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Opinión

Civilizados hasta la muerte: el precio del progreso

El progreso, la ilusión básica de nuestra época, se agota. Con la fe en el futuro fundiéndose como un glaciar, incluso cuando la satisfacción con el presente se evapora, es hora de una reevaluación sobria del pasado, de aportar una mirada científicamente informada de los efectos de esta fatídica divergencia. En ‘Civilizados hasta la muerte: el precio del progreso’ (Capitán Swing), Christopher Ryan propone empezar a mirar hacia atrás para encontrar el camino hacia un mañana mejor.

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18
Feb
2020
Civilizados hasta la muerte

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Llamadme desagradecido. Tengo empastes de plata en los dientes, cerveza artesanal en el frigorífico y todo un mundo de música en el bolsillo. Conduzco un coche japonés con control de velocidad, dirección asistida y airbags a punto para amortiguarme en un abrazo explosivo en caso de que me quedara dormido. Llevo gafas alemanas que se oscurecen con la luz del sol de California y escribo estas palabras en un ordenador que es más fino y ligero que el libro en el que se publicarán. Disfruto de la compañía de amigos que habría perdido de no haber sido por una intervención quirúrgica de urgencia, y durante los últimos diecisiete años de su vida la sangre de mi padre fue procesada por el hígado de un hombre llamado Chuck Zoerner, fallecido en 2002. Me sobran los motivos para apreciar las numerosas maravillas de la civilización.

Y sin embargo.

[…]

No cuestiono la realidad del progreso en determinados contextos, pero tengo dudas acerca de cómo conceptualizarla y medirla. Por ejemplo, es muy habitual confundir progreso con adaptación. La adaptación —y, por extensión, la evolución— no presupone que una especie «mejore» a medida que evoluciona, simplemente que cada vez está mejor adaptada a su entorno. El «más apto» puede sobrevivir y reproducirse, pero la «aptitud» es un concepto que solo existe en un contexto ecológico específico, no posee un significado o valor absoluto al margen de ese contexto. Los buitres macho egipcios, por mencionar un ejemplo, se embadurnan toda la cara de mierda (seguramente para exhibir ante las hembras su capacidad inmunológica); es probable que esta específica demostración de aptitud no resulte tan efectiva en otras especies.

A menudo tengo la impresión de que estamos progresando hacia una manifestación moderna de nuestro pasado lejano, o hacia un precipicio. Nuestras desesperadas peregrinaciones van en busca de un lugar muy parecido al hogar que abandonamos cuando salimos del jardín y comenzamos a cultivar la tierra. Puede que nuestros sueños más apremiantes no sean más que el mero reflejo del mundo tal como era antes de que nos quedáramos dormidos.

«Nuestras desesperadas peregrinaciones van en busca de un lugar muy parecido al hogar que abandonamos cuando salimos del jardín y comenzamos a cultivar la tierra»

Tal vez nos estemos acercando a la llamada singularidad, donde nuestros cuerpos atrofiados por el confort se funden en las pantallas que miramos la mayor parte de nuestras vidas. O tal vez la colonización de otros planetas permitirá que nuestros descendientes habiten en cúpulas lejanas patrocinadas por Apple, Tesla y Caesars Palace. Si, como Keynes, esperabais un mundo igualitario de plenitud compartida y tiempo libre a raudales en el que disfrutar de la compañía de vuestros seres queridos, pensad que nuestros antepasados ocuparon un mundo muy parecido a ese hasta la aparición de la agricultura. Lo que vino a llamarse «civilización» surgió hace unos diez mil años, y desde entonces hemos estado progresando para alejarnos de él.

Cuando uno avanza en la dirección equivocada, el progreso es lo último que necesita. El «progreso» que define nuestra época a menudo se parece más a la progresión de una enfermedad que a su curación. La civilización a menudo parece estar tomando velocidad con la misma vertiginosidad con la que desaparecen las cosas por el desagüe. ¿Acaso la feroz creencia en el progreso es una especie de analgésico, un antídoto de fe en el futuro para un presente cuya contemplación resulta demasiado aterradora?

