Gabriel Alonso-Carro y García-Crespo
«La necesidad de una autoridad mundial, con poder de coacción y sancionador, es una urgencia en un mundo interdependiente»
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Conversamos con Gabriel Alonso-Carro y García-Crespo, doctor en Filosofía por la UCM y Diplomado/Magister en Estudios Internacionales (Escuela Diplomática-UCM). Ha sido profesor en diversas universidades y Jefe de Estudios de la Escuela Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación desde 2006 a 2016. Acaba de publicar ‘Globalizar la solidaridad’ donde sugiere una forma de pensar la globalización y las relaciones internacionales desde la solidaridad, la ética y la dignidad humana, frente a abordajes meramente realistas o utilitaristas, y repensar la actividad empresarial desde un enfoque más humanista, donde la dignidad de la persona y la responsabilidad moral compartida sean la base de una gobernanza sostenible.
Mientras hablamos de ética, ante nuestros ojos vemos comportamientos impulsados por lideres internacionales que vulneran los principios y valores más básicos en relación a los cuales parecía haberse llegado a un consenso tras las dos guerras mundiales. ¿Podemos estar viviendo hoy una regresión ética? ¿Qué explicación tiene para ti?
Lamentablemente, es cierto lo que mencionas. Sin embargo, yo distinguiría entre las actuaciones de los hiperliderazgos políticos y la postura de la comunidad internacional global, las sociedades civiles y los ciudadanos particulares. Hay momentos de la historia en los que confluyen grandes líderes: tenemos relativamente reciente la generación de los grandes dirigentes que derribaron el Muro de Berlín y gestionaron la etapa posterior a la URSS (Walesa, Havel, Reagan, Gorbachov, Kohl, Juan Pablo II).
En otros momentos, como en el actual, la carencia de ellos es llamativa. No creo que obedezca a las mismas causas en cada zona geográfica. Pensemos que Putin lleva décadas en el poder, que coincidió con otra gran política como fue Merkel, lo mismo que Donald Trump que coincidió con los anteriores en su primer mandato. Los liderazgos mutan, al mismo tiempo que las sociedades, y es algo impredecible y multicausal.
En Rusia, la confrontación con Occidente ha atrapado a Ucrania en una guerra como víctima; en Estados Unidos, el segundo mandato de Trump está condicionado por el rechazo interno a políticas muy ideologizadas y la querencia de nuevo al aislacionismo; en Oriente Medio el nuevo ciclo bélico fue producido por el terrorífico ataque del siete de octubre; y así suma y sigue.
Quizá el trauma posterior a las dos grandes guerras mundiales se ha ido diluyendo y, junto con la aparición de un nuevo actor –China–, los ánimos se han ido exacerbando peligrosamente. Pero es importante decir que esto no es todo, también hay iniciativas en marcha que pueden sumar como esfuerzos por la paz y una mayor ética internacional. A pesar de su brutalidad, se ha conseguido detener la guerra en Gaza con un plan que esperemos tenga éxito; hay tímidos pasos de acuerdos en el Congo (tras casi treinta años de violencia inhumana); el ocho de agosto de este año se firmó un acuerdo de paz histórico entre Armenia y Azerbaiyán tras treinta y siete años de conflicto; algo parecido ha sucedido entre disputas fronterizas entre Tailandia y Camboya y se frenó el peligroso brote bélico entre la India y Pakistán.
No todo es negro o blanco y parte de estos logros son expresión de aspiraciones sinceras de paz y conciliación, a pesar de la dureza de muchas situaciones. En ello juega un papel importante el conjunto de la comunidad internacional, las sociedades civiles y los ciudadanos. Sin ese caldo de cultivo y ese trasfondo los líderes políticos no tendrían margen de maniobra o sería muy escaso. Y, a pesar de algunos líderes, estas instancias reclaman paz, mayor ética y solidaridad internacional. Puede haber cierta regresión moral en algunos políticos, e incluso en determinadas opiniones públicas, pero no representan el sentir mayoritario mundial.
