Economía

¿Desigualdad? ¿Qué desigualdad?

En ‘La sociedad de la externalización’ (Herder), el sociólogo alemán Stephan Lessenich plantea una dura crítica al modelo socioeconómico de las últimas décadas.

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13
Ago
2020
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En los últimos años la desigualdad se ha vuelto a convertir en un tema social. Esto comenzó en el verano de 2013, con la gigantesca obra de Thomas Piketty Le Capital au XXI siècle, en la que el economista francés vislumbraba por así decirlo una férrea ley de desarrollo del capitalismo moderno. Si no se actúa en contra con una intervención política, entonces, según Piketty, se establece irremediablemente la normalidad capitalista: los beneficios del capital tienden a rebasar la tasa de crecimiento de toda la economía. Las ganancias de la posesión de capital desbordan entonces sistemáticamente el margen de distribución social, es decir, el aumento de bienestar recae de forma desproporcionada en los que ya son ricos, mientras que las economías con ingresos menores se quedan con las manos vacías en el juego de reparto. El capitalismo, abandonado a sí mismo y a su propia lógica, conduce a una desigualdad siempre creciente de ingresos y de riqueza: Piketty describe minuciosamente esta tendencia en las sociedades ricas de Europa y Norteamérica y, especialmente, en la era «neoliberal» que comenzó en los años setenta.

Mientras que el estudio de Piketty levantó mucho revuelo público y la cuestión de la desigualdad estuvo también en Alemania en boca de todos los articulistas culturales […], el autor fue también bastante criticado por sus colegas de especialidad con menos mentalidad socialdemócrata. No obstante, al mismo tiempo sus diagnósticos se vieron confirmados oficialmente en mayo de 2015, al menos por cuanto respecta a la valoración de las últimas tendencias de distribución. «Nunca en la historia de la OCDE la desigualdad en nuestros países fue tan grande como hoy», proclamaba Ángel Gurría, secretario general de la asociación de las naciones industriales consideradas «desarrolladas» con motivo de la presentación del informe social de su organización. La organización humanitaria Oxfam daba todavía un paso más allá cuando, a comienzos de 2016 –como todos los años en vísperas del foro mundial de economía en Davos–, contrapuso a la riqueza desigualmente distribuida en los Estados de la OCDE la desigualdad social a escala mundial: según los datos de los servicios financieros suizos Credit Suisse, el uno por ciento más rico de la población mundial poseía prácticamente tanto como todo el resto; y también la mitad del crecimiento de bienestar global desde comienzos de milenio había recaído únicamente en este uno por ciento de la humanidad. Especial atención suscitó además la llamativa indicación de Oxfam de que, en 2015, ateniéndose a las cifras, la riqueza de solo sesenta y dos personas correspondía a la «riqueza» de la mitad más pobre de la humanidad, es decir, a las posesiones materiales de tres mil quinientos millones de personas, para las que el año anterior tendrían que haberse juntado las ochenta personas más ricas del mundo y en 2010, después de todo, las trescientas ochenta y ocho personas más ricas.

«En 2016, el uno por ciento más rico de la población mundial poseía prácticamente tanto como todo el resto»

Por supuesto, además de la obligada indignación pública –¡tan pocos!, ¡tanto!–, también se planteó enseguida la objeción científica de los expertos que se las arreglaron para señalar que, desde el punto de vista de la técnica de datos económicos, aquí se estaban comparando peras (propiedad privada) con manzanas (ingresos de la población) y que, en consecuencia, la cifra de sesenta y dos no podía ser correcta. Más bien serían, como todavía unos años antes, unos cuantos cientos de hogares ricos los que tendrían que repartirse la mitad del dominio económico mundial. Pero sobre todo fueron expertos economistas alemanes los que se aprestaron a contraatacar con fuego erudito el desaforado parloteo sobre la creciente desigualdad en la sociedad mundial y a dar voz a la sensatez económica.

Así por ejemplo Clemens Fuest, anterior economista en Oxford y entre tanto presidente del renombrado Instituto para la Investigación Económica (Ifo) en Múnich, señaló que la situación de desigualdad mundial ya no es tan grave. Según estándares del Banco Mundial, en 2012 apenas un 13 por ciento de la población mundial habría vivido en situación de extrema pobreza, es decir, con unos ingresos que no bastaban para sobrevivir, después de que en 1981 era el 44 por ciento y aún hace veinte años el 37 por ciento. Ya solo hay unos setecientos veinte millones que viven (o quizá no) bajo el mínimo existencial absoluto: «Siguen siendo demasiados. Pero el progreso es gigantesco». Además, el progreso sería gigantesco no solo en el extremo inferior de la escala de distribución, sino también en los valores medios: «En 1980 los ingresos medios per cápita de los países emergentes y en vías de desarrollo eran aproximadamente el 14 por ciento del nivel de los países industrializados. Hoy son aproximadamente el 23 por ciento». Aunque en aras de la simplicidad se estén metiendo aquí en el mismo cajón los pobres más ricos y los realmente pobres, eso es una quinta parte de los ingresos medios de los países ricos: en tres décadas han recuperado un diez por ciento del retraso que llevan con los ingresos. ¿Las naciones de este mundo que van progresando podrían pensar, pues, que están en el camino correcto hacia el bienestar y la prosperidad generalizada?

