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La atracción al vacío

‘L’appel du vide’ –es decir, la llamada del vacío– es uno de los fenómenos mentales más inquietantes y, al mismo tiempo, más comunes. La paradoja es esta: el mismo borde que aterra parece atraer. Un instante fugaz en el que supervivencia y libertad dejan de oponerse.

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13
mayo
2026

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Hay pensamientos que no parecen propios. Irrumpen y dejan al descubierto algo que preferiríamos no mirar. Uno de los más inquietantes surge frente al abismo. Basta un balcón, un puente o el borde de un acantilado para que, de pronto, una idea nítida cruce la mente como un relámpago: la posibilidad de saltar. No hay detrás un deseo, ni una intención, ni un plan. Solo esa sensación súbita y el escalofrío que la sigue. Uno da un paso atrás instintivamente, como si necesitara comprobar que no va a hacerlo. El cuerpo se aleja del borde, pero la mente se queda allí, atrapada en la sospecha de lo que ese fogonazo podría revelar.

Esta experiencia, que suele dejar un poso de extrañeza, aparece con frecuencia en consulta. El relato llega con cautela: «Si estoy en un sitio alto, pienso que podría saltar». Se dice casi con la necesidad de retroceder de nuevo, como si confesarlo lo hiciera más real. Lo que subyace es casi siempre lo mismo: la duda sobre si seríamos capaces de hacerlo y, más difícil de encajar, el miedo a uno mismo. ¿Y si sí había deseo? ¿Y si hubiera intención?

Ahí empieza el verdadero conflicto. No en el pensamiento original, sino en la narrativa que construimos a partir de él. Este fenómeno, conocido en psicología como high place phenomenon y en la cultura popular como lappel du vide, no es una señal de alarma sobre la salud mental, sino una de las paradojas más reveladoras del funcionamiento de la mente. Lo que ocurre en ese borde no es un impulso hacia la muerte, sino un malentendido entre el cuerpo y la conciencia.

Al asomarnos a un precipicio, la amígdala cerebral –implicada en nuestras respuestas de supervivencia– dispara una alarma en milisegundos. Mucho antes de que podamos razonar, el cuerpo ya ha respondido: el paso atrás, la tensión muscular, el agarre a la barandilla. Todo ocurre de forma automática, sin pasar por el filtro del lenguaje. Pero esa respuesta no es solo de evitación. En ese mismo instante, la mente simula la posibilidad que trata de prevenir. Durante unos segundos, el salto aparece como opción imaginable, e incluso puede insinuarse una breve fascinación ante esa posibilidad.

No es una señal de alarma sobre la salud mental, sino una de las paradojas más reveladoras del funcionamiento de la mente

La conciencia observa esa mezcla de alarma y posibilidad. Y se pregunta: «¿por qué he tenido este impulso?». En el intento de dar sentido a la experiencia, se cuela la lógica del miedo: confundimos la intensidad de la alarma y la vividez de esa imagen con la veracidad del impulso. Cuando esa interpretación se toma en serio, aparece la inquietud. La duda sobre la propia cordura y el temor a perder el control.

Sin embargo, la evidencia empírica apunta en la dirección contraria. Es una experiencia común, incluso en personas sin ideación suicida. De hecho, aparece con mayor frecuencia en personas con alta sensibilidad a la ansiedad: más atentas a sus estados internos y más propensas a interpretarlos como indicios de peligro. Este dato invita a invertir la lógica del miedo. No lo experimentan más quienes están en riesgo, sino quienes están más alerta. No es una señal de vulnerabilidad ante el abismo, sino de hipervigilancia ante uno mismo.

La psicología cognitiva denomina a estas ideas pensamientos intrusivos: contenidos automáticos que irrumpen en la conciencia y que rechazamos porque no reflejan ningún deseo real. Todos los tenemos. Es el impulso fugaz de soltar el volante en la autopista, de decir algo impertinente en una reunión o de imaginar, por un instante, que empujamos a un desconocido.

Aparece con mayor frecuencia en personas con alta sensibilidad a la ansiedad

Aquí aparece una verdad tan contraintuitiva como liberadora: los pensamientos intrusivos más angustiantes no señalan lo que deseamos, sino aquello que entra en conflicto con lo que más valoramos. El contenido de estas ideas funciona como un negativo fotográfico de nuestros valores. Lo que nos aterra no revela una pulsión oculta, sino aquello que tratamos de proteger.

Hay otra confusión importante: pensar algo no es el preámbulo de hacerlo, ni siquiera cuando la idea llega acompañada de una sensación de empuje. El umbral entre la idea y la conducta es inmenso y, paradójicamente, la propia angustia que genera la idea actúa como freno. El problema no es el pensamiento en sí, sino creer que ya dice algo sobre lo que haremos. Es ahí donde dejamos de temer al abismo para empezar a temernos a nosotros mismos.

Esa amenaza a la identidad es quizá lo más revelador del fenómeno. Decir «no me reconozco en ese pensamiento» muestra cómo construimos el «yo» como una narrativa de coherencia que excluye ciertos contenidos mentales. La atracción al vacío la fractura por un instante. Y esa fractura asusta más que el precipicio.

Ocurre algo similar con el morbo, con el impulso de girar la cabeza hacia un accidente o consumir noticias perturbadoras. No es una perversión, sino el mismo sistema de orientación hacia la amenaza. La biología nos empuja a mirar lo que podría dañarnos. Y a veces, al mirar, nos confronta con preguntas incómodas.

En ese instante de tensión, el vértigo no señala una caída inminente, sino la conciencia de una posibilidad radical. No la de saltar, sino la de poder hacerlo. El filósofo Søren Kierkegaard lo formuló con precisión: la angustia no es el miedo al abismo, sino el descubrimiento de la propia libertad frente a él. Es el mareo que produce la comprensión de que somos sujetos capaces de elegir.

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