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El conocimiento se multiplica al ser compartido

Desde los inicios de la filosofía occidental, los grandes pensadores han utilizado diversos métodos para demostrar que el conocimiento, al contrario que todo bien material, aumenta al ser compartido entre el mayor número de personas.

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02
marzo
2026

El de comadrona es uno de los trabajos más antiguos de la humanidad, tanto que se tiene conocimiento de mujeres que lo ejercían ya en la prehistoria. Pero, en tan lejanos tiempos, más que un trabajo se trataba de una necesidad. Sería en la antigua Grecia cuando esta figura adquiriese su justo reconocimiento. El filósofo griego Sócrates (470 a.C.-399 a.C.) sabía bien de la importancia social de las comadronas. Aquel era el oficio de su propia madre.

Asistir en los partos para ayudar a que una nueva vida vea la luz. Algo así sería el origen etimológico del término «mayéutica», que el propio filósofo utilizó para nombrar un método de adquisición de conocimientos revolucionario en la época. Sócrates defendía la idea de que el conocimiento es lo único que crece cuando se comparte, y se empeñó durante gran parte de su vida en lograr multiplicarlo. La mayéutica socrática consistía en resolver problemas de lo más variado a través de la formulación de preguntas concretas. Tomaba así el relevo de su madre, y planteando cuestiones a sus discípulos permitía que estos reflexionasen acerca de cuestiones esenciales. Ayudaba a dar a luz no nuevas vidas, sino nuevos conocimientos.

El conocimiento, al contrario que los bienes materiales, no se reduce al ser compartido, sino que se multiplica si maestros y aprendices colaboran en su adquisición. Además, al ser distribuido, fortalece los vínculos personales y logra, por tanto, una sociedad más cohesionada.

El principal discípulo de Sócrates, Platón (427 a.C.-347 a.C.), tomó buena nota de las intenciones de su maestro. Tanto que, justamente para compartir la sabiduría que estas contenían, escribió en forma de diálogos todas sus enseñanzas. Para expandir el conocimiento, Platón fundó su Academia, que aún se considera el primer centro de enseñanza y que sirvió de prototipo para las universidades occidentales.

Firme defensor de las ideas de su maestro, organizó aquella Academia desechando cualquier jerarquía, para que los que formaban parte de la misma pudiesen compartir sus investigaciones y logros como iguales. Sería él quien estableciese la dialéctica como método de adquisición de sabiduría que pretendía perfeccionar la mayéutica socrática. Mientras Sócrates nunca alcanzaba con su técnica una solución definitiva a las cuestiones planteadas, Platón aseguraba alcanzar con las mismas una idea irrebatible.

La dialéctica quedaría establecida como método capital para la adquisición de cultura. Partiendo de un problema concreto, Platón planteaba acometerlo desde la exposición de una afirmación previamente argumentada (tesis) a la que se contraponía el conjunto de problemas que esta podría engendrar (antítesis). De esta comparación debía surgir una idea resolutiva al respecto (síntesis).

Los estoicos comprendían el conocimiento como un bien inalienable de la comunidad

Casi en paralelo a la dialéctica platónica, una de las principales corrientes filosóficas occidentales, el estoicismo, sostuvo sus planteamientos sobre un pilar indispensable: compartir cualquier tipo de erudición. Los estoicos comprendían el conocimiento como un bien inalienable de la comunidad. Un bien que debía ser distribuido entre el mayor número de personas para alcanzar su sentido más pleno.

El emperador Marco Aurelio (121-180), uno de los máximos exponentes de la última etapa del estoicismo, consideraba que compartir el conocimiento, más allá de fortalecer a la comunidad, se convertía en un deber social para quienes la conformaban. «Aquello que no es bueno para la colmena, no puede ser bueno para las abejas», es una de las máximas que dejó escritas certificando la necesidad de multiplicar la sabiduría convirtiéndola en bien común.

Durante la Edad Media, cuando surgieron las primeras universidades, se desarrolló un nuevo método para poder hacer llegar a otros la sabiduría acumulada hasta entonces. Los textos filosóficos y de cualquier otra disciplina de la cultura o la ciencia que habían llegado hasta entonces fueron recopilados, traducidos y comentados no solo en instituciones educativas, sino también en numerosos monasterios.

El impulso definitivo a esta difusión de la cultura llegaría a mediados del siglo XV, cuando Johannes Gutenberg (1400-1468) inventó la imprenta. A partir de ese momento, científicos, inventores y filósofos capitales para el pensamiento occidental, como Descartes (1596-1650) o Hegel (1770-1831), pusieron sus ideas al alcance de todos los ciudadanos. Desde entonces, la democratización del saber fue imparable y, gracias a ello, también lo fueron el avance científico, político, tecnológico y social. Quedaba demostrado que Sócrates no se equivocaba al considerar el conocimiento como el único bien que crece cuando es distribuido entre el mayor número posible de personas.

Actualmente, con la digitalización, contamos con herramientas suficientes para incidir en la expansión del saber y, de esta manera, seguir evolucionando no solo como individuos sino, también, como sociedad. Contamos con los medios necesarios para convertirnos en comadronas de conocimiento y seguir ayudando a dar a luz nuevas ideas que fortalezcan al conjunto de la comunidad global.

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