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Elige bien tus obsesiones

Aunque no siempre podamos evitarlas, sí podemos redirigir las obsesiones hacia pasiones y acciones que favorezcan el bienestar y el crecimiento personal.

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09
marzo
2026

Una obsesión es una idea fija o recurrente que ocupa el pensamiento, pero también la perturbación anímica producida por dicha fijación. No es de extrañar, por lo tanto, que solamos darle a esa palabra una connotación negativa: en psicología clínica hace referencia a pensamientos intrusivos y angustiantes, y en el uso coloquial la utilizamos para hablar de comportamientos poco saludables que interfieren con la vida normal. ¿Puede, sin embargo, una obsesión ser positiva?

Desde un punto de vista productivo es tentador decir que sí. El científico que solo duerme dos horas al día, trabajando compulsivamente en sus inventos, puede ser Nikola Tesla desarrollando el sistema polifásico de corriente alterna o el motor de inducción. O el escritor que pasa días enteros perfeccionado un párrafo, viviendo como un ermitaño y sufriendo ataques nerviosos cuando la inspiración lo abandona, puede ser Flaubert creando Madame Bovary. El artista que apenas baja del andamio durante cuatro años, durmiendo vestido para no perder el tiempo, y alimentándose casi exclusivamente de pan y vino, puede ser Miguel Ángel pintando la Capilla Sixtina.

Entre la pasión creativa y la obsesión hay a veces una línea fina, y no cabe duda de que muchas mentes adictas al trabajo, obsesivas, minuciosas y patológicamente perfeccionistas han contribuido más al avance de la humanidad que otras más equilibradas. Es decir, sus obsesiones fueron positivas, sin duda, para la sociedad en su conjunto, aunque fueran destructivas para ellos mismos y quienes les rodeaban.

En términos absolutos, por lo tanto, costaría definir las obsesiones productivas como algo recomendable. Habrá quien considere que vale la pena causar un daño a unos pocos para beneficiar a millones. Habrá quien considere que el valor moral de una persona debería ser superior a su productividad. Habrá incluso quien piense que esta dicotomía no tiene por qué darse y que es posible ser una eminencia mundial y cuidar adecuadamente de los seres vivos que te rodean. En cualquier caso, como las probabilidades de ser Einstein o Miguel Ángel son bajas, nadie va a aconsejarte que tu trabajo o tu hobby se convierta en tu prioridad hasta el punto de no dormir, no comer o no relacionarte con otros seres humanos. Pero, ya puestos a obsesionarse con algo (y por lo tanto a olvidarse de todo y todos lo demás), mejor que sea con algo tangible.

Porque la mayoría de las veces las cosas con las que nos obsesionamos ni siquiera nos llevan a ninguna acción. Una idea fija que se queda rebotando en nuestra cabeza puede ser la angustia ante la muerte, la desconfianza ante una posible infidelidad o la magnificación de una subida de peso.  No se trata de pensamientos que podamos elegir, sino que aparecen en nuestra mente sin nuestro beneplácito y nos vemos incapaces de controlarlos.

Según la psicología, es cierto que no escogemos nuestros pensamientos, pero sí la forma de relacionarnos con ellos. De la misma manera, no tenemos mucho control sobre los temas que nos interesan hasta el punto de absorbernos por completo. Hay niños que solo son capaces de hablar de dinosaurios, hay otros que piden más y más libros de superhéroes. Hay adultos que pueden pasarse horas pintando maquetas y otros que dedican todo su tiempo libre a indagar sobre agujeros negros. No elegimos nuestras aficiones ni nuestras preocupaciones… ¿Cómo vamos a elegir –y además, bien- nuestras obsesiones?

La clave estaría en ser capaz de redirigir la energía de nuestra mente hacia proyectos y habilidades que nos beneficien

Está claro que es preferible fijar la mente en algo que impulse nuestro bienestar que en rumiar ansiedades que nos paralicen. Enfocarse obsesivamente en un proyecto o habilidad, como aprender un idioma o tocar un instrumento, puede acelerar su dominio, ser una fuente de placer y elevar la autoestima. Obsesionarse con miedos, descontentos o un perfeccionismo excesivo genera simplemente malestar. La clave estaría en ser capaz de redirigir la energía de nuestra mente de las segundas a las primeras (y mantener el nivel de obsesión en un grado saludable, si eso no es un oxímoron).

No es posible eludir una obsesión genuina, que es automática e involuntaria, pero sí lo es entrenar la mente para reconocer ese tipo de pensamientos y tratar de no engancharse a ellos, enfocándote en acciones concretas que te conecten con el presente. De hecho, el neurocientífico Jeffrey Schwartz desarrolló una técnica de 4 pasos para desarticular los pensamientos obsesivos que consiste precisamente en esto: reetiquetar, reatribuir, reenfocar y revalorar. Es decir, identificar el pensamiento como obsesivo y falso, atribuirlo al cerebro, dirigir atención a otra acción concreta  y despreciarlo como ruido mental.

Los intereses y aficiones, por su parte, nacen de una predisposición, pero se pueden moldear. Encontrar un tema que realmente te apasione puede ser una herramienta esencial para desactivar los pensamientos obsesivos paralizantes. Las aficiones llevan a un estado de flujo de conciencia en el que la mente se desconecta, incapaz de pensar en ninguna otra cosa que lo que se está haciendo en ese preciso momento. En este sentido, lograr que tu obsesión sea una pasión productiva, no solo evitará esos pensamientos intrusivos, sino que te sumirá en una espiral virtuosa de dopamina y avance.

Y hay una serie de áreas en las que es más probable que tu obsesión te aporte satisfacción: aprendizaje y habilidades, actividades creativas, deportes, causas con un propósito social… En cualquier caso conviene no olvidar que, al igual que la envidia sana no existe (se llama admiración), la obsesión sana tampoco existe (se llama pasión). Elige bien tus pasiones, y si has de obsesionarte, que al menos sea con ellas.

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