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Opinión

Entender el progreso

Los conceptos progresismo y conservadurismo carecen de utilidad analítica en la sociedad del cambio constante. Abandonar el relativismo y reconstruir o construir verdades comunes nos volvería a dotar de marcos compartidos de interpretación de la realidad y, en consecuencia, de la capacidad de discernir entre lo que nos hace progresar y lo que no.

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03
julio
2026

Esta pasada Semana Santa me encontré con un testimonio accidental de esos que le dejan a uno pensativo, reflexivo, desconcertado. Fue en un programa de televisión consistente en entrevistas a representantes de diferentes oficios relacionados con las celebraciones de la Semana Santa madrileña. En este caso se trataba de un maestro cerero que, desde hace décadas, llevaba elaborando artesanalmente los cirios que decoran algunos de los pasos con más solera que procesionan por el casco histórico de la capital. Al parecer, de un tiempo a esta parte, el uso de velas para decorar e iluminar estos complejos escultóricos ha crecido en detrimento del de bombillas eléctricas. Y fue en el contexto de esta explicación del maestro cerero a la periodista cuando dijo la frase que me dejó iluminado: «Por fin hemos progresado y dejado de usar iluminación eléctrica para volver a la belleza de las velas tradicionales».

Este maestro de un oficio en peligro de extinción, de cuyo nombre quisiera acordarme, anteponía lo artesano, la tradición, el simbolismo, el misterio, la falibilidad (recordemos el viento en Madrid esta pasada Semana Santa y los cirios apagados de los pasos) y la labor humana a la certidumbre, eficacia y fiabilidad (apagón mediante) de la electricidad. Y lo que más me llamó la atención es que identificó esta pequeña renuncia, si es que en el campo de la fe o del arte caben cosas pequeñas, a la modernidad de Alva Edison como progreso. En definitiva, un retroceso en términos prácticos como un avance en pro de un objetivo mayor, estético en este caso.

Y es aquí donde clavo pica en Flandes y expongo, prometiendo brevedad camusiana, las cuatro ideas centrales que estructuran esta disertación sobre el progreso, el cambio y los consensos.

Si algo es progresista o no, dependerá de los valores u objetivos de cada persona en última instancia

En primer lugar, el concepto clásico de progresismo es aquel que, con criterios de justicia social, fraternidad e igualdad, es capaz de discernir, de entre todos los acontecimientos políticos, sociales, culturales o económicos que el paso del tiempo provoca (y las ideas subyacentes), aquello que contribuye o no al progreso u avance hacia sociedades más justas, con paso más o menos rupturista en función del contexto. En otras palabras, progreso no equivale a modernidad (a pesar de que en líneas generales el individuo suele promover cambios con la intención de lograr un mayor bienestar para sí mismo y su entorno). No se trata de una identificación mecánica de novedad con avance social, ya que, en ocasiones, conservar puede ser progresista y avanzar en una determinada dirección, conservador o reaccionario (cuando el 2.0 es dañino respecto del 1.0); tenemos numerosos ejemplos en los años 20 y 30 del siglo pasado. No obstante, durante las últimas décadas, la relación cambio-progreso se ha fortalecido en los imaginarios colectivos y, actualmente, se da una tendencia a valorar positivamente el cambio por el cambio y, de manera indirecta, asociarlo a avance y en última instancia progreso.

En segundo lugar, la inutilidad en términos de análisis político del vocablo progresista. En tanto en cuanto son múltiples las posibles sociedades ideales que definirían lo que es un movimiento progresista o que nos hace progresar hacia el objetivo, nos encontramos hoy ante un concepto puramente subjetivo y relativo. Si algo es progresista o no, dependerá de los valores u objetivos de cada persona en última instancia. Sin un corpus de valores y creencias comunes no es posible definir o analizar la realidad bajo los conceptos de progresismo y conservadurismo. Fue posible durante los dos siglos pasados e inicios del presente, pero no en la actualidad, donde el sujeto colectivo se encuentra amenazado (aunque todavía lejos de la derrota) por relativismos y subjetividades acuciados por los entornos digitales. Sin este entendimiento común, esas verdades compartidas (basadas en el discernimiento racional versus el sentimiento) y unas aspiraciones sociales colectivas, mejor será para el análisis político girar hacia otros conceptos o categorías analíticas (izquierda/derecha, liberales/intervencionistas, europeístas/nacionalistas…), si es la claridad lo que se busca y no confusión que permita condicionar estados de ánimo o comportamientos electorales.

