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Clint Eastwood, la ley y la justicia

No hay problema moral que el director estadounidense no haya tratado en su cine: desde la eutanasia hasta el perdón pasando por la fidelidad, el heroismo o la pena de muerte.

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15
julio
2026

No hay problema moral que Clint Eastwood no haya tratado en su cine: desde la eutanasia (Million Dollar Baby) hasta el perdón (The Mule), pasando por la fidelidad, el heroismo o la pena de muerte. Como ha señalado Victor Vazquez, quizás sea la culpa –y la posible redención– el nervio que une todas ellas. Pero en esta época de hombres fuertes que anteponen la eficacia a la ley, –y ahora que con 96 años ha anunciado su retirada definitiva– interesa tratar uno de los dilemas recurrentes en sus películas: el de la justicia frente a la ley.

El punto de partida ha de ser el icónico Harry Callahan de Dirty Harry, un policía que se pone al margen de la Ley para hacer justicia, con la violencia que haga falta, representada por el Magnum 44, su descomunal revolver. Esta película y sus cuatro secuelas plantean que los procedimientos y garantías legales pueden proteger a los criminales y consagra al duro y lacónico Harry como un héroe justiciero. Sin embargo, a ratos también aparecen los abismos a los que puede llevar la justicia privada (Magnum Force y Sudden Impact). El conflicto entre la Justicia y la Ley es un tema clásico desde la Antígona de Sófocles, y en concreto la venganza como remedio a la falta de justicia del sistema es, desde El Conde de Montecristo, un éxito seguro en la literatura y el cine. Pero en estas películas iniciales, que Eastwood interpreta y no dirige, aparecen zonas grises y dudas del propio vengador.

Será en las películas dirigidas por él donde desaparece la ambigüedad.

Este es el asunto central –aunque oculto– de Mystic River. La película es un thriller que parte del asesinato de una joven en un barrio obrero de Boston, pero por debajo del misterio tiene los elementos de una tragedia griega, protagonizada por tres amigos de la infancia. El destino más aciago es el de Dave (Tim Robbins), el niño del que unos criminales abusaron y que es ahora un hombre traumatizado. Los otros dos amigos son Sean (Kevin Bacon), el policía del barrio, y Jimmy (Sean Penn), padre de la víctima, un exconvicto que, a pesar de su vida de padre de familia, sigue siendo el «Don» del barrio. La tensión se plantea entre el deseo de venganza de Jimmy y la lentitud y dificultades de la investigación policial. Este dilema también llega a Sean y su compañero de patrulla, Whitey: este propone presionar a uno de los sospechosos para que confiese y Sean le dice que no, que van a seguir el rastro de la pistola y van a encontrar así al asesino. Sin embargo, Whitey sigue dando pasos al margen de la investigación oficial, y cada uno de ellos acerca a Jimmy a una venganza equivocada. Tras un interrogatorio en el que tortura al sospechoso hasta que confiesa falsamente, Jimmy asesina a un inocente.

La escena es el reflejo oscuro de otra de Harry el Sucio en la que tortura al criminal para hacerle confesar y salvar a una víctima. Al día siguiente, la investigación del arma homicida permite a los policías descubrir a los verdaderos asesinos. Quizás el momento más perturbador de la película es cuando Jimmy confiesa el crimen a su mujer. Ella no le condena: al contrario, le dice que ha hecho lo que tenía que hacer, defender a su familia. Concluye: «Todo el mundo es débil. Todos menos nosotros. Nunca seremos débiles. Tú eres un Rey». Dicho de otro modo, la venganza no es una cuestión de justicia, sino de poder: da igual matar a un inocente, lo que importa es no mostrar debilidad. Al mismo tiempo, el guión muestra que el precio del poder y la fuerza es un círculo de violencia ciega y dolor: el asesino es –casualmente– el hijo de una antigua víctima de Jimmy.

Esa misma corriente oscura lleva dentro Sin perdón, la historia de un pistolero que contratan para vengarse de una injusticia y que también revela que la violencia al margen de la ley lleva a la muerte indiscriminada y a la destrucción personal.

El círculo se cierra con Gran Torino. Eastwood, con 78 años, interpreta a Walt Kowalsky, un viudo huraño y racista, apartado de sus hijos –y de todos–. Solo su sentido moral –y su mal carácter– le lleva a defender a sus dos jóvenes vecinos vietnamitas frente a unos pandilleros, y del contacto con ellos nace el afecto. Veterano de la Guerra de Corea, comprende que al margen de la ley no va a poder proteger a sus nuevos amigos, y se sacrifica para que la ley sea la que los ampare.

No podemos dejar de ver en el Walt Kowalsky a un Harry Callahan viejo que, habiendo visto todo, sabe que la ley –con sus fallos y sus irritantes procedimientos–, es la única forma de ofrecer algo parecido a la justicia y la paz. Y que la redención es posible.


Segismundo Álvarez es Patrono de la Fundación Hay Derecho

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Nada me deprime más que un anciano que mide sus palabras y quiere quedar bien con todo el mundo.

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