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Mirta Ojito

«Las historias de inmigración son la historia de la vida»

Fotografía original

Planeta de Libros
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31
agosto
2026

Fotografía original

Planeta de Libros

Mirta Ojito fue una de mis profesoras de periodismo en la Universidad de Columbia, en Nueva York, en la primavera de 2006. Siempre recordaré aquella frase de «soy votante independiente», con la que nos quiso transmitir la importancia de distanciar el periodismo del poder político y preservar la neutralidad e independencia de los periodistas. Algo especialmente difícil en su caso, porque emigró de Cuba huyendo del comunismo. Lo que más valoré de Mirta fue su capacidad de enseñar el oficio desde la vocación pública, la curiosidad, la atención al detalle y el amor a la palabra. Su clase se llamaba ‘Immigrant America’. Su ensayo ‘Finding Mañana’ relata su salida de Cuba con sus padres, a los 16 años, rumbo a Miami. Más tarde trabajó para el Miami Herald y The New York Times, donde su equipo ganó el Premio Pulitzer en 2001. Ahora publica su primera novela, ‘La memoria de las olas’, una historia que conecta España, Cuba y Estados Unidos; el periodismo, el amor, los secretos y traumas familiares, la identidad y, sobre todo, la libertad.


Has explicado que escribirla fue un viaje personal y el último regalo de tu madre. ¿Qué esperas que aporte a tus lectores?

Primero que nada, entretenimiento bueno, porque leer es de los mejores entretenimientos que tenemos. Es una forma de escapar de la realidad, pero escapar aprendiendo algo. No escribo necesariamente con el ánimo de enseñar, pero, si aprenden algo, me parece maravilloso. Me gusta leer cosas que me entretengan y que me dejen algo. Entre las cosas que pueden quedar está la relación entre Cuba y España, la emigración de España hacia las Américas y, sobre todo, una mirada muy aguda a las mujeres, a su vida y a ese trabajo que no tiene fin. Además de ser las narradoras de las historias familiares, somos muchas veces las que llevamos el peso de la familia. Por mucha «ayuda» que recibamos, casi siempre es ayuda, no agencia desde el comienzo del proyecto.

La novela se enfoca en varias mujeres de principios del siglo XX, en una Canarias y una Cuba rurales y empobrecidas, y en cómo, a pesar de las dificultades, lograban inyectar alegría en sus vidas, seguir adelante y criar a sus hijos. Es mi manera de honrar a esas mujeres, entre ellas mi madre y mi abuela, Catalina Quintana. De hecho, la protagonista se llama como mi abuela.

¿Por qué fue un regalo de tu madre?

Yo crecí con las historias de mi mamá sobre su vida en Cuba. Hacia el final de su vida, específicamente durante sus últimos seis meses, casi como si supiera que iba a morir, me volvió a contar los mismos cuentos e incluso agregó algunos nuevos. Ella sabía que yo estaba trabajando en este libro y que una de las protagonistas se llamaba Catalina, pero no sabía cuánto iba a incorporar de la vida de mi abuela. Me pregunté: «¿Por qué me está contando estas cosas mi madre?». Como periodista al fin, empecé a grabarla con el teléfono sin que se diera cuenta. Poco a poco, el personaje de Catalina, que al principio era solo un nombre, empezó a unirse a la Catalina real. La segunda parte del libro es, en gran parte, la historia de mi abuela.

¿Tu madre llegó a leerlo?

No. Yo lo escribía en inglés y ella hubiese tenido que esperar a esta traducción maravillosa, La memoria de las olas. Murió en 2021. Pero sabía de qué iba el libro e incluso, días antes de que muriera, le conté cómo terminaba. Mi mamá era una gran lectora. Compartíamos libros y creo que yo soy lectora por ella. No logró leerlo y es una de mis grandes tristezas.

«Las novelas se nutren de nuestras experiencias»

¿Dónde terminan los hechos y comienza la ficción? ¿Cómo ha sido tratar desde la novela la inmigración, un fenómeno que llevas décadas cubriendo como periodista?

