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Dime cuál es tu relación con el dolor y te diré quién eres

El dolor ha sido interpretado como experiencia filosófica y vital en todas las distintas tradiciones. Desde Jünger hasta el estoicismo o el budismo, este concepto revela formas profundas de entender la identidad humana.

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15
junio
2026

A lo largo de la historia del pensamiento, el dolor ha ocupado un lugar absolutamente central en la obra de muchos autores. Uno de ellos fue Ernst Jünger, escritor y pensador alemán que, gracias a su longevidad, presenció casi todas las catástrofes del siglo XX, y que formuló una pregunta tan precisa que no deja escapatoria a quien la recibe: dime cuál es tu relación con el dolor y te diré quién eres. Y es que, aunque en su forma pueda parecer sencilla, la pregunta, en realidad, va mucho más lejos. Lo que Jünger señala es que el modo en que una persona interpreta el dolor, le asigna un lugar en su vida y, a partir de eso, decide qué hacer con él. Y esto, en realidad, es al mismo tiempo una declaración de principios sobre cómo alguien entiende la existencia y cuánto está dispuesto a comprometerse con ella.

En la actualidad puede darnos la impresión de que el dolor se trata principalmente como un problema técnico que debe resolverse cuanto antes. La industria farmacéutica, la cultura del bienestar o la psicología positiva comparten, aunque con métodos distintos, el mismo supuesto de fondo: el sufrimiento es una anomalía, un fallo del sistema que conviene reparar con eficiencia y con presteza. Pero, frente a esa lógica, la pregunta de Jünger resulta incómoda porque sugiere que eludir el dolor, gestionarlo o eliminarlo no es necesariamente la respuesta más honesta. Y quizá tampoco la más humana.

El trabajador que no retrocede: Jünger y la pedagogía del dolor

Ernst Jünger publicó Sobre el dolor en 1934, apenas un año después de que Hitler llegara al poder en Alemania. El texto formaba parte de un volumen misceláneo titulado Hojas y piedras y era, en cierta medida, la prolongación de las ideas que había esbozado en El trabajador (1932). Jünger venía marcado por la experiencia de las trincheras: herido catorce veces durante la Primera Guerra Mundial y condecorado con la más alta distinción militar alemana, había aprendido a observar el dolor desde dentro, con una frialdad que a muchos les resultó perturbadora. Esa frialdad no era insensibilidad, y conviene no confundirlas. Era, más bien, la consecuencia de haber decidido que el dolor podía mirarse de frente.

Para Jünger, el dolor es una de las llaves maestras con que el ser humano abre las puertas del espíritu, y también las del mundo

Para Jünger, el dolor es una de las llaves maestras con que el ser humano abre las puertas del espíritu, y también las del mundo. Su argumento principal en Sobre el dolor es que la actitud ante el sufrimiento distingue a los individuos y a las épocas con una precisión que ningún otro criterio puede igualar. La sociedad de la República de Weimar, a la que Jünger criticaba duramente, le parecía decadente precisamente porque había construido su proyecto sobre la promesa de la seguridad y la eliminación del riesgo. Esa sociedad, en su opinión, había perdido la capacidad de enfrentarse a aquellas cosas que causan dolor. El tipo humano que Jünger llamaba «el trabajador» —figura central de su pensamiento, que no debe entenderse en sentido meramente sociológico— era, por el contrario, alguien capaz de moverse en el mundo moderno tecnificado sin perder el contacto con las fuerzas elementales de la existencia, el dolor entre ellas. Jünger no glorificaba el sufrimiento por sadismo intelectual, aunque sus detractores lo hayan acusado de ello. Lo que defendía era que renunciar a la posibilidad del dolor equivale a renunciar a una parte decisiva de la experiencia humana, y que esa renuncia tiene un precio que se paga en términos de carácter.

Otras tradiciones, el mismo espejo

Sin embargo, esta brillante intuición de Jünger no es un hallazgo aislado del pensamiento centroeuropeo de entreguerras. Aparece, con acentos muy distintos, en tradiciones filosóficas que difícilmente podrían parecerse menos entre sí, lo que sugiere que estamos ante algo cercano a una verdad antropológica.

Nietzsche fue quien más explícitamente hizo del dolor un criterio de valor. Para el autor de Así habló Zaratustra, el sufrimiento no es un accidente que ocurre en la vida, sino una de sus condiciones para existir. El ser humano que abraza la actitud dionisíaca —esa capacidad de afirmar la existencia incluyendo todo su peso— se convierte en algo más que alguien que aguanta. Se convierte, en el sentido nietzscheano, en un creador. Esta idea conecta con la famosa sentencia de El crepúsculo de los ídolos: lo que no te mata te hace más fuerte, frase que la cultura popular ha vaciado de contenido pero que en Nietzsche tenía una carga filosófica precisa que apunta a que el sufrimiento vivido de manera consciente es formativo.

La enseñanza budista propone que la relación honesta con el dolor es el punto de partida de cualquier proceso de liberación real

La misma convicción late, desde un territorio completamente diferente, en el budismo. El Buda comenzó su enseñanza precisamente por ahí, con la primera de las Nobles Verdades: la vida es dukkha, insatisfacción y sufrimiento. Así, la enseñanza budista propone que la relación honesta con el dolor —reconocerlo, no huir de él, comprender sus raíces— es el punto de partida de cualquier proceso de liberación real. Escapar del dolor sin comprenderlo es aplazamiento y no liberación.

Los estoicos griegos y romanos llegaron a una conclusión parecida por otro camino. Marco Aurelio, Epicteto y Séneca coincidían en que lo que verdaderamente daña al ser humano no es el dolor en sí, sino el juicio que hace sobre él. De esta manera, el sabio estoico es quien ha aprendido a distinguir lo que depende de él de lo que no, y actúa en consecuencia con serenidad.

Desde la mística cristiana, Simone Weil aportó una dimensión que las tradiciones anteriores no contemplaban del mismo modo. Para Weil, el dolor —la affliction que ella distinguía cuidadosamente del mero sufrimiento— tiene la capacidad de vaciar al sujeto de sí mismo y abrirlo a una realidad que trasciende el ego. Es una idea que comparte estructura con el pensamiento de Viktor Frankl, quien, desde una perspectiva radicalmente laica forjada en los campos de concentración nazis, argumentó que el ser humano puede soportar casi cualquier cómo si encuentra un por qué.

Lo que estas tradiciones tienen en común, a pesar de sus diferencias, es precisamente lo que Jünger formuló como pregunta. Todas ellas sostienen que la relación de una persona con el dolor revela su postura ante la existencia entera: si vive hacia dentro o hacia fuera, si huye o se queda, si necesita que la realidad sea cómoda para poder habitarla. Dime cómo te relacionas con lo que duele y te diré qué tipo de ser humano has decidido ser. La respuesta, claro, no tiene por qué ser heroica. Pero tiene que ser, como mínimo, honesta.

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