En tu último libro Globalizar la solidaridad afirmas que existe un universalismo moral, sin embargo, lo que observamos cada día ¿no contradice ese aserto?
Decididamente, no. Una cuestión es la praxis política o militar sin respetar principio alguno, y otra que no existan valores éticos objetivos y absolutos a respetar. Precisamente son estos últimos los que mueven la conciencia internacional para denunciar, frenar o combatir determinadas situaciones inadmisibles. En el mundo actual, los Derechos Humanos, el mínimo moral a respetar, pueden ser conculcados de manera flagrante pero por ello se han articulado Cortes Penales Internacionales, Tribunales Internacionales, tipificado delitos de lesa humanidad, de genocidio, y exigido el respeto al ius in bellum, entre otros aspectos. Todo ello nos habla de valores universales a respetar por todos y ante los que la comunidad internacional interviene, en la medida de sus posibilidades, para preservarlos. Son acervo jurídico internacional pero surgen de una ética global compartida, no negociable.
¿Cuáles son los principales obstáculos entre las naciones que impiden un verdadero respeto a los derechos humanos tal y como han sido formulados por la Declaración Universal de las Naciones Unidas?
Exactamente los mismos que con los dirigentes que no los respetan. Precisamente, al no poder relativizarse su importancia, como ocurre en el derecho privado, la ignorancia o el no reconocimiento de la ley no excusa de su cumplimiento. Esto es, un país puede no reconocer los derechos básicos de sus ciudadanos o de los de otro país pero ello no exime de su cumplimiento y de afrontar las correspondientes responsabilidades.
Hasta la propia Carta fundacional de las Naciones Unidas, en su capítulo séptimo, reconoce el legítimo derecho del uso de la fuerza en determinados casos. Hay instrumentos de presión para obligar al cumplimiento del derecho internacional: sanciones, derecho a proteger (antes injerencia humanitaria), uso de la fuerza… Cuando los déficits estructurales de un organismo internacional bloquean su actuación, hay otras organizaciones internacionales que pueden tomar el relevo. Recuerdo, por ejemplo, el bloqueo de la ONU por el derecho a veto en el caso serbio contra los albano-kosovares y como tuvo que ser la OTAN la que actuara para frenar el genocidio (1999).
«La cooperación internacional al desarrollo ha sufrido una revisión profunda después de cerca de ocho décadas de bastante ineficacia»
También criticas el asistencialismo y propones el fortalecimiento institucional como vía de desarrollo. Podrías desarrollar esta idea.
La cooperación internacional al desarrollo ha sufrido una revisión profunda después de cerca de ocho décadas de bastante ineficacia. Sin la colaboración e implicación activa de los receptores de la ayuda, tan solo concebida como mera beneficencia bien intencionada en el mejor de los casos, la cooperación se demostró muy poco solvente y poco transparente. La ineficacia, la corrupción o el gasto en burocracia, entre otros aspectos, obligaron a una profunda reflexión que desembocó en la Declaración de París sobre la Eficacia de la Ayuda (2005).
Supuso un giro importante que cambió el enfoque, implicando conjuntamente a donantes y receptores, reforzando la transparencia y fortaleciendo las instituciones civiles y estatales que permitan un verdadero desarrollo. Demostrada la vinculación entre democratización y progreso económico y social, robustecer los pilares de un funcionamiento adecuado del Estado de Derecho y de la sociedad democrática beneficia la lucha contra la corrupción, la rendición de cuentas, la transparencia, el pleno desarrollo de las personas y sus libertades.
Desde tu experiencia académica y de jefe de estudios en la escuela diplomática, ¿qué mecanismos son realmente eficaces para implantar en las organizaciones, desde los gobiernos a las empresas, una verdadera cultura ética?