El libro surgió porque hace 20 años encontré en una tiendita de Cayo Hueso El misterio del Valbanera, de Fernando José García Echegoyen, un experto en naufragios. El Valbanera salió de España en agosto de 1919 con unas 1.200 personas, la mayoría inmigrantes hacia las Américas. Debía parar en Puerto Rico, Cuba, Luisiana y Texas. Hizo las primeras paradas, pero, camino a La Habana, se encontró con un terrible huracán. Cuando localizaron el barco, estaba hundido cerca de Cayo Hueso y no encontraron ningún cuerpo. Se cree que murieron 488 personas, aunque es imposible saber el número exacto. Se le conoce como el Titanic de los pobres. Yo llevaba muchos años cubriendo migración y pensé: «¿Cómo es que yo no sé de esto?». Al principio creí que escribiría otro libro basado en hechos, muy reportado, como mis libros anteriores. Pero esa historia ya la había contado García Echegoyen.

Entonces me vino la idea de hacer una novela. Vi a una mujer con un vestido malva, el pelo largo, rizado y rojo, corriendo por los pasillos de un barco buscando a su bebé. Supe inmediatamente que se llamaría Catalina Quintana, como mi abuela. Guardé la imagen, pero la historia no se me iba. Hasta que por fin me decidí a escribirla. ¿Qué es cierto y qué no? «Todo es cierto y nada es cierto». Las novelas se nutren de nuestras experiencias. Lo del Valbanera es cierto y lo traté con muchísimo respeto, sin cambiar lo que encontré en los registros. También muchas de las historias de mi madre, sobre todo en la segunda parte, están basadas en la vida de mi abuela.

«Yo no escribo, ni siquiera en el periodismo, con la idea de cambiar opiniones»

¿Puede la emoción de una novela ayudar a humanizar la inmigración y contrarrestar la caracterización de los inmigrantes como una invasión?

Yo no escribo, ni siquiera en el periodismo, con la idea de cambiar opiniones o eliminar clichés. Pero sí con la intención de que se conozca más sobre un tema. Mientras más conoce uno y mejor educado está, mejores argumentos tiene para sostener cualquier punto de vista político. En la inmigración siempre está el push and pull: qué condiciones te impulsan a irte de un lugar y qué te atrae hacia otro. Te quieres ir por una razón, pero también hay algo a lo que aspiras.

Saber esas historias es importante. A mí me parece fundamental humanizar todas las historias. Cuando enseñaba, pedía a mis estudiantes que escribieran con honestidad a qué le tenían miedo, qué no querrían reportar y con quién no se sentarían a hablar: personas sin hogar, militares, dueños de armas, personas de otras etnias o muy enfermas. Después les pedía que eligieran tres de esas situaciones e hicieran tres entrevistas. No tienes idea de cómo regresaban: cambiados, incluso con amigos nuevos. Conocer al otro desde la más profunda curiosidad y empatía es lo que nos permite entender y forjar una opinión con matices, que, a mi manera de ver, son las mejores opiniones.

¿Cómo se refleja esa mirada en la novela?

La novela está escrita en dos voces y dos tiempos. Una historia transcurre hace cien años en las Islas Canarias, en una familia que cría gusanos de seda. La hija mayor se enamora de un vecino, pero su familia se opone a la relación. Cien años después, Mara Denis, una periodista que vive en Santander, recibe el encargo de ir a Canarias para cubrir la llegada de inmigrantes africanos. Su madre, que vive en Miami, le pide que busque el certificado de nacimiento de su abuela canaria para solicitar la ciudadanía española. Mara también salió de Cuba en un barco, como yo, y esa separación de su isla es el gran trauma de su vida. Cubre migración, tiene que informar sobre el naufragio de una familia africana y busca las huellas de su bisabuela Catalina, que emigró a Cuba y murió en el Valbanera.

