José María Bermúdez de Castro
«En España se necesita mucha más inversión en disciplinas científicas»
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En 1994, en la sierra de Atapuerca, fueron descubiertos unos restos que cambiarían para siempre el arbusto evolutivo de nuestra especie. Tres años después y tras superar grandes dificultades –la mayoría dadas por la precariedad que vivía la ciencia española en esos años–, la revista ‘Science’ publicaría el hallazgo del ‘Homo antecessor’, un hecho que se encontró con la oposición de un gran número de expertos de la evolución humana. Pero poco a poco fue siendo cada vez más aceptado y casi nadie pone en duda, hoy en día, el que fue uno de los descubrimientos más importantes de la ciencia española. Una historia que cuentan en primera persona José María Bermúdez de Castro y Eudald Carbonell, dos de los máximos responsables de la gestión de ese yacimiento, en el libro ‘Homo antecessor’ (Crítica). Conversamos con el profesor Bermúdez de Castro.
¿Qué supuso el descubrimiento de Homo antecessor? ¿Qué pasó con el árbol evolutivo?
Desde 1964 (Homo habilis) no se había propuesto de manera formal ninguna especie del género Homo. Así que la publicación de 1997 en la revista Science tuvo una repercusión mediática importante. La comunidad científica acogió la noticia con interés, pero pienso que con poco entusiasmo. Entre otras cosas, la propuesta la hacía un equipo español y España apenas contaba en la prehistoria europea. La prehistoria se hacía en Alemania, Francia, Reino Unido… pero nosotros todavía éramos la periferia. ¿Eran realmente tan antiguos los restos de la nueva especie? ¿Había suficiente evidencia para proponer una nueva especie? Teníamos todas las evidencias a disposición de la comunidad científica, pero nadie las solicitó y nadie pidió ver los fósiles. Sin embargo, varios prehistoriadores confiaron plenamente en nosotros, como por ejemplo Wil Roebroeks, que nos invitó a presentar la especie en la Universidad de Leiden. El árbol evolutivo (yo prefiero arbusto, como la mayoría de mis colegas) tuvo necesariamente que ajustarse un poco para acomodar a la nueva especie. Dónde se colocaría era la cuestión más importante. Había varias posibilidades y pudimos leer artículos de colegas situándola donde les parecía mejor. No había consenso.
¿Qué importancia tiene un descubrimiento así a día de hoy?
Bueno, pienso que introducir una nueva especie en nuestra filogenia es muy complicado. Desde 1997 se ha intentado varias especies, pero ninguna fue propuesta cumpliendo los requisitos de las normas del Código de Nomenclatura Zoológica. Por ese motivo, y porque no tenían fácil cabida en nuestra filogenia, no fueron tomadas en cuenta. La excepción puede ser Homo georgicus, propuesta a partir de fósiles humanos del yacimiento de Dmanisi, en la República de Georgia, con una antigüedad de 1,7 millones de años. Fue publicada en una revista de escaso relieve y tampoco ha tenido demasiado eco. Pero cuando una especie humana se propone de manera formal y tiene un hueco razonable en nuestra filogenia, supone una novedad muy destacada en la evolución humana. En el siglo XXI, se han introducido algunas especies africanas de Australopithecus.
¿Qué sentiste cuando os encontrasteis con los restos?
Una enorme emoción y mucho vértigo. Sabíamos bien lo que habíamos encontrado. La antigüedad se conocía de antemano por los análisis de paleomagnetismo realizados en 1994, por lo que estábamos convencidos de que aquel hallazgo era muy importante. Así que enseguida llegó la responsabilidad de tener un material fósil de primer orden. Los rasgos anatómicos que veíamos eran diferentes a todo lo encontrado en Europa hasta entonces.
«La prehistoria española está ahora en un momento óptimo, con grandes hallazgos y publicaciones muy buenas»
Un descubrimiento que llegó en un momento en el que había poca credibilidad porque hipótesis anteriores no habían salido adelante. ¿Os costó que os creyeran?
Sí, por supuesto. No fue sencillo. Ya he comentado la situación de la prehistoria española. Éramos parte de la periferia del núcleo central, ubicado sobre todo en Francia y el Reino Unido. Quienes nos apoyaron pensaron que, en todo caso, podría tratarse de una especie próxima al ancestro común de neandertales y humanos modernos. Algunos no tomaron en serio la especie, que, según pareceres diversos, podría tratarse de unas ya nombradas, como Homo heidelbergensis y Homo erectus. Otros pensaron en Homo mauritanicus, sumando los restos de Gran Dolina a los del norte de África. Durante las dos últimas décadas me he dedicado a demostrar que los restos fósiles humanos de Gran Dolina no encajan en ninguna de esas especies. Poco a poco, Homo antecessor ha sido admitida en la familia humana.
Todo esto ocurrió en los años 90, en un momento muy primario para la ciencia española. ¿Cambió algo a partir de ese descubrimiento?
