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Arash Arjomandi y Rosa Rabbani

«No somos seres para la muerte, sino seres orientados a la trascendencia»

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20
abril
2026

Arash Arjomandi, filósofo y profesor en la UAB, y Rosa Rabbani, psicóloga, ambos de origen iraní pero con más de 40 años de residencia en España, acaban de publicar ‘¿Efímeros o inmortales?’ (RBA, 2026), un minucioso ensayo en el que se reivindica la dimensión espiritual del ser humano y su naturaleza transcendental. El texto rehúye de cualquier tratamiento acrítico y toda su fundamentación tiene una base racional que busca unir las dos tradiciones que están tan presentes en sus vidas: el cientifismo occidental y la espiritualidad oriental. No en vano, como ellos dicen, «Irán siempre ha sido bisagra entre oriente y occidente».


Ambos proceden de Irán, pero se han criado y formado en España con un pie en Oriente y otro en Occidente. ¿Cómo ha moldeado esta identidad su visión del mundo y, específicamente, el contenido de este libro?

Es un factor determinante. Ambos llegamos a España siendo niños, con ocho y nueve años, escapando de la Revolución Islámica. Hemos pasado casi cincuenta años fuera de Irán, formándonos académicamente, por lo que nos sentimos profundamente occidentales y europeos. Sin embargo, Irán es un país muy peculiar dentro de lo que llamamos Oriente. Históricamente, ha sido una bisagra entre dos mundos. De hecho, ha sido el espejo en el que Occidente se ha mirado siempre; tanto la Grecia clásica como la tradición judía del Antiguo Testamento se definían a menudo en contraposición a Irán. Aunque hoy se asocia casi exclusivamente con el islam, su cultura y filosofía originales, como el zoroastrismo, ofrecen una sabiduría riquísima que va mucho más allá.

Nuestra fuente de inspiración principal es la sabiduría Bahá’í, una corriente espiritual universalista que surgió en Irán hace dos siglos y que busca unificar todas las tradiciones anteriores: el islam, el judaísmo, el zoroastrismo e incluso el hinduismo. Este libro es el resultado de nuestra madurez personal, donde confluyen esa visión espiritual universalista y nuestra formación racionalista europea. No buscamos un enfoque orientalista en el sentido de Huntington y su choque de civilizaciones, sino todo lo contrario: una visión que abrace la unicidad de la raza humana.

«Estamos en el pico del bienestar material, pero la salud mental colapsa por la falta de un sentido pleno»

Esa idea de «unicidad de la raza humana» suena muy necesaria en el contexto bélico actual, ¿tiene también un respaldo científico en su obra?

Absolutamente. No nos quedamos en el buenismo. En el libro proponemos un nuevo concepto de altruismo centrado precisamente en esa unicidad. Invitamos al lector a pensar que todos procedemos de una misma esencia o pertenecemos a una misma conciencia universal. Pero es que, además, la ciencia nos da la razón. Hace dos décadas que se mapeó el genoma humano y se demostró que, biológicamente, solo existe una única raza humana. Hay etnias, hay grupos, pero la raza es una. Por eso, desde un punto de vista tanto científico como espiritual, cualquier homicidio es, en esencia, un fratricidio. Si internalizáramos esto, la percepción de los conflictos actuales cambiaría radicalmente.

Sorprende que hablen de trascendencia y de «la vida después de la vida» con un rigor casi científico. ¿Por qué se empeñan en mantener ese anclaje tan racional?

Porque si no aportas razones y argumentos científicos a un interlocutor escéptico o agnóstico, no logras persuadirlo. Es cierto que hoy la espiritualidad «ha salido del armario», como dice Rosa, y la gente habla con más naturalidad de Dios, del alma o de la inmortalidad. Eso es positivo, es una normalización necesaria. Pero el problema es que lo tangible, lo que vemos cada día, es la dimensión física y corporal. Lo espiritual no se ve. Por tanto, para que alguien se tome en serio la faceta espiritual como una vía hacia el bienestar interior o la salud mental necesita evidencias.

