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Así era la democracia griega

Sin presidentes ni partidos como los conocemos hoy: la democracia ateniense era directa y con cargos asignados por sorteo. Un sistema radical, pero también excluyente, que sigue siendo el espejo en el que se mira la democracia moderna.

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16
octubre
2026

En 1937, los arqueólogos que estaban trabajando en la ladera norte de la Acrópolis de Atenas descubrieron, en el fondo de un pozo, 190 óstracos (fragmentos de cerámica) inscritos con el nombre de Temístocles. Se trataba de votos en los que los ciudadanos reunidos en el Ágora habían escrito el nombre de un político que consideraban peligroso y que, gracias a dicha votación, podría ser desterrado durante diez años. La sorpresa llegó cuando el análisis caligráfico de los óstracos determinó que, probablemente, habían sido escritos por solo 14 personas. Se supuso entonces que un grupo de enemigos políticos de Temístocles habría podido preparar las piezas de antemano con el objetivo de distribuirlos entre ciudadanos analfabetos, indecisos o incluso comprados a última hora. Sin embargo, la democracia griega funcionó durante siglos como un ideal. No es para menos: se logró instaurar un sistema que no solo declaraba que el poder pertenecía al pueblo, sino que se blindaba con mecanismos concretos que aseguraran la igualdad política de los ciudadanos.

Su origen se sitúa en las reformas de Solón en la Atenas del siglo VI a.C. La polis vivía una gran tensión social debido a la presión de la aristocracia terrateniente, que provocaba que muchos campesinos pobres se endeudaran y acabaran incluso siendo esclavizados por sus deudas. Solón, elegido mediador, instauró una serie de cambios que sentaron los cimientos de la futura democracia ateniense. Así, prohibió la esclavitud por deudas, reorganizó a los ciudadanos en clases según su riqueza y no su linaje, y se le atribuye la creación de la Boulé (un consejo de 400 ciudadanos para preparar las leyes) y la Heliea (un tribunal popular donde los ciudadanos podían apelar los juicios de los magistrados nobles).

Posteriormente, Pisístrato y sus hijos gobernaron como tiranos, pero debilitaron sin querer a las viejas familias aristocráticas con sus políticas populares, allanando el terreno para la llegada de Clístenes, quien, al tomar el mando en 508 a.C., propuso reformas radicales con las que nació oficialmente la democracia griega. Su objetivo era que todos los ciudadanos fueran iguales ante la ley, y para ello reorganizó el territorio y la ciudadanía, creando 10 tribus nuevas que rompieron con los antiguos lazos de parentesco que los nobles usaban para controlar el voto popular. Además, amplió la Boulé a 500 miembros (50 de cada una de las 10 tribus), cuyos miembros eran elegidos por sorteo, y convirtió la Ekklesía (la asamblea) en el órgano soberano de Atenas: todos los ciudadanos podían reunirse en la colina de la Pnyx para votar directamente las leyes. También Clístenes fue el inventor del ostracismo: los ciudadanos podían elegir si se desterraba a algún político peligroso para el equilibrio de la polis, como le pasó a Temístocles, para proteger así la democracia de futuros tiranos o aristócratas ávidos de poder.

Medio siglo después, bajo el liderazgo de Pericles, la democracia ateniense alcanzó su máximo esplendor con más poder para la Asamblea, un salario para quienes participaban en política y una confianza en el sistema que Tucídides inmortalizó en el famoso Discurso Fúnebre.

¿Cuáles eran, pues, las características que definían esta democracia que sirvió de modelo para las que vendrían después? Se trataba de una democracia directa: los ciudadanos no elegían representantes, eran ellos mismos los que debatían y votaban los asuntos de la polis, reuniéndose unas 40 veces al año en la Asamblea, que era el órgano soberano. Además, la mayoría de los cargos públicos se asignaban por sorteo entre los ciudadanos, al considerar que esta era la forma más igualitaria de repartir el poder. Asimismo, gran parte de los cargos rotaban anualmente y no se podían ostentar de forma consecutiva para evitar que alguien acumulara demasiado poder. Al terminar el año de cargo, debían someterse a una revisión pública. Y, con el tiempo, se remuneraron algunas formas de participación política, de manera que los ciudadanos pobres pudieran permitirse dejar su trabajo para participar en la Asamblea o en los tribunales. Porque la justicia también era ejercida directamente por el pueblo en tribunales populares.