Y si para el análisis politológico y sociológico se trata de conceptos inoperantes, pobres de aquellos que en la praxis política sean catalogados de conservadores frente a los progresistas o representantes oficiales de la modernidad (y cuidado, además, porque los progresistas de hoy pueden ser los conservadores del mañana). En tiempos de IA serán pocos lo que opten, o puedan optar (un tema fundamental que nos devuelve directos al esquema de lucha de clases clásico), por la quietud, a pesar de la valiosa Magnifica Humanitas. El mundo digital en el que nos movemos, si tiene una característica clara, es la rapidez y el constante movimiento, en todas direcciones. Por ello, si un grupo político o idea es catalogado como conservador o reaccionario, las probabilidades de éxito social serán pocas (al menos en el corto plazo). Catalogaciones que, obviamente, no tienen en cuenta todo el valor que nociones de cautela o preservación pueden tener para las sociedades y el propio medio ambiente (relación esta última apuntada ya por el 266° papa de la Iglesia católica). Pero el debate actual y las etiquetas de «quita y pon» no entienden de un Edmund Burke o un Clemens August Graf von Galen.

El mundo digital en el que nos movemos, si tiene una característica clara, es la rapidez y el constante movimiento, en todas direcciones

Por último, tradicionalmente han sido los partidos de la izquierda los que han abanderado el movimiento progresista (fijarse en estas dos palabras y la sensación de consecuencia de la segunda sobre la primera), con base a un corpus teórico elaborado a lo largo de ya varios siglos de lucha por los derechos y aspiraciones de la clase trabajadora (sin entrar en disquisiciones teóricas e históricas intra-movimiento obrero, reforma socialdemócrata versus revolución comunista). Sin embargo, hoy se podría decir que no son pocos los valores constitutivos de ese entendimiento común del progreso de la izquierda clásica que están en desuso o en proceso claro de sustitución (a elección del lector si dota de raciocinio o no a tal fenómeno) y, por consiguiente, se produce una alteración significativa en torno a los planteamientos que se defienden o los hechos y políticas que se catalogan como progreso desde este espectro político. Sin entrar en detalle por compromiso adquirido con el lector, al que se le ha prometido concisión, vemos cómo elementos identitarios, nacionalistas o de raíz sentimental más que racional avanzan dentro del imaginario de la izquierda mayoritaria (interesantes experimentos se están produciendo a nivel juvenil que podrían llegar a ser una excepción), llevando a planteamientos más individualistas que de carácter unitario o colectivo. Cambios que, sin entrar a valorar si son positivos o negativos, es cierto que introducen una ruptura en la línea intelectual que ha movido históricamente a los aspirantes a representar al trabajador, dando lugar a alianzas, programas y praxis políticas cuanto menos cuestionables, conforme al magisterio del socialismo al menos.

A modo de cierre, plantear dos posibles soluciones, o vías de acción para ser más modesto, que podrían consistir o bien en abandonar por parte de los intelectuales y analistas los términos de conservador y progresista, dada su inoperancia para llevar a cabo un juicio crítico y objetivo de la realidad, o bien en volver a construir o reconstruir nociones comunes sobre las que poder interpretar si una idea o acontecimiento es o no progresista, si nos hace mejores o no, más o menos humanos (he aquí mi granito de arena en cuanto a los criterios de valoración). En una época de digitalización rampante, donde el relativismo y las verdades propias imperarán durante bastante tiempo, la primera opción creo se vislumbra como la más plausible; no obstante, como humanista acérrimo considero que la recuperación de valores comunes (o generación de consensos en torno a nuevos), a cuyo calor entendernos –y no me refiero a una efímera ovación de siete minutos en sede parlamentaria– y entender el mundo en el que nos desarrollamos, constituye una empresa digna de esfuerzo. No hay que perder el optimismo trágico, que diría Emmanuel Mounier y, ante la sociedad del cambio, debemos pararnos, reflexionar colectivamente y, acabando con el título de este texto (parece que Semprún ha ganado a Camus en lo que a estilo se refiere), volver a entender el progreso.


Álvaro Sanz López es politólogo

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