Según Fuest, el ramo de la investigación económica internacional puede anunciar aún otros éxitos en la recuperación del sur global: «Un estudio actual del investigador del Banco Mundial Branko Milanovic muestra que el coeficiente de Gini de la distribución de ingresos en la población mundial entre 1988 y 2008 ha bajado de 74 a 69. Por eso llega a la siguiente valoración: “El período de globalización de 1988 a 2008 ha traído el primer descenso de la desigualdad mundial desde la revolución industrial”. No es sostenible la afirmación de que a nivel mundial aumentan permanentemente la pobreza y la desigualdad de distribución». El profano se queda pasmado: ¡por primera vez desde la Revolución Industrial! ¡Un descenso de 74 a 69, en veinte años! En ese coeficiente, explica de nuevo el experto, «un valor de 0 significa completa igualdad, y un valor de 100 la máxima desigualdad». ¿Qué necesidad hay de ponerse nerviosos? ¡Si después de todo la desigualdad global se sitúa en un valor de 7 en una escala de 0 a 10, con tendencia a bajar lentamente! Porque gracias al auge económico en China –que sin embargo entre tanto por desgracia está terminando– algunos cientos de millones de personas ya no sufren una situación de miseria material. Muy bien se puede dejar la cosa en 69 –en Alemania por ejemplo el valor correspondiente está situado actualmente más o menos en 30, y el de España en 34– y, de paso, barrer bajo la alfombra la desigualdad mucho mayor de los valores de capitales.

«Se pregunta uno de qué está hablando en realidad toda esta gente. ¿En qué mundo viven?»

A propósito de Alemania: «A los alemanes jamás nos ha ido tan bien como hoy. El PIB per cápita, que mide el bienestar individual medio, ajustándolo a la paridad del poder adquisitivo, se sitúa con cuarenta y ocho mil dólares estadounidenses en el máximo nivel histórico. Solo los suizos han alcanzado más en Europa (sesenta mil dólares)». Así lo señala Rainer Hank, que como famoso periodista económico es una de las voces con mayor impacto público en este campo, en el marco del nuevo debate sobre la desigualdad. ¿Cómo se ha llegado a este histórico cenit de bienestar en Europa? La explicación es sencilla: «En los últimos ciento cincuenta años nuestros ingresos medios se han multiplicado por más de doce, un milagro que nosotros llamamos productividad». Un milagro llamado productividad que es parte de un milagro aún mayor, llamado progreso. «The Great Escape, llama el economista Angus Deaton a esta genial historia del progreso de la humanidad en el siglo xx: “La gran evasión”». Con ello, Deaton, premio Nobel de Economía británico-estadounidense, se refiere a la evasión huyendo de la pobreza social, a la búsqueda del ascenso individual y colectivo, a liberarse a sí mismo de las necesidades existenciales y las limitaciones materiales. Y no solo eso. «Son sobre todo también los grandes éxitos de la medicina a lo largo del siglo pasado –sigue diciendo Hank, refiriéndose a Deaton– los que influyen positivamente en nuestro bienestar y los que hoy nos resultan obvios».

Un bienestar obvio, una genial historia de progreso, la gran evasión: ¿de qué estamos hablando aquí? Y sobre todo: ¿de quién? ¿De qué humanidad, de qué «nosotros»? Pues bien, realmente solo de nosotros: de nosotros, hombres del progreso, y de nuestra notable prosperidad. La muerte y la ancianidad, dice por ejemplo Hank, se han convertido hoy en sinónimos: «Antes era normal morir joven». La muerte temprana: ¿un fenómeno del pasado, una experiencia del pasado remoto? ¿Y el sospechoso progreso como motor de la equiparación de las oportunidades vitales, «la medicina y la industria farmacéutica igualan las esperanzas de vida»? Involuntariamente se pregunta uno de qué está hablando en realidad toda esta gente: periodistas económicos alemanes, investigadores económicos internacionales, el premio Nobel de Economía de turno. ¿En qué mundo viven?


Este es un fragmento de ‘La sociedad de la externalización’, de Stephan Lessenich (Herder).

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