Para mí, las historias de inmigración son la historia de la vida. Yo no sé separar la vida de la inmigración. Hay gente muy dichosa que nace y muere en el mismo pueblo, posiblemente en la misma casa. Esa no es mi historia ni la de gran parte de la humanidad. El profesor José Moya dijo una vez algo que está en el libro: «La inmigración era más antigua que la palabra». Antes de que los seres humanos pudieran comunicarse ya se movían de un lugar a otro. El movimiento está en nuestro ADN.

La retórica y las acciones contra los inmigrantes tampoco son nuevas. Mi segundo libro, La cacería, trata de los crímenes de odio contra inmigrantes en Estados Unidos. Cuando hay problemas económicos, la reacción contra ellos aumenta; cuando vivimos mejores momentos, disminuye. Pero el sentimiento siempre está ahí.

¿Por qué tanta presencia de España y por qué Santander?

Yo he vivido mucho en Santander. Para mí es la mejor ciudad del mundo, sin ofender a nadie: la combinación de todo lo perfecto, de todo lo que me gusta, en las proporciones adecuadas. Estaba casada con Arturo Villar, un cubano nacido en Santander y uno de los regalos que me dejó, además de nuestros tres hijos, fue España. Desde 1998 pasábamos los veranos en Cantabria y Asturias. Mis hijos crecieron entre Nueva York y España. Santander es una ciudad entrañable para mí. Cuando tuve la oportunidad de contar una historia que surge en España, porque el barco salió de España, tenía que poner allí a mi personaje. No había otra manera.

«Los exiliados siempre necesitamos nacionalidad en algún lugar»

¿Qué da derecho a una nacionalidad?

La nacionalidad te da derecho a sentirte legalmente —no necesariamente afectivamente— parte de un lugar. Te sientes con derechos. Para personas como yo, que hemos vivido un tiempo sin nacionalidad, los exiliados siempre necesitamos nacionalidad en algún lugar.

Obtuve la estadounidense en 1989. Pero entre 1980 y 1989 era residente en Estados Unidos y nada más. Sí, era nacional cubana, pero no podía volver a mi país. Yo soy exiliada. Salí por razones políticas y, de cierta manera, también fuimos expulsados. A quienes salimos por el Mariel el Gobierno cubano instó a la gente a gritarnos: «Que se vayan». Hubo actos de repudio y violencia, casi una guerra interna, cubano contra cubano. «La manera en que sales no se te puede olvidar».

Por el Mariel salimos más de 125.000 personas entre abril y septiembre de 1980. Regresé a Cuba en 1998 como reportera de The New York Times y lo hubiese vuelto a hacer como periodista, pero no regresé más. Es una relación complicada que me deja sin país. Por eso agradezco la ciudadanía del lugar donde vivo.

¿Qué papel aceptarías para la inteligencia artificial en el proceso de escritura?

He utilizado ChatGPT para buscar información o planear viajes, muchas veces por vagancia. A lo mejor te ahorra dos o tres minutos. Pero en el proceso de escritura no me lo puedo imaginar. Cuando escribes no ficción estás atado a los hechos. Si dices que esa noche brillaba la luna, tienes que comprobar que había luna y saber si era llena o menguante. Si digo que las olas me cubrían, debo averiguar cómo estaban realmente las olas en el golfo de México el 11 de mayo de 1980. Ese es otro gozo, el de la investigación.

Pero escribir una novela fue la capacidad de inventar y dejarme llevar. A lo mejor tienes una cosa en mente y, escribiendo, haces otra; te metes por un camino y después sales de él. Yo no me puedo imaginar entregarle eso a un robot. Es lo más divertido. Escribir es mucho trabajo, un proceso difícil y largo, y para la mayoría no supone una ganancia económica. Todo vale la pena porque la pasas tan bien escribiendo. Me imagino que habrá libros creados por inteligencia artificial y que, mientras se diga con transparencia, habrá quien los lea. Pero uno como escritor, no me lo puedo imaginar.

¿Puede la IA sustituir un libro de no ficción?