Si no hiciéramos ese esfuerzo de fundamentación a través de la filosofía clásica, la neurociencia actual o la psicología, el libro sería simplemente un poemario de palabras bonitas. Y creo que la gente ya está cansada de eso; busca algo que zarandee su conciencia y le haga pensar de verdad. Queremos acompañar al lector en un viaje de descubrimiento para que entienda que no es un «ser para la muerte», como decía Heidegger, sino un ser orientado a la trascendencia.

Menciona a Heidegger y su visión del hombre como un ser finito. Ustedes plantean lo contrario, pero ¿cómo se explica esto en una sociedad que parece haber sustituido la trascendencia por el consumo?

Ese es el núcleo de la paradoja actual. En España y en toda Europa vivimos niveles de bienestar material y salud más altos que nunca en la historia. Tenemos retos, por supuesto, como la vivienda o la desigualdad, pero comparado con cualquier época anterior, las condiciones mínimas están cubiertas para la mayoría. Sin embargo, los indicadores de salud mental están por los suelos. Hay una crisis de ansiedad, depresión y suicidios, especialmente entre los jóvenes, que es alarmante. ¿Cómo es posible si lo tenemos todo?

Nuestra tesis es que nos está costando encontrar un sentido pleno a la vida. Cuando no tienes un porqué para vivir, no hay satisfacción vital posible. El progreso material es estupendo, somos «tecnooptimistas» y defendemos la prosperidad, pero el bienestar material es efímero por definición. Cuando consigues el coche, la casa o la fama que deseabas, la plenitud no llega o se desvanece rápido. Es lo que llamamos el síndrome de Sísifo: alcanzar la meta para descubrir que el vacío sigue ahí.

¿Y cuál es la alternativa para romper ese ciclo de insatisfacción constante?

La alternativa es proponerse metas que trasciendan lo material y lo efímero. Trascender significa ir más allá. Las metas trascendentes tienen una ventaja fundamental: son inmunes a los cambios externos que no dependen de nosotros. Una crisis económica o una pandemia pueden quitarte tus bienes materiales, pero no pueden arrebatarte tus fines trascendentes.

En el libro no damos recetas de autoayuda fáciles, sino que proponemos cinco rutas complementarias para que cada uno halle sus propias respuestas. Estas vías buscan ese equilibrio y paz interior que solo da el saberse parte de algo más grande. Si no encontramos ese sentido pleno, seguiremos recayendo en el vacío existencial por muy cómodos que estemos en el sofá de nuestra casa.

«La verdadera justicia social es una consecuencia de la concepción espiritual»

Sin embargo, hablar de «vida después de la muerte» puede sonar a distracción frente a los problemas reales. ¿Qué le diría a quien piensa que esto nos hace olvidar las injusticias del presente?

Entiendo perfectamente esa crítica, pero no estamos de acuerdo en que sean visiones excluyentes. Para nosotros, las condiciones materiales de vida son absolutamente fundamentales. No tendría sentido ir a Gaza, al Líbano o a las zonas más pobres de Irán a hablarle de trascendencia a alguien que no tiene qué comer o cuya casa ha sido destruida. Para esa persona, lo trascendente es lo inmanente: alimentarse y sobrevivir. Pero una vez que esas necesidades básicas están cubiertas, como ocurre en gran parte de nuestra sociedad, el ser humano sigue sufriendo si no cultiva su dimensión espiritual. Es más, la verdadera justicia social es una consecuencia de la concepción espiritual. El altruismo, la empatía y la lucha por la equidad nacen de entender que el otro es parte de una misma conciencia. Si observas a los políticos más radicalizados, egoístas o nacionalistas, verás que, aunque se les llene la boca con ciertos conceptos, en el fondo no creen en la trascendencia humana. Si creyeran que todos pertenecemos a una misma esencia, no se comportarían con ese desprecio por el otro.

Ustedes se apoyan en la neurociencia para hablar de la supervivencia de la autoconciencia. ¿Cómo puede algo tan biológico como el cerebro dar pistas sobre algo tan metafísico como el alma?

La neurociencia actual nos ofrece datos fascinantes. Sabemos que muchas funciones mentales están localizadas en regiones específicas del cerebro, pero la autoconciencia –ese hecho de que tú seas consciente de que eres tú quien decide y quien experimenta su pasado biográfico– parece estar deslocalizada. No hay un punto exacto de la autoconciencia; es lo que los científicos llaman un fenómeno emergente.