Un mundo que se desvanece

Sí, ya lo sé, siempre aparece el típico lunático que vaticina el final de los tiempos y que dice: «¡Esta vez es diferente!». En efecto, esta vez es diferente. Titulares como «Estamos condenados. ¿Y ahora qué?» se cuelan en las páginas de los principales periódicos. El clima del planeta está desplazándose como la carga de un barco que se hunde. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados informó de que a finales de 2015 el número de personas desplazadas forzosamente a causa de la guerra, los conflictos y la persecución había aumentado de 37,5 millones en 2004 a la sobrecogedora cifra de 65,3 millones. Bandadas de aves caen muertas del cielo, el zumbido de las abejas se desvanece, las migraciones de mariposas han cesado y las vitales corrientes oceánicas están disminuyendo. Las especies se extinguen a un ritmo sin precedentes desde la desaparición de los dinosaurios hace 65 millones de años. Masas de plástico del tamaño de Texas acidifican los océanos hasta asfixiarlos, y los acuíferos de agua dulce se están quedando secos. Los casquetes polares se derriten mientras las nubes de metano burbujean en las profundidades, acelerando el ciclo de destrucción global. Los Gobiernos miran hacia otro lado mientras Wall Street arranca los últimos pedazos de riqueza del cadáver de la clase media y las compañías energéticas destruyen la tierra con el fracking, bombeando venenos secretos a los acuíferos de los que todos dependemos pero que no sabemos cómo proteger. No es de extrañar que la depresión sea la principal causa de discapacidad en el mundo y que esté creciendo a gran velocidad.

«El progreso a menudo parece estar tomando velocidad con la misma vertiginosidad con la que desaparecen las cosas por el desagüe»

El estado de la cuestión es escandaloso y preocupante, pero no debería sorprendernos. Todas las civilizaciones que nos han precedido sucumbieron a la confusión y el caos. ¿Por qué deberíamos suponer que la nuestra rompería este patrón? Sin embargo, existe una diferencia: mientras que Roma, Sumeria, los mayas, el antiguo Egipto o la Isla de Pascua desembocaron en colapsos regionales, la civilización que ahora se derrumba a nuestro alrededor es global. En palabras del historiador canadiense Ronald Wright: «Que la historia se repita una y otra vez tiene un precio cada vez más alto».

Quizás seáis de la opinión de que el fin del mundo es irrelevante. Tal vez consideréis que la sublime belleza de los últimos cuartetos de Beethoven, las fotos del planeta Tierra tomadas desde el espacio o el conocimiento de la estructura del ADN son cosas que no tienen precio…, ni siquiera el precio desorbitado que pagamos todas las criaturas de este planeta, incluido el ser humano. Quizá la medicina tecnológica haya salvado vuestra vida o la de alguno de vuestros seres queridos y os resulte difícil y desagradable no ser unos fanáticos del progreso. Tal vez tengáis fe en que las coaliciones autoorganizadas de personas inteligentes y decentes encontrarán el modo de hacer que las acciones correctivas se viralicen e inyecten a nuestra especie, justo a tiempo, algo de sentido común.

Cada uno de nosotros debe responder por sí mismo a la pregunta de si las maravillas de nuestra época valen su desmesurado precio. Pero antes de que podamos empezar a dar respuesta a una cuestión tan fundamental es preciso retirar el velo de la propaganda pro-progreso a la que hemos sido sometidos durante siglos para así lograr dos objetivos: obtener una concepción más completa de la civilización que incluya los costes y las víctimas, y reflexionar detenidamente sobre hasta qué punto las «maravillas modernas» proporcionan significado y plenitud a nuestras vidas. Si todo es tan prodigioso, ¿por qué tantos de nosotros somos tan profundamente infelices? […]