Por supuesto. La prehistoria española está ahora en un momento óptimo, con grandes hallazgos y publicaciones muy buenas. Podemos decir que hemos pasado a la vanguardia de esta disciplina científica. Solo nos falta tener revistas de prestigio. Un problema, no menor, es que la ciencia se escribe en inglés desde hace mucho tiempo. A pesar de que el castellano tiene a día de hoy 600 millones de hablantes en todo el planeta, la ciencia del siglo XX ha sido realizada fundamentalmente por científicos anglosajones o de origen anglosajón. Estados Unidos y el Reino Unido han tenido, en conjunto, un peso extraordinario en la ciencia del siglo pasado y el inglés (y las revistas en inglés) ha terminado por imponerse. Incluso en Alemania o Francia se redactan los artículos científicos en inglés para que puedan ser leídos y citados por profesionales de todo el mundo. China es una potencia económica, pero sus científicos también publican en inglés si quieren ser tenidos en cuenta. Ese tren se nos pasó, aunque hay que dar tiempo al tiempo y esperar al siguiente convoy.
«En comparación con países punteros, los salarios españoles [de investigación] no son competitivos»
Más allá de las revistas, ¿en qué situación se encuentra la ciencia española actualmente?
Si hablamos de todas las disciplinas científicas, yo diría que no estamos nada mal. Queda ese reto que comenté antes acerca de las revistas de prestigio. Pero se necesita mucha más inversión. En comparación con países punteros, los salarios españoles no son competitivos. Hace falta crear equipos numerosos, y que colaboren en ellos científicos de países distintos. Es lo que sucede, por ejemplo, en el Reino Unido. Allí trabajan codo con codo científicos de todo el mundo. Ese modelo ya está en España, pero hay que reforzarlo atrayendo talento. Y eso solo se consigue con inversión, procedente tanto del sector público como del sector privado.
¿Podrías explicar un poco el rol de la paleontología?
Bueno, la paleontología se ha considerado siempre como una disciplina interesante, pero no de primera línea. En particular, se ha buscado la vertiente más pragmática y relacionada con la búsqueda de recursos naturales. La paleontología humana se ha abierto camino gracias al interés que tenemos en nuestros orígenes. Sin embargo, los fósiles de muchos vertebrados (con la notable excepción de los dinosaurios) e invertebrados solo interesan a una parte minoritaria de la sociedad y se quedan en las universidades y en algunos centros de investigación.
El hallazgo que les supuso muchos problemas y se llevó a cabo en una situación muy precaria. ¿Podrías explicar cómo fue el trabajo de campo en esos años?
Todo era más complicado y había que tener mucho ingenio para suplir la falta de recursos. Quizá eso nos benefició a la postre. Con el ingenio despierto, mucho esfuerzo y más recursos, los equipos son imparables. Pienso que el equipo investigador de Atapuerca se ha forjado en la necesidad de demostrar todo. Así que no hay mal que por bien no venga. De nada vale quejarse. Hay que trabajar, trabajar y seguir trabajando, con toda la ilusión. Los resultados acaban llegando siempre. ¿Hemos tenido suerte? Sí, claro. Pero que la suerte te pille trabajando.
«El complejo de yacimientos del Pleistoceno de Atapuerca es ahora mismo el más importante de toda Eurasia»
El nombre, lejos de lo que pudiera parecer, no hace alusión a un antecesor nuestro, sino a su naturaleza exploradora. ¿Por qué fue nombrado así, cuáles son sus principales características y en qué años vivió?
Efectivamente, en latín, antecessor significa explorador o pionero. Las legiones romanas, en sus campañas de conquista del imperio, enviaban exploradores (antecessor) para conocer las fuerzas enemigas antes de lanzarse a una batalla. En 1994, los fósiles de Gran Dolina eran los más antiguos de Europa y pertenecían a una especie que, pensábamos, exploró por primera vez el continente europeo. Ahora ya sabemos que hubo al menos otra especie que llegó antes. Pero el nombre Homo antecessor ha quedado ya para la historia de nuestra disciplina y se cita cada vez más. En particular, la especie tomará nuevo impulso con los hallazgos que ya se están llevando a cabo en el nivel TD6 de Gran Dolina. Entre 2026 y 2027 pienso que van a recuperar un centenar de nuevos especímenes. No es una cifra exagerada y optimista. Se van a excavar 40 metros cuadrados. Yo lo veré ya desde mi casa, jubilado, pero expectante y esperanzado.
A día de hoy, Atapuerca tiene mucho renombre. ¿Podrías resumir en pocas palabras esa importancia?
Es muy difícil, pero lo intentaré. El complejo de yacimientos del Pleistoceno de Atapuerca es ahora mismo el más importante de toda Eurasia. Se puede considerar que Atapuerca forma parte de un selecto club de los diez lugares más relevantes del mundo para el estudio de la evolución humana. En particular, la prehistoria de Europa se está escribiendo –literalmente– en Atapuerca, donde se han defendido más de un centenar de tesis doctorales y se han publicado alrededor de mil artículos científicos. No me importa presumir de ello, porque ya solo formo parte del equipo a título honorífico.
¿Está cerrado el arbusto evolutivo con este descubrimiento?
La filogenia humana no está cerrada, ¡ni mucho menos! Faltan cientos de yacimientos por excavar en todo el mundo. Seguirá habiendo sorpresas. Y yo espero poder ver alguna más.
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