Si la autoconciencia no está anclada a una región concreta, no debería extrañarnos que pueda emanciparse del soporte neurológico cuando este colapsa. Además, nos apoyamos en las Experiencias Cercanas a la Muerte documentadas por médicos como el doctor Sans Segarra en hospitales oficiales de la Seguridad Social, como Bellvitge. No hablamos de curanderos, sino de cirujanos que han constatado cómo pacientes en muerte clínica han relatado con precisión absoluta sucesos que ocurrían en otros quirófanos mientras su cerebro estaba inactivo. La única explicación lógica es que la conciencia puede, en ciertos momentos, independizarse de la biología.

Utilizan un argumento muy original: que el saber no muere con las neuronas. ¿Podría desarrollar esta idea del alma como un «autosaber»?

Es un argumento que nos parece muy sólido. Fíjese en cualquier conocimiento: ninguna ciencia o hallazgo muere cuando muere su descubridor. Cuando Newton descubrió la ley de la gravedad, ese saber se convirtió en una entidad lógica independiente. El cerebro de Newton colapsó y murió, pero la ley de la gravedad no murió con él.

Nosotros sostenemos que la autoconciencia, a la que por convención lingüística podemos llamar alma, es en esencia un «autosaber»: es el conjunto de todas tus vivencias y experiencias procesadas por tu mente. Es un saber sobre uno mismo. Y como todo saber, una vez que surge, ya no es una entidad puramente biológica; se emancipa. Igual que un hijo nace de sus padres, pero luego es un ser independiente que no muere cuando ellos mueren, la autoconciencia nace de la mente biográfica, pero puede continuar existiendo tras la biología.

¿Estamos entonces ante una forma de evolución?

Exactamente. Es un continuo evolutivo. Piense en cómo surgió la vida en la Tierra: nació de la materia inerte e inorgánica. Fue un salto evolutivo asombroso. Lo que nosotros planteamos es que estamos ante un segundo salto: que de la biología surja un estado superior de conciencia emancipada. No es algo sobrenatural, es el siguiente paso lógico de la evolución del yo personal.

«Rehuimos de la superstición y el clero, pero apostamos por una espiritualidad colectiva y racional»

Esta visión parece alejarse de la religión tradicional, pero también del materialismo puro. ¿Se consideran ustedes proponentes de un «idealismo laico»?

Depende de qué entendamos por «laico». En España existe un trauma comprensible con la religión debido a décadas de nacionalcatolicismo, lo que hace que mucha gente rechace cualquier cosa que huela a rito o clero. Nosotros rehuimos totalmente de la superstición, del fanatismo y de los rituales que ya no tienen sentido para el hombre del siglo XXI, que es un ser racional.

Sin embargo, creemos que la espiritualidad no puede ser algo puramente individual o líquido; necesita una experiencia comunitaria y colectiva. Si a esa espiritualidad racional, científica y compartida en comunidad queremos llamarla religión, estamos de acuerdo. Pero es una religión moderna que sustituye el dogma por la investigación y el rito por la vivencia de las virtudes.

Proponen cinco vías para alcanzar la transcendencia. ¿Cómo se vive el día a día sabiendo que esto no es el final?

Nuestra propuesta es lo opuesto al famoso consejo de Steve Jobs de «vive cada día como si fuera el último». Ese es un enfoque basado en la finitud. Nosotros decimos: «vive cada día sabiendo que tu persona va a pervivir y que tienes mucho camino por delante para forjar tu evolución». El libro es inmensamente optimista. No se trata de un memento mori (recuerda que morirás), sino de recordar que lo que haces aquí tiene una trascendencia personal.

La mejor metáfora es la del feto en el útero materno. Durante nueve meses, el feto desarrolla pulmones, ojos y miembros que no usará allí dentro, sino en una vida posterior que ni siquiera puede imaginar. Nosotros planteamos que estos 80 o 90 años de vida son una «segunda vida intrauterina». Estamos aquí para cultivar nuestras «facultades espirituales», que serán los «órganos» que necesitaremos en la siguiente fase evolutiva tras el colapso del cuerpo físico. No es una cuestión de premios o castigos divinos, sino de pura preparación personal para continuar el viaje.

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