El mito de ser siempre uno mismo
La autenticidad suele presentarse como la fidelidad a un yo estable y ajeno a las expectativas de los demás. No obstante, nuestra identidad también se construye al cambiar, y por eso ser uno mismo implica responder por la persona en la que nos convertimos.
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Los consejos que mejor funcionan son los que no exigen ningún esfuerzo por nuestra parte. «Sé siempre tú mismo» es uno de los mejores ejemplos. Lo encontrarás en tazas de desayuno, material escolar, entrevistas de trabajo y hasta en posts de Instagram, bajo la foto de tu amigo aprendiendo a hacer surf en Santander. Una frase con la calidad filosófica de un imán de nevera.
¿A qué «yo mismo» se supone que se refiere? El yo que habla con una vecina no es el mismo yo que habla con su pareja. El yo en una boda, en terapia, en una primera cita o en la sala de espera de un hospital son criaturas radicalmente distintas. Se superponen, por supuesto, pues comparten recuerdos, valores, rencores y debilidad por las mismas canciones; pero son personas distintas, y menos mal. Una persona que es siempre «ella misma» (en el sentido más estricto) sería insoportable.
Podríamos estar de acuerdo, sin embargo, en que ser uno mismo ocupa un plano más existencial. Más que saber adaptarse al contexto, se refiere a que debemos dejar de fingir, de encogernos ante el miedo y de evitar convertirnos en una imitación tediosa de lo que se espera de una persona de nuestro perfil social. Y tiene sentido; al fin y al cabo, ¿quién querría vivir -la película de- su propia vida a través de un yo poco memorable? A esto se le suma que las personas buscamos claridad continuamente, sobre todo en lo que se refiere a «qué» somos y «para qué» somos. Por ello, se tiende a pensar que debe haber un yo verdadero, un gran protagonista de película que solamente aparece si se tiene un cierto grado de coherencia y continuidad. Ahora bien, esa idea de identidad como algo inmutable, aunque es seductora, raramente es respaldada por la teoría filosófica o psicológica.
El filósofo Paul Ricoeur afirmaba que el yo no es una sustancia fija que se mantenga idéntica desde la infancia hasta la vejez
El filósofo Paul Ricoeur temía que los humanos creyéramos que el yo es una sustancia fija que se mantiene idéntica desde la infancia hasta la vejez. Él escribió sobre dos tipos de identidad: el idem, que es aquello que permanece, como el ADN, algunos rasgos físicos o hábitos; y el ipse, que es aquella identidad que sigue siendo reconocible a través de sus cambios. Una persona puede cambiar de opiniones, deseos, trabajos, amistades o formas de comportarse sin dejar por ello de ser ella misma. De este modo, lo que sostiene su continuidad es la posibilidad de integrar esos cambios de personalidad en un relato y de responder por las decisiones tomadas. De ahí que Ricoeur hable de identidad narrativa. El humano experimenta el tiempo como una sucesión caótica de eventos, y, para no perderse en esa confusión, el sujeto crea un relato para unificar los fragmentos de su existencia. Esta idea sugiere, en resumidas cuentas, que la autenticidad es una historia que interpretamos mientras la vivimos, y cuya coherencia depende del poder dar cuenta, honestamente, de en qué nos hemos convertido.
La perspectiva opuesta sería declarar que la adaptación es falsedad, y por ende, cualquier situación merece una versión totalmente sin filtros de nosotros mismos. Eso sería confundir autenticidad con narcisismo, y esta confusión se manifiesta, de manera más evidente, en redes sociales. Por ellas circula un tipo de personaje que transforma la falta de filtro en una prueba de integridad: «yo siempre digo lo que pienso», «no estoy aquí para gustar a nadie. Si no te gusta como soy, no mires». La idea presenta la desaprobación ajena como el precio que alguien está dispuesto a pagar por mantenerse fiel a sí mismo. Sin embargo, cuando ese gesto se expone ante una audiencia, la renuncia a la aprobación se vuelve precisamente una estrategia para conseguirla. La persona pide reconocimiento por parecer transparente, e incluso escenifica su vulnerabilidad con una foto de su habitación desordenada o un vídeo sollozando. Nada de ello tiene por qué ser falso por definición. Una emoción puede ser real aunque se publique. El problema es que se está utilizando lo más frágil de la vida cotidiana como recurso de marca personal.
En redes, hay quien transforma la falta de filtro en una prueba de integridad
Dicho lo cual, la desmitificación del ser siempre uno mismo no aboga tampoco por el otro extremo. Cierta coherencia es indispensable, pues alguien que solo es amable cuando lo observan o valiente cuando lo recompensan ofrece razones para dudar de su integridad. Hay una gran diferencia entre adaptarse al contexto y transformarse en aquello que el contexto recompensa.
En definitiva, hay eslóganes de souvenir que pueden suscitar reflexiones de epistemología de la identidad. En este caso, se concluye que la uniformidad absoluta es un criterio deficiente para definir autenticidad, pues se tiende a confundir integridad con uniformidad. En segundo lugar, la flexibilidad total tampoco es la solución, dado que, sin cierta continuidad de valores y responsabilidad, la identidad se reduce al oportunismo. Y, además, es probable que las tazas digan «sé siempre tú mismo» porque nadie la compraría si pusiera «adáptate a tu contexto de forma responsable, ten una narrativa personal inteligible y sé coherente con tus valores sin obsesionarte con el estilo».
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