Claudi Pérez
«Los bárbaros no están en la frontera, los llevamos en el bolsillo»
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¿Fue 2008 la crisis que lo cambió todo? Para el periodista Claudi Pérez, la respuesta es clara: sí, y sus heridas aún sangran. En su libro ‘Las invasiones bárbaras’, recién publicado por Debate, el corresponsal en Bruselas y director adjunto de El País repasa el primer cuarto del siglo XXI. A través de un híbrido entre el ensayo y la crónica, narra unos años de liderazgos erráticos, desigualdad creciente y sociedades que han idealizado un pasado. En conversación telefónica, el autor, nacido en Reus en 1972, desmonta mitos sobre la economía o la identidad europea, señala a los nuevos bárbaros y defiende que, aunque la foto final sea borrosa, aún no es negra.
El libro es un artefacto fragmentario, una mezcla de viajes, lecturas, películas y reflexiones. ¿Por qué esa apuesta formal?
Soy periodista, no soy un ensayista al uso, no soy un escritor. Un ensayista tiene una teoría del todo, muy comprensiva, capaz de explicar todas y cada una de las cosas que pasan. Le metes martillazos a la realidad con esa teoría. Yo no la tengo. Un periodista está acostumbrado a las mil palabras, a las 1.500. Pero 80.000 es un Everest. No sabía si iba a llegar. Entonces decidí hacer una cosa más fragmentaria, más periodística, tirando de mis viajes, de mis lecturas, de las pelis que me han gustado, de lo que se me ha ocurrido por el camino. Al final, los fragmentos son como teselas de un mosaico que, juntos, dejan una imagen de lo que quiero transmitir.
Uno de los ejes del libro es la crisis de 2008. Sostiene que fue «la crisis de nuestras vidas» y que sigue con nosotros. ¿Por qué?
Fue la crisis de nuestras vidas porque, de muchas maneras, sigue con nosotros. Pasó lo más duro, pasó la crisis del euro, pero la crisis dejó unas desigualdades y unos cabreos tan generales que eso nos sigue marcando. Hay una parte de los populismos que se explican por la Gran Recesión y las políticas que siguieron Estados Unidos y Europa, cada uno en su estilo. Obama rescató a los bancos y dejó a muchas familias en la estacada. Merkel nos calzó la austeridad expansiva y afloró el cabreo en todo el continente. Los liderazgos han fallado bastante, y es muy curioso porque donde no han fallado tanto es en China, donde los líderes no son elegidos. En Occidente, donde podemos cambiarlos, han fallado más.
«La crisis de 2008 sigue con nosotros porque nos dejó sus desigualdades»
Habla de Merkel como la gran estrella europea durante años. ¿Cree que su legado resistirá el paso del tiempo?
Merkel ha quedado muy tocada por la crisis, creo. Cuando todo el mundo perdía elecciones, ella las seguía ganando. Pero de todas las reformas que nos obligó a hacer, sin consenso, ella no hizo ninguna en su propio país. Su mantra era un neomercantilismo con la defensa de Estados Unidos, el petróleo barato de Rusia y vendiéndole coches a China. A ella le fue muy bien, pero su país ha entrado en barrena, en una crisis existencial. Ahora la ultraderecha en Alemania está en el 30% y en el 40% en algunos länder del este. Tengo mis dudas de que Merkel acabe quedando bien en la historia. Su legado palidece con respecto a lo que mucha gente pensaba.
¿Y qué pasa con otros líderes? ¿Todos esos que acaparaban portadas como grandes protagonistas han caído en desgracia o se les olvidará rápido, a pesar de todo?
Alan Greenspan, el expresidente de la Reserva Federal, era un tótem al que llamaban el maestro. La Gran Recesión se lo llevó por delante y él mismo tuvo que reconocer que el libreto se le había caído de las manos. Con Merkel pasa eso, con algunos presidentes españoles también. No sabemos bien qué cosas quedarán, ni cuáles quedarán bien en la historia. Es tan fenomenal el número de crisis que ha habido, y la agudeza de todo tipo, que es normal que los liderazgos acaben sufriendo. Pero también hay que decir que los países que funcionan de veras tienen sociedades muy activas, que son capaces de exigir y reclamar. Y eso a lo mejor nos ha faltado un poco: el empuje de abajo a arriba, no solo el de arriba abajo.
«Tengo mis dudas de que Merkel acabe quedando bien en la historia»
El título del libro, Las invasiones bárbaras, tiene una carga histórica y metafórica. ¿Quiénes son esos bárbaros hoy?