La mayoría de los cargos públicos se asignaban por sorteo entre los ciudadanos, al considerar que esta era la forma más igualitaria de repartir el poder

Eso sí, el pueblo que realmente podía participar de esta democracia estaba muy limitado: solo los hombres adultos, libres e hijos de padre y madre ateniense eran considerados ciudadanos de pleno derecho. Las mujeres, los esclavos o los metecos (extranjeros residentes, en algunos casos, desde hacía generaciones) quedaban excluidos del sistema, por lo que tan solo en torno a un 10-15% de la población tenía derechos políticos. Por otro lado, aunque en teoría cualquier ciudadano podía asistir a la Asamblea, la Pnyix solo tenía capacidad para entre 6.000 y 13.000 personas, dependiendo de la época (y se calcula que en Atenas podía haber el triple de ciudadanos). A efectos prácticos, para muchos campesinos de zonas rurales del Ática el tiempo y el coste de asistir lo hacía inviable y quienes acudían con regularidad solían ser habitantes de la propia ciudad de Atenas. En cualquier caso, 6.000 era el quórum mínimo exigido para las decisiones más importantes.

Este sistema, sin embargo, no duró mucho. En el 338 a.C. Filipo II de Macedonia sometió a Atenas, y en el 322 a.C. el regente macedonio Antípatro restringió la ciudadanía a quienes tuvieran cierto patrimonio, por lo que los atenienses más pobres (unos 12.000), perdieron el voto. Tras la conquista romana del 146 a.C., todos los rastros de democracia fueron desapareciendo.

Aunque ha sido idealizada por muchos pensadores, los filósofos que vivieron la democracia ateniense fueron bastante críticos con ella. Es cierto que muchos sofistas defendieron activamente el sistema democrático y la existencia de cierta capacidad política innata en todas las personas, pero hubo numerosos pensadores que la rechazaron.

Solo los hombres adultos, libres e hijos de padre y madre ateniense eran considerados ciudadanos de pleno derecho

En los diálogos de Platón, Sócrates se muestra preocupado porque el poder estuviera en manos de personas sin conocimiento suficiente de la justicia y del gobierno. No es que prefiriera una tiranía o una oligarquía, lo que él buscaba era una forma de poder fundamentada en el conocimiento de lo justo y lo bueno. Platón recoge este argumento, al que la propia muerte de Sócrates le da una relevancia especial: Sócrates fue condenado a muerte por un tribunal popular por corromper a la juventud y no reconocer los dioses de la ciudad. Platón consideraba esto una prueba definitiva de que dejar la justicia en manos de una opinión popular desinformada puede llevar a decisiones sumamente injustas (como a matar al hombre más sabio de la ciudad).

Aristóteles, por su parte, tenía una visión más matizada. Él creía en un gobierno de muchos, orientado hacia el bien común. Temía que la democracia pura pudiese convertirse en el gobierno de los pobres contra los ricos, pero también reconocía que una multitud es más difícil de corromper que un individuo.

En general, el debate que abrieron los griegos ha quedado inconcluso y muchas de sus preguntas se replican en los textos de filósofos contemporáneos como Popper, Derrida o Žižek: ¿es la democracia valiosa por sí misma o solo para evitar males mayores? ¿Puede la democracia ser destruida desde dentro con sus propias reglas? ¿Es el pueblo sabio en su conjunto o siempre está sesgado hacia los propios intereses? Más allá de las inquietudes epistemológicas, y hasta de los posibles fraudes, lo que está claro es que la democracia ateniense fue la primera en establecer los principios fundamentales de la soberanía del pueblo y la igualdad ante la ley, que sirvieron de base para los sistemas políticos occidentales modernos.

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