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Elegir es renunciar

Desde la psicología lo sabemos bien: nuestro cerebro está diseñado para evitar el malestar. Y elegir, sobre todo cuando hay algo valioso en cada opción, es incómodo.

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15
enero
2026

Hay una verdad incómoda que la mayoría intenta evitar cuando habla de tomar decisiones importantes: elegir implica perder. Renunciar. Cerrar puertas. Sacrificarse. No hay escapatoria. No hay manera de tomar decisiones adultas sin pagar algún tipo de precio emocional. Por eso muchas decisiones importantes duelen. Y por eso mucha gente evita decidir.

Nos han vendido la idea de que si algo es «lo correcto» o «lo mejor para ti», debería sentirse bien desde el principio. Que la elección adecuada viene con paz interior, con claridad mental, con una sonrisa. Mentira. A menudo, las decisiones correctas se sienten como una pequeña traición emocional en el momento. Porque te obligan a dejar ir cosas que, aunque ya no te sirvan, aún quieres. Y eso duele.

Romper una relación que te está haciendo daño. Dejar un trabajo estable que te estaba robando la vida. Decirle que no a alguien que te importa. Cambiar un hábito que te da alivio inmediato pero te jode la vida a largo plazo. Todo eso cuesta. Todo eso viene con incomodidad, con miedo, a veces con lágrimas. Porque elegir, en la vida real, rara vez se parece a una escena de película con música épica de fondo. Elegir suele ser silencioso, confuso y solitario.

Y, sin embargo, es lo que nos toca si queremos avanzar.

El espejismo de «no elegir»

Aplazar decisiones se ha convertido en un deporte de alto rendimiento. «Ya veré». «Estoy esperando el momento adecuado». «No quiero hacerle daño». «No tengo claro si es el paso correcto». Todo eso suena razonable, pero muchas veces es una forma elegante de evitar el mal trago de renunciar.

Porque claro: si no decides, no pierdes. No renuncias. No arriesgas. Te mantienes en una especie de limbo donde nada cambia, pero al menos no duele tanto como decidir. Lo que no te dicen es que ese limbo también tiene un precio: el precio de la parálisis, del desgaste emocional constante, del ruido mental que no te deja descansar.

No elegir también es una elección. Y normalmente, es una que beneficia al corto plazo y castiga el largo. No te expone, no te compromete, pero tampoco te permite crecer ni salir del sitio donde estás estancado. Y eso está en la base de la procrastinación de muchas decisiones importantes.

El cerebro también odia elegir

Desde la psicología lo sabemos bien: nuestro cerebro está diseñado para evitar el malestar. Y elegir, sobre todo cuando hay algo valioso en cada opción, es incómodo. Implica tolerar la incertidumbre, anticipar consecuencias, asumir riesgos. Y eso genera ansiedad. Cuanto más emocionalmente implicado estés en lo que dejas atrás, más difícil se vuelve decidir.

Por eso a veces preferimos quedarnos donde estamos, incluso sabiendo que nos hace daño. Porque lo malo conocido tiene algo adictivo: al menos ya sabemos a qué atenernos.

El cambio, aunque sea para mejor, nos obliga a enfrentarnos a lo desconocido

El cambio, aunque sea para mejor, nos obliga a enfrentarnos a lo desconocido. Y ese terreno, aunque esté lleno de posibilidades, también activa nuestros miedos más primitivos.

Pero madurar no es eliminar el miedo. Es actuar a pesar de él. Es elegir con dolor, sabiendo que el alivio no llega al instante, pero sí más adelante.

Decidir con la cabeza cuando el corazón duele

Una de las habilidades más jodidas y más necesarias que podemos desarrollar como adultos es la de tomar decisiones desde la razón aunque las emociones no acompañen. No se trata de ignorar lo que sientes, sino de no dejar que eso lo decida todo por ti.

Hay relaciones que te hacen sentir bien en el momento pero te destruyen a medio plazo. Hay trabajos que te dan seguridad pero te apagan por dentro. Hay hábitos que calman pero que te sabotean. Y dejar todo eso suele hacer daño, claro. Pero es ese daño a corto plazo el que a veces hay que aceptar para construir una vida que no te duela cada semana.

Por eso, muchas decisiones sabias se sienten como una putada. Porque no dan gusto, no son cómodas y no traen alivio inmediato. De hecho, pueden dejarte temblando durante días. Pero si están bien pensadas, si están basadas en principios y no solo en impulsos, el resultado a largo plazo suele ser liberador.

Las decisiones importantes no siempre sientan bien al principio

Hay una idea equivocada de que tomar buenas decisiones viene con euforia. Como si, una vez decidieras bien, todo se alineara y te sintieras en paz enseguida. Y no. A veces te pasarás una semana dudando. Pensando si te has equivocado. Llorando lo que has perdido, incluso sabiendo que no era lo mejor para ti. A veces te sentirás culpable. O vacío. O sin saber quién eres.

Eso no significa que hayas decidido mal. Significa que estás pagando el precio emocional de cambiar. Y ese precio es normal. Forma parte del proceso.

Si esperas encontrar una opción que no duela, te vas a quedar atrapado

Elegir bien no es un evento puntual. Es un acto que se sostiene con el tiempo. Lo decides un día, pero lo reafirmas muchas veces. Cuando vuelven las dudas. Cuando echas de menos lo que cortaste. Cuando te tienta volver atrás.

Ahí es donde se ve si la decisión era firme. No en el momento en que la tomas, sino en los días, semanas y meses que vienen después. Ahí es donde se construye el resultado.

Si esperas encontrar una opción que no duela, te vas a quedar atrapado. No existe una elección perfecta que no te saque de tu zona cómoda. Lo que sí existe es el coraje de aceptar la incomodidad como parte del proceso. De llorar por lo que dejas, mientras te abres a lo que viene.

Hay una frase que lo resume bien: toda elección implica una pérdida. La diferencia entre avanzar o estancarte está en cuál pérdida estás dispuesto a asumir.

¿Prefieres el dolor puntual de decir adiós, o el dolor crónico de seguir donde no quieres estar?

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