En la antigüedad, los bárbaros eran los de fuera. Pero aquí, en el libro, los bárbaros no están a las puertas, los llevamos en el bolsillo. En el teléfono móvil de última generación están los tecnomagnates que nos están ladrando a través de las redes sociales, que tienen el marco donde nos dicen de lo que hay que discutir y a veces nos inseminan ideas malvadas que acaban instalándose y provocando serios problemas. Creo que los bárbaros los tenemos dentro de nuestras propias democracias.
Sin embargo, no parece del todo pesimista. De hecho, desliza que la foto final es borrosa, pero no negra.
El catastrofismo creo que está un poco sacado de madre, porque somos las sociedades más ricas, más longevas, más saludables de la historia. Un niño clásico ahora, en un país occidental, vivirá cien años. Hay cosas formidables. También entiendo el pesimismo porque la calidad de los liderazgos y la profundidad de las crisis son brutales. Pero las democracias son animales resistentes. Cuando me dicen que esto termina mal, siempre pienso que esperen un poco. El primer Trump pasó. El segundo Trump pasará. Orbán ha estado 16 años cambiando la ley electoral, pero la gente acaba votando y a veces se lo lleva por delante. Las guerras son el lecho que crece en los populismos, pero luego las cosas mejoran. Hemos visto cambios en Brasil, en Hungría… Ya se van dando síntomas.
Pero ha surgido la nostalgia como un fenómeno político y social. ¿Por qué se idealiza tanto el pasado?
Me encanta la frase de Alfredo Reis: «Todo tiempo pasado fue anterior». Estamos desempolvando recuerdos, idealizando soluciones políticas que fueron para un tiempo que ya pasó. El problema es que esas cosas conectan muy fácil con el sentir de la sociedad, con lo que los alemanes llaman Zeitgeist. Yo creo que hay un exceso de romanticismo, y si tengo que echar de menos algo, es la Ilustración, no el Romanticismo. La nostalgia es una palabra muy romántica, en el peor de los sentidos. Prefiero la luz de la Ilustración a la nostalgia.
El libro también aborda el Brexit, el 15M, el procés, la pandemia… ¿Salimos mejor o peor de cada crisis?
Europa reacciona muy mal, pero acaba encontrando el buen camino después de equivocarse todas las veces. Del Brexit, que fue un bache en la trayectoria de Europa, salimos reforzados porque negociamos juntos. De la pandemia también, con los fondos Next Generation. En cambio, con las guerras, en Ucrania hemos estado mejor que en Gaza, donde el liderazgo de Bruselas se ha equivocado, con un enfoque muy alemán y poco europeo. De algunas crisis hemos salido mal parados y de otras no tanto. Por eso digo que la foto final es borrosa, pero no es negro azabache. Es un azul oscuro, como en aquella película.
«Europa reacciona muy mal, pero acaba encontrando el buen camino»
¿Y España? ¿Cómo encaja en este mapa de crisis y liderazgos?
España tiene muchos problemas, pero económicamente crece al 3%, el paro está en el 10% (en mínimos), trabajan casi 22 millones de personas, es un máximo histórico. El problema es que la oposición, sobre todo el Partido Popular, ha sido extensivamente dura en la pandemia y ha ayudado poco. Comparar el estado de derecho en España con el de Polonia o Turquía me parece un exceso. Ningún partido de oposición con posibilidad de gobernar hace ese tipo de cosas en Bruselas, pero el PP lo hace por norma. Dicho esto, algunas crisis las tratamos muy mal y otras no tan mal. La sociedad española tiene músculo, pero a veces le falta exigir más de arriba.
Llama la atención cómo parece un ensayo de economía, pero se convierte en algo personal y muy reciente, incluso contando episodios que pueden parecer olvidados.
El libro habla mucho de economía porque en los últimos 25 años ha habido muchas crisis económicas, pero también habla de migración, de vivienda, del procés, de periódicos, de jurisprudencia. Es un libro que intenta responder a las cosas que tenía en el estómago cuando me puse a escribir. Soy un periodista económico, pero mi carrera ha ido girando hacia la política y la política internacional. La economía es una caja negra difícil de explicar, y nuestro trabajo es traducir un mundo que es intraducible. Pero la paleta quiere ser más amplia. Quería contar mis obsesiones, y mis obsesiones van más allá de la economía. Si el lector se encuentra con algo más que números, habré cumplido.
¿Y qué amenazas, en resumen, observa en el futuro? Las derivas democráticas, la IA…
Cuando miro el mundo me preocupo, pero creo que las democracias serán una reliquia viva, una contradicción que tiene sentido porque cambian las hegemonías y permanecen. Veo incógnitas con la IA, y le pido a Europa que sea valiente y haga lo que ha hecho siempre: regular. Que no dependa tanto de la tecnología de EE. UU. y China porque, si no, los bárbaros nos van a pasar por encima. Que ponga normas para equilibrar el terreno de juego. Igual es mucho pedir.
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