo lo del centro está tan podrido y homogeneizado que necesitábamos historias nuevas. Y no es que necesites ser de un lugar para poder hablar de él, ahí está la contradicción de la que hablaba; parece que si no has vivido algo no puedes contarlo. Pero también es cierto que hay mucho turista de la precariedad. Yo misma he hecho un camino y ya no soy precaria, trabajo en El País, tengo un contrato… Y aun así tengo que estar reivindicando que se me considere igual, porque uno de los problemas de que se te considere chica del barrio es que eso implica, por ejemplo, que no te van a ofrecer lo mismo económicamente que a otros. Por eso molesta mucho la gente que se queda vendiendo ese discurso, haciendo una épica de algo que ni siquiera pisa ya o que no ha pisado nunca. Con Verónica Raimo hablé de que, cuando Annie Ernaux ganó el Nobel, apareció una literatura de burguesitos que a lo mejor habían trabajado un día en un bar y ya decían que hacían literatura desde la precariedad. De todos modos, creo que eso es una tendencia que ya se está pasando. Estoy viendo un repliegue total, que el privilegio vuelve a ser restregado: desde la clean girl hasta lo aspiracional en Internet de la vacación de lujo, del yate…

El capital es solo económico, también es cultural. En ese aspecto, resaltas que el Internet abierto y la piratería te permitieron acceder a otros mundos. ¿Ha cambiado ese Internet de entonces, es ahora menos igualador?

A mí Internet me culturizó, yo soy hija de Internet. Soy feminista gracias a Internet, las grandes autoras de mi feminismo son blogueras de Internet que luego han podido acabar siendo periodistas. Pero hoy se me hace difícil defender Internet. Creo que tenemos que quitarnos la venda y asumir que ahora mismo hay un Internet de ricos y uno de pobres. El de pobres es el que se consume con las redes sociales, el de las personas que se han radicalizado políticamente hacia la derecha porque en Facebook, donde al principio te conectabas para ver fotos, ahora hay contenido que no pasa los filtros de los medios de comunicación y que habla de invasiones de inmigrantes, conspiraciones antivacunas y cosas así, contenido que las grandes plataformas les interesa que llegue. yo me informo como me gusta porque tengo mi jardín de Internet cultivado, pero ese jardín está vallado e implica un privilegio: el de saber dónde tengo que buscar la información, en qué puedo confiar o no y por qué tengo que pagar y por qué no. Porque, por otro lado, Internet se ha gentrificado mucho: o pagas o vives mal. Aunque tampoco podemos tener una mirada nostálgica de un Internet bueno, porque siempre ha habido partes chungas, ya no es un lugar donde ser utópicos, y está siendo duro ver los efectos de este Internet sobre todo en las mujeres, con lo relativo a sus cuerpos. Tenemos que darnos cuenta por qué tipo de Internet tenemos que pelear. Se ha empobrecido la experiencia virtual y eso es una forma de censura: cuanta más basura te ponen delante, más te están censurando lo que es realmente importante.

«La identidad se ha convertido en un valor de mercado»

Hablas también mucho de la idea de la autenticidad, de cómo se construye, especialmente para las mujeres, siempre según lo que esperan de ti como desclasada.

Me he dado cuenta de que, cuando alguien viene de orígenes humildes y trabajadores y consigue un estatus social o pasa a ser conocido, especialmente entre las mujeres, solo puede convertirse en dos cosas. O bien la tía de barrio descarada y con desparpajo que te viene a decir las verdades a la cara, que se explota un poquito sexualmente, que tiene calle, un poco como la chica de Jamón, jamón, o bien la chica que se ha integrado totalmente y que va a borrar sus orígenes para mostrarse como asimilada. No hay un espacio intermedio, y ahí la autenticidad es difícil de cultivar, porque parece que solo hay un binomio posible.

Y además es muy difícil ser auténtica cuando no tienes para pagar el alquiler.

