Las gratitudes
Hay libros que se leen y se olvidan, pero otros permanecen porque, más que responder preguntas, nos las hacen, abriendo puertas dentro de nosotros. ‘Las gratitudes’ pertenece a esa especial categoría.
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«¿Os habéis preguntado alguna vez cuántas veces en la vida habéis dado realmente las gracias? Unas gracias sinceras. La expresión de vuestra gratitud, de vuestro agradecimiento, de vuestra deuda… Hoy ha muerto una anciana a que yo quería. ¿Le mostré mi agradecimiento como se merecía? ¿Estuve a su lado cuando me necesitó, le hice compañía, fui constante?».
Con este emocionante planteamiento comienza Las gratitudes, la novela de la escritora francesa Delphine de Vigan publicada en 2019 que está convirtiéndose en un clásico de nuestros días. Y es que hay libros que se leen y se olvidan, pero otros permanecen porque, más que responder preguntas, nos las hacen, abriendo puertas dentro de nosotros. Las gratitudes pertenece a esa especial categoría.
Una novela que, en principio, nos cuenta la historia de una anciana con demencia que ve cómo sus días se van agotando; su relación con el logopeda de la residencia donde vive y con una joven vecina a la que cuidó cuando era niña; y su búsqueda de la familia que le salvó la vida durante la infancia, para darles las gracias antes de que sea demasiado tarde.
Pero, en realidad, Las gratitudes nos habla de mucho más. Nos habla de temas universales: envejecer, las despedidas, la soledad y la necesidad de cuidar a las personas que queremos. Nos recuerda que pasa la vida, y que las personas a las que queremos no van a estar siempre junto a nosotros.
Quienes trabajan con personas mayores saben que la etapa final de la vida casi nunca está llena de grandes solemnidades, como si viviéramos en una obra de Shakespeare. Más bien está llena de pequeños arrepentimientos, de pequeñas cosas aplazadas: llamadas que no se hicieron, conversaciones que no se tuvieron o visitas que se fueron retrasando. Palabras o gestos que se quedaron esperando un día perfecto que no existe, aunque en el fondo sabíamos lo que teníamos que hacer. Y es que corremos el riesgo de olvidar que nuestro verdadero patrimonio, el tejido que forma nuestras vidas —y nuestra comunidad— son las relaciones y los afectos que hemos sido capaces de construir.
Quienes trabajan con personas mayores saben que la etapa final de la vida casi nunca está llena de grandes solemnidades
Uno de los protagonistas de la novela dice «Alguien debería avisarnos cuando la gente está a punto de morir. Deberíamos recibir una carta, una advertencia, un mensaje de voz, un email, yo qué sé. (…) Joder. Uno piensa que tendrá tiempo de decir las cosas, y cuando se quiere dar cuenta ya es demasiado tarde».
Y es que vivimos convencidos de que habrá tiempo para todo. De que ya habrá tiempo para llamar a nuestros padres, para charlar con un viejo amigo, para tomarnos ese café que tenemos pendiente, para agradecer un gesto, para reconocer a alguien todo lo que ha significado en nuestra vida… Pero el tiempo tiene una curiosa costumbre: mientras nosotros hacemos nuestros planes, él sigue avanzando en silencio.
Quizá por eso la novela nos emociona tanto, porque nos enfrenta a una verdad difícil: el tiempo pasa y las personas a las que queremos no estarán con nosotros para siempre. Ellos se irán y luego también nosotros nos iremos, y todo esto también pasará. Pero Las gratitudes no debe entenderse como un libro triste, sino como una llamada de atención, como una forma de recordar que todavía estamos a tiempo, a tiempo de hablar, de acompañar, de cuidar, de reírnos juntos.
Y es que quizá deberíamos hacernos una pregunta incómoda. Si mañana faltara alguien importante en nuestra vida, ¿nos habría quedado algo por decirle? Si la respuesta es sí, tal vez no debamos esperar a una despedida para esas palabras. Tal vez todavía estemos a tiempo de llamar a esa persona, de tomarnos ese café, de mantener esa conversación pendiente. De darle realmente las gracias.
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