Lo que hace un buen libro de no ficción es hilvanar los hechos de una manera que solo puede hacer ese escritor en particular. Cualquiera puede escribir sobre el Mariel porque los hechos están ahí, pero solamente yo puedo escribir desde mi perspectiva como persona que vino en el Mariel y desde mis experiencias vitales. En la inteligencia artificial puedes buscarlo todo. Si te satisface saber dos, tres o cinco cosas, perfecto. Pero una experiencia de lectura no es lo mismo que adquirir conocimiento. Un escritor puede hilvanar los hechos en una narrativa no solo coherente, sino elegante.

«Los periodistas vivimos las crisis como todos los demás y, después, tenemos que encontrar el tiempo y la energía para contarlas bien»

¿Cómo encontraste el tiempo para escribir la novela?

Tengo un trabajo a tiempo completo en periodismo. Escribir por la mañana no es posible y por la noche llego cansada. Me gustaría decir que tengo un hábito maravilloso, pero no. Tengo que volver a él, probablemente los fines de semana. En julio de 2021 me propuse escribir mil palabras diarias y no me levantaba de la silla hasta terminarlas. Escribí 33.000 palabras en un mes. Después escribía un poco cuando podía, por la mañana o por la noche; a veces me acostaba a las dos. Finalmente obtuve una residencia de dos semanas en New Hampshire, con una habitación y un escritorio, y allí terminé el libro. Para quien quiera escribir, ponerse como meta 500 palabras diarias es fundamental. En cinco meses tienes unas 60.000. Y si tienes un trabajo, pero también una historia que contar, vas a encontrar el tiempo. Yo ya tengo unas 15.000 palabras de una nueva historia.

La memoria de las olas empezó como una idea en 2006. Escribí las primeras páginas en 2015 y le di otro impulso en 2019. Durante la pandemia, en cambio, tuve una especie de parálisis. Trabajábamos muchísimo: no solo fue la pandemia, también el año de George Floyd y las protestas. Los periodistas vivimos las crisis como todos los demás y, después, tenemos que encontrar el tiempo y la energía para contarlas bien. Es complicado, pero «no hay nada más hermoso en la profesión».

Ahora trabajas en el equipo de Standards de NBC. ¿Cuál es su función?

Velamos para que todo nuestro trabajo —las historias, las redes, la pantalla, el streaming— cumpla con los estándares más altos del periodismo. Revisamos lo que escriben otros, orientamos antes de que se escriba una historia, recordamos las reglas del oficio y nos aseguramos de que las piezas sean justas, equilibradas y contengan las voces necesarias. Tenemos mucho cuidado con las fuentes anónimas.

La figura del editor tradicional ha disminuido. Standards combina al editor que orientaba antes de escribir con el que revisaba al final, y añade otras funciones: formar a los empleados, establecer políticas para las redes sociales y responder a una comunicación mucho más rápida. Si un evento ocurre a las diez, a las diez y media ya tiene que haber algo publicado. Eso exige estar siempre delante de la historia.

¿Es más difícil preservar los estándares en un contexto de desinformación, polarización e inmediatez?

Tenemos más trabajo que nunca. Hay que hacer mucho fact-checking: ¿lo que nos dicen es verdad, mentira, mitad verdad o un rumor? Y después está la inteligencia artificial: las fotos y las imágenes son cada vez más sofisticadas. Cuando tenemos un programa para detectar una imagen falsa, quienes las fabrican ya han inventado algo más avanzado. La tecnología siempre tiene que hacer catch-up. En NBC tenemos un equipo dedicado a verificar imágenes. Se fijan en el ángulo de la luz, las matrículas, la geografía, la historia e incluso el clima. Hacen un trabajo que para mí es magia. Nuestro trabajo cada vez es más difícil, más complejo y más necesario.

Para terminar, ¿qué libros recomendarías?

Estoy terminando Whistler, de Ann Patchett. Es un libro aparentemente sencillo y muy tierno; para mí es «escapar con inteligencia». También me gustó mucho An Unnecessary Woman y recomiendo Crossing to Safety, de Wallace Stegner.

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