Claro, cuando tú aspiras a pagarte el alquiler, la comida y poder encender el ventilador, haces lo que haga falta. Si te piden hacer un artículo en un tono preciso, lo haces; te conviertes en la más cumplidora, la que le soluciona la vida a todo el mundo porque quieres que te vuelvan a llamar. Si eres precaria, no te puedes permitir ser una persona con carácter ni decir que no a cosas. Y eso que, paradójicamente, decir que no a cosas inspira más respeto a los demás. La autenticidad está totalmente relacionada con el dinero y con lo material. Para ser auténtica, tienes que poder permitírtelo.

«Ahora mismo hay un Internet de ricos y uno de pobres»

También hay un privilegio en poder perder el tiempo y poder desaprovechar oportunidades. ¿Se exige más linealidad a las personas de orígenes humildes?

En el aspecto profesional, durante mucho tiempo no pude decir que no a nada. El primer contrato indefinido como periodista que me ofrecieron era en Madrid, y aunque tenía una pareja estable, me fui para allí, llorando porque no podía decir que no. Pero a lo mejor si hubiese tenido un colchón en casa, me hubiese podido quedar con mi pareja y haciendo mi vida. Siempre me han dado mucha envidia sana las personas que se han podido tomar un año sabático, quienes se han podido permitir hacer un parón y confiar en que les van a seguir llamando. Yo no he podido decir que no hasta pasados los 40 años. Es verdad que me da esperanza ver a la gente joven que puede separar el trabajo de la vida, porque siento que nos hemos dado cuenta de que no vamos a heredar la empresa, y está habiendo una generación que sabe poner límites. Pero también creo que es algo que siempre acaba pillando a la persona que más lo necesita, a quien no puede renunciar al sueldo, a quien puede permitirse tirarse un farol.

Volviendo a lo que hablábamos antes, recordaba la única salida para las desclasadas, que tú resumes en el binomio «o te exotizas o te asimilas». Hay algo cruel en que la única dicotomía posible sea convertir tus orígenes en tu identidad o en eliminarlos del todo y «que no se note». Una cosa casi de zoológico.

Sí, cuando accedes a determinados espacios de la alta cultura, entre comillas, muchas veces te sientes como una pantera en una prisión, con tu identidad ahí marcadita de la que no puedes salir. Las mujeres siempre están sometidas a un binomio, sea «virgen/puta», sea eso que se puso de moda hace un par de años de «brat/demure», la de barrio o la recatada, dos papeles que son casi bíblicos. Es muy cansado y hay que rebelarse contra ello.

«Si eres precaria, no te puedes permitir ser una persona con carácter»

Y, tras esa dicotomía, propones un tercer lugar, un umbral, en el que invitas a las personas que se sienten desclasadas a leerse.

Tiene que haber otra forma de contar las cosas para las que no estamos en el binomio. Las personas que hemos hecho el tránsito tenemos una mirada periférica, tenemos astucia y una perspicacia que otros no tienen, y eso está bien, pero tampoco me quiero quedar ahí, porque el barrio también puede ser muy problemático, por ejemplo, ahora mismo están calando muchos discursos xenófobos, homófobos… Y eso hay que señalarlo y contarlo. Pero el mundo cultural ya sabemos lo que es, un mundo en el que las élites están y todavía van a estar más, porque cada vez se está precarizando más el poder crear contenidos de la cultura. ¿Quién te va a contar la cultura, el que se puede permitir ganar poco o no cobrar un artículo y lo hace por capricho? ¿Qué mirada tiene esa persona? Las personas que estamos en medio tenemos que aprender a contar las cosas desde nuestra perspectiva y desde lo que hemos aprendido, sin olvidar los riesgos del privilegio pero sin romantizar en exceso de dónde venimos, y sin intentar adaptarnos al tono que creemos es el adecuado. Cuanto más escribes desde cómo tú lo ves y lo sientes más genuino resulta, más llega.

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