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Salud

Comprender el ‘shock’ y el duelo tras un accidente grave

Los procesos psicológicos no siguen la lógica de la urgencia ni de los plazos administrativos. El shock, el duelo y el miedo necesitan tiempo, acompañamiento y contextos seguros para poder elaborarse.

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21
enero
2026

Hay sucesos que no solo interrumpen un trayecto, sino que alteran el mapa interno con el que nos movemos por el mundo. Lo que hasta ese momento era rutina, subir a un tren, confiar en un horario, asumir la seguridad como algo dado, se quiebra de forma abrupta. En cuestión de segundos, lo cotidiano se vuelve amenazante y lo previsible, frágil.

Tras una tragedia colectiva como la ocurrida el pasado domingo con el descarrilamiento y choque de dos trenes en la provincia de Córdoba, no se detiene únicamente un servicio o una agenda. Se resiente algo más profundo: la percepción de seguridad, la relación con el tiempo y la confianza básica en que el mundo funciona como esperamos. Por eso, el impacto no se limita a quienes estuvieron directamente implicados. Se extiende, de forma silenciosa, a muchas otras personas.

En este contexto, una de las preguntas más frecuentes es si las reacciones emocionales que aparecen como el aturdimiento, el miedo o la sensación de irrealidad son normales. Desde la psicología, la respuesta es clara y basada en la evidencia: sí, lo son.

Una respuesta esperable

El shock psicológico es una reacción automática del organismo ante una amenaza extrema. Desde el punto de vista neurobiológico, se produce una activación intensa de los sistemas de alarma del cerebro, especialmente los relacionados con la respuesta al estrés, lo que puede afectar temporalmente a funciones como la atención, la memoria o la regulación emocional.

En las primeras horas o días tras un accidente grave es frecuente experimentar sensación de irrealidad, dificultades para concentrarse, recuerdos fragmentados, emociones embotadas o muy intensas, alteraciones del sueño o síntomas físicos como temblor y agotamiento. Estas manifestaciones forman parte de lo que se conoce como respuesta aguda al estrés, recogida en los principales manuales diagnósticos y descrita ampliamente en la literatura científica.

La evidencia empírica muestra que entre el 70 y el 80% de las personas expuestas a una catástrofe presentan este tipo de reacciones iniciales, que en la mayoría de los casos disminuyen de forma progresiva sin necesidad de intervención especializada.

Por qué algunas tragedias impactan más que otras

No todas las tragedias colectivas generan el mismo impacto psicológico. En accidentes de gran magnitud como el que acabamos de vivir en España confluyen varios factores que intensifican la conmoción social:

  • Ruptura de una sensación de seguridad muy asentada. El transporte ferroviario de alta velocidad se percibe como un entorno controlado y seguro. Cuando falla un sistema asociado a la rutina diaria, se resiente la confianza básica en lo previsible.
  • Alta identificación social. Viajar en tren es una experiencia común. Esto favorece la identificación masiva con las víctimas y activa pensamientos del tipo «podría haber sido yo», que aumentan la intensidad emocional.
  • Carácter súbito e inesperado. Los sucesos repentinos, sin tiempo de anticipación, generan mayor sensación de indefensión y dificultan la integración psicológica inicial.
  • Magnitud humana y exposición continuada. El número de víctimas, la gravedad de los heridos y la repetición de imágenes incrementan la carga emocional, incluso en personas no directamente afectadas.
  • Activación de la memoria colectiva. La investigación sobre el descarrilamiento del tren en Santiago de Compostela en 2013 muestra cómo las tragedias ferroviarias no solo generan impacto inmediato, sino que reactivan duelos previos y emociones latentes a nivel social, amplificando el malestar colectivo.

El impacto indirecto también cuenta

Las investigaciones en trauma psicológico describen el llamado impacto vicario o indirecto. Personas que no han estado presentes pueden experimentar ansiedad, hipervigilancia, miedo persistente o alteraciones del sueño tras una tragedia de gran repercusión.

Se estima que entre un 10 y un 20% de la población expuesta indirectamente puede presentar malestar clínicamente significativo durante semanas, sin que ello implique un trastorno mental, sino una respuesta humana ante la percepción de amenaza.

El duelo no es un proceso lineal

Para quienes han perdido a un ser querido, el duelo no sigue una secuencia ordenada ni unos plazos fijos. En los primeros momentos suele predominar el aturdimiento; más adelante pueden aparecer tristeza intensa, rabia, culpa o preguntas sin respuesta.

Para quienes han perdido a un ser querido, el duelo no sigue una secuencia ordenada ni unos plazos fijos

La evidencia indica que alrededor del 10-15 % de las personas en duelo pueden desarrollar complicaciones si concurren factores de riesgo previos o si no cuentan con apoyos adecuados. Por ello, el acompañamiento temprano y respetuoso es un elemento clave de prevención.

La importancia de la intervención comunitaria

La psicología subraya el valor de las intervenciones comunitarias tempranas. Crear espacios de escucha y atención, por ejemplo, en estaciones de tren u otros lugares de tránsito, permite reducir el aislamiento, normalizar reacciones y favorecer la regulación emocional.

Hablar con otros viajeros, compartir experiencias o simplemente estar acompañado actúa como factor protector. Estas intervenciones, basadas en los principios de los primeros auxilios psicológicos, han demostrado ser eficaces para disminuir el malestar y prevenir problemas posteriores.

Cuándo buscar ayuda profesional

En la mayoría de los casos, el malestar disminuye con el paso de las semanas. Sin embargo, si los síntomas persisten, se intensifican o interfieren de forma significativa en la vida cotidiana, la atención psicológica especializada es una herramienta eficaz y necesaria.

Cuando ocurre una tragedia de este tipo, es tentador buscar explicaciones rápidas o exigir una recuperación inmediata. Sin embargo, los procesos psicológicos no siguen la lógica de la urgencia ni de los plazos administrativos. El shock, el duelo y el miedo necesitan tiempo, acompañamiento y contextos seguros para poder elaborarse.

La evidencia científica muestra que la mayoría de las personas logrará integrar lo vivido con el paso de las semanas o los meses. Pero también señala algo igualmente importante: que el apoyo social y comunitario temprano marca una diferencia significativa. Espacios de escucha, presencia sin juicio y recursos accesibles ayudan a que el impacto no se transforme en aislamiento o cronificación del sufrimiento.

Pedir ayuda profesional cuando el malestar persiste no es un signo de debilidad, sino una forma de cuidado y de prevención. Porque, tras una experiencia que sacude los cimientos de la normalidad, cuidar la salud mental no es un añadido: es una necesidad.

Cuando la realidad se descarrila, acompañar y dejarse acompañar es una forma de volver a poner las vías.


Teresa Bobes Bascarán es profesora asociada en Ciencias de la Salud, Universidad de Oviedo · Psicóloga clínica, SESPA · Investigadora en salud mental (CIBERSAM, ISPA, INEUROPA), Universidad de Oviedo. Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

The Conversation

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