Contra el mito del «noble salvaje»

Quiero dejar claro que no albergo ilusiones sobre los «nobles salvajes» o sobre «la vuelta al jardín». Si los salvajes son o fueron alguna vez nobles, veremos que se debe a que sus sociedades florecieron al promover la generosidad, la honestidad y el respeto mutuo (no es ninguna casualidad que todos estos valores sean aún apreciados de forma instintiva por la mayoría de los humanos modernos). Existían razones concretas y fundamentadas en la supervivencia para que nuestros antepasados cazadores-recolectores, altamente interdependientes, honraran estos valores y características de la personalidad (y para que la evolución los promulgase a través de la selección sexual, ya que las mujeres los consideraron una cualidad atractiva en los hombres). En cuanto al paraíso, hace tiempo que está asfaltado. Hemos ido demasiado lejos y ya no hay vuelta atrás. Los niveles de población humana superaron hace mucho tiempo la capacidad de carga de las prácticas cazadoras-recolectoras, que requieren densidades de población inferiores a una persona por milla cuadrada en la mayoría de los ecosistemas. En cualquier caso, ya no somos los seres no domesticados que eran nuestros antepasados prehistóricos. Hemos perdido por el camino demasiados conocimientos y la condición física necesaria para vivir cómodamente bajo las estrellas. Si nuestros antepasados eran lobos o coyotes, la mayoría de nosotros estamos más cerca de ser carlinos o caniches.

«Si nuestros antepasados eran lobos o coyotes, la mayoría de nosotros estamos más cerca de ser carlinos o caniches»

Hace años, en Bukittinggi, en la isla indonesia de Sumatra, me topé con el que quizás sea el parque zoológico más triste del mundo. El lugar no era más que un conjunto de deprimentes jaulas de hormigón donde languidecían unos cuantos orangutanes condenados. Nunca olvidaré la expresión de sus ojos al acercarse a mí al otro lado de los oxidados barrotes de hierro, suplicando ser liberados, tener algún tipo de contacto, la muerte…, cualquier cosa menos más de lo mismo. Después de ver tan de cerca aquel sufrimiento, que más tarde supe que se llama «zoochosis», no volví a pisar un zoológico durante décadas, pero al final un amigo me convenció para que fuera a visitar a los bonobos en San Diego. Llamar a ambas instalaciones del mismo modo, «parques zoológicos», no es más que un síntoma de pobreza lingüística. Independientemente de la opinión que uno pueda tener sobre los animales en cautividad, el Zoo de San Diego es el reflejo del escrupuloso deseo de crear un mundo artificial lo más parecido posible a los ambientes en los que ha evolucionado cada especie. Las personas que diseñaron los recintos habían estudiado muy bien los contextos naturales y el comportamiento de los animales que estaban destinados a vivir allí. Se recrearon hábitats nativos que, como mínimo, permitían un simulacro de vida salvaje al otro lado de los barrotes.

Es difícil establecer un único elemento que diferencie al Homo sapiens sapiens de todos los demás animales. La lista de candidatos fallidos es larga e incluye cuestiones como el uso de herramientas, la cría de otras especies con fines alimentarios, el comportamiento sexual no reproductivo, el contacto visual durante el acto sexual, el orgasmo femenino, el conflicto grupal organizado y la transmisión de conocimientos de una generación a la siguiente. He aquí mi aportación: somos la única especie que vive en zoológicos de diseño propio. Cada día creamos el mundo que nosotros y nuestros descendientes vamos a habitar. Si queremos que el mundo se parezca más al Zoo de San Diego que a las tumbas en vida de Bukittinggi, necesitaremos disponer de una mejor comprensión de cómo era la vida humana antes de que nuestros ancestros despertaran por primera vez en jaulas. Necesitaremos conocer nuestra propia especie.


Este es un fragmento de ‘Civilizados hasta la muerte: el precio del progreso’ de Christopher Ryan (Capitán Swing).

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