Estoy convencido de que hay que partir del convencimiento personal primero: de la firme creencia en la validez, la eficacia y la excelencia de la práctica de la virtud moral o de los valores éticos, como se prefiera nombrarlo. Posteriormente se añade el estudio, la reflexión y la formación que muestre desde parámetros humanistas cómo, efectivamente, la ética –a la larga– es «rentable» y mejora los ámbitos organizacionales en todos los sentidos: internamente, reputacionalmente y hasta en los resultados que persiga la organización. No se trata de voluntarismo o buenismo sino de calidad personal, institucional, calidad humana de la organización. No pasa desapercibida, al contrario, es garantía de éxito.
En el libro propugnas, retomando la idea expuesta entre otros muchos por Kant en La paz perpetua, una «república mundial», una «democracia cosmopolita» y un «Derecho global». ¿Sinceramente no crees que esa «república mundial» es una quimera? O si no lo es, ¿qué pasos realistas pueden dar los Estados para configurar esa república que solo sería eficaz si contase con un poder internacional con potestad sancionadora y de imponer su cumplimiento?
Es un viejo debate. En su formulación más actual se expresa en algo así como una federación de democracias que pudieran regirse, a su vez, por un entramado central de criterios también democráticos. Si nos fijamos, la actual UE es un ensayo de tal modelo: quizá le falte una elección y funcionamiento más democrático en Bruselas. Pero sin duda la Unión Europea es una muestra de hasta dónde se puede llegar partiendo de un sueño un tanto «utópico» como era pacificar la vieja Europa, engarzado durante muchos siglos en cruentas guerras.
La necesidad de una autoridad mundial, con poder de coacción y sancionador, es una urgencia en un mundo interdependiente y ya existe en germen con las Naciones Unidas, con todos sus muchos defectos y límites. Es un embrión a desarrollar pero si se ha podido formular en alguna medida puede que quepa esperar su perfeccionamiento, o implementar otra organización o sistema. La clave sería que estuviera integrada por verdaderas democracias, que hubiese un derecho internacional efectivo y eficaz, esto es, vinculante, y que su funcionamiento fuese respetuoso con los Estados de Derecho y los Derechos Humanos. A partir de ahí, y con los lógicos y necesarios contrapoderes, se podría erigir una autoridad mundial que no corriese el peligro de convertirse en un poder despótico.
Por otra parte, también mantienes que la globalización exige una nueva ética de la interdependencia. ¿Están las empresas preparadas para asumir esta interdependencia en un entorno tan competitivo como el actual?
Se habla actualmente de ciudadanía global también en el plano empresarial. En un proceso de cambio tan vasto y acelerado hay empresas más preparadas y otras menos pero del mismo modo que se habla de Responsabilidad Social Corporativa o en clave ESG, el modelo debiera desarrollarse progresivamente hacia una comprensión del papel de las empresas como ciudadanía corporativa global, con todo lo que ello implica. En ese sentido, se irán incorporando a una nueva conciencia del papel sectorial a desempeñar en un futuro humano global.
¿Cuáles son los principales retos éticos a los que se enfrentan las empresas hoy?
Ya hemos comentado algunos: la ciudadanía corporativa global, la cultura ética y de compliance, la implicación medioambiental, en sostenibilidad y buen gobierno…a lo que añadiría el equilibrio entre la integración de la IA y el trabajo humano. En España, la mayor facilidad para la conciliación familiar, la participación en la solución a las problemáticas sociales sin tener que perder por ello la propia identidad empresarial y la promoción y creación de empleo.
¿Cómo fortalecer el liderazgo ético de las personas que desempeñan funciones de gobierno en las organizaciones?
Creando una cultura empresarial alineada con valores éticos, que no sea un añadido postizo sino que vertebre el quehacer de la misma y signifique una seña de identidad para lo cual se tenga este criterio en cuenta en la selección de directivos. Por otro lado, como señalaba anteriormente, la necesaria formación, reflexión y evaluación para la más correcta y eficaz práctica en este sentido. Sin una identificación plena con el liderazgo ético, y una profundización y revisión adecuadas, puede quedarse todo en nada más que buenas intenciones.
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