Aránzazu Duque
«En catástrofes como la de Adamuz, el cerebro se coloca en modo supervivencia»
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La primera reacción ante una tragedia del alcance de Adamuz, repentina y mortífera como toda tragedia, es personal. Las víctimas, los allegados de las víctimas, quedan bloqueados por la conmoción primera. ¿Cómo actúa el cerebro en este tipo de situaciones? ¿Qué implica un duelo de estas características? ¿Qué secuelas puede ocasionar un suceso de esta naturaleza? La doctora Aránzazu Duque, experta en trauma del área de psicología y neurociencia de la Universidad Internacional de Valencia, nos detalla este proceso.
Inmediatamente después de un suceso como el que estamos viendo en Adamuz, ¿cómo responde el cerebro?
En estas circunstancias, sea un accidente de tren, de coche, sea cual sea la catástrofe, el cerebro se coloca en modo supervivencia. Es decir, el cerebro va a sobrevivir a lo que sea que vaya a pasar. De hecho, ni siquiera nos da tiempo a reflexionar. Hay una percepción, a través de nuestros sentidos, de que está habiendo una alarma y, de manera automática, el cerebro responde en modo supervivencia.
¿Y qué ocurre en ese modo de supervivencia?
Se disparan los sistemas del miedo y el estrés, fundamentalmente. Lo hacen para protegernos. Esto permite sobrevivir al final de la supervivencia propia, la del propio individuo. Ese modo de actuar del cerebro va en detrimento de todo lo demás, la sensibilidad o la capacidad de reflexionar y de pensar, de controlar los impulsos. Aparece la confusión, la sensación de irrealidad, las respuestas automáticas… todo lo que se dirige a garantizar la supervivencia. Esta es una reacción totalmente normal que se da ante cualquier amenaza extrema.
«En el modo supervivencia se disparan los sistemas del miedo y el estrés para protegernos»
¿Qué tipo de secuelas puede provocar una catástrofe así y cómo prevenirlas, si hay modo de hacerlo?
Hablamos de secuelas fundamentalmente emocionales. Hablamos de ansiedad persistente y duelo complicado, porque el duelo hay que pasarlo siempre. No podemos olvidarnos del estrés postraumático, que intensifica estas situaciones. La prevención es fundamental para paliarlas, porque no vamos a poder quitar la conmoción del accidente; el accidente va a estar ahí, esa catástrofe va a estar ahí. Se requiere una atención rápida, con un apoyo psicológico inmediato, transmitiendo en todo momento información clara. Algo que hay que evitar en estas circunstancias, algo que aprendimos en la pandemia, es la sobreexposición mediática. Se requiere un acompañamiento a las víctimas, un acompañamiento profesional, también de familiares y personas queridas. Esto es fundamental al principio para reducir el riesgo de secuencias posteriores.
¿Qué características tiene un duelo súbito, como el que acontece en estas situaciones?
Hablamos de un duelo devastador. Es un duelo brusco, inesperado, que desorganiza, desestabiliza totalmente. Es decir, no tenemos tiempo para prepararnos. Toda pérdida y suceso traumático tiene su duelo, pero hay situaciones que nos permiten ir preparándonos para él. Este tipo de catástrofes genera incredulidad, genera rabia, culpa, bloqueo emocional. Las emociones aparecen de forma muy intensa y muy fluctuantes, muy cambiantes. Se requiere para afrontarlo acompañamiento profesional y tiempo.
«Algo que hay que evitar en estas circunstancias es la sobreexposición mediática»
¿De un duelo de cuánto tiempo hablamos, en estos casos?
Dependerá de cada persona. Tiene, todo duelo, unas fases concretas, pero cada persona las enfrenta e un modo diferente. Puede durar entre varios meses y uno o dos años. Lo que sí que es importante es distinguir entre lo que es un duelo normal y uno complicado, pero no por cómo se manifiestan los síntomas. El dolor, por ejemplo, tiene que ir modulándose con el tiempo. No desaparece del todo, porque hay fechas, recuerdos, etc., que lo traen a la memoria, pero sí ha de ir atenuándose conforme pase el tiempo. Si tenemos un sufrimiento intenso que se mantiene sin cambios, necesitamos la ayuda de un profesional.
¿De qué tipo de secuelas neurobiológicas hablamos?
Puede haberlas, por supuesto, puede haber cambios temporales en los sistemas cerebrales del estrés. Hay una respuesta del estrés que se activa en esos sistemas cerebrales, y puede sufrir cambios. También cambios en la memoria, muy relacionados con la ansiedad, el estrés. En la mayoría de los casos son secuelas temporales, reversibles, pero si se mantiene el estrés de forma patológica, una vez que ha acabado la situación que lo provoca, si los síntomas se mantienen, las secuelas se pueden consolidar. Se pueden consolidar determinados patrones inadecuados de hipervigilancia o de ansiedad. De ahí la importancia de detectar y atender los síntomas a tiempo, acompañar al inicio y tratar como corresponden los síntomas.
«Una explicación nunca sustituye al proceso emocional»
Conocer el porqué, saber por qué ha ocurrido lo que ha ocurrido, ¿alivia para la recuperación posterior?
La explicación del suceso alivia para la recuperación posterior, sí. Saber qué ha ocurrido, dónde ha estado el problema, quién ha sido, de haberlo, el culpable, sí que ayuda. Al final, entender lo que ha ocurrido ayuda a organizar mentalmente la experiencia. Todos necesitamos unas razones, unos porqués, y es fundamental. Pero no elimina el dolor. Sí que ayuda, pero el proceso de duelo, esas reacciones emocionales, van a tener que seguir su curso. Una explicación nunca sustituye al proceso emocional. En esos momentos trágicos, se activan los sistemas de miedo, de estrés, lo automático, lo emocional, aquello racional se inhibe. Entonces, claro, dar esa parte racional es importante, pero no va a sustituir nunca lo emocional. No comprender lo sucedido provocará que las emociones sigan otro curso.
¿Y el azar, el pensar que uno se ha salvado pero podría haber muerto, cómo interviene?
Ese pensamiento es muy frecuente. Me he salvado, pero podría haber muerto. Hay que tener cuidado, porque ese tipo de pensamientos pueden generar culpa; la angustia intensa de habernos salvado por azar es una reacción humana totalmente normal, que se da ante una experiencia límite. Pero hay que trabajarla psicológicamente, para integrar lo vivido y evitar la culpa.
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