Lo que llamamos principio a menudo es el final
Lo dice el poema de T. S. Elliot y lo cuenta ‘El rey león’ en la cultura popular. El ciclo de la vida es inexorable y sabemos, desde nuestro nacimiento, que estamos abocados a un final.
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Escribió T. S. Eliot que «lo que llamamos principio a menudo es el final». La frase es uno de los versos de uno de sus poemas, una de tantas que se comparten de forma viral en redes sociales y que se usan de forma recurrente en internet sacándola de su contexto. Lo que importa no es tanto lo que cuenta la obra poética de Eliot (de forma específica, aquella en la que aparece esta frase), sino lo que ella misma transmite. Y a lo que apela es a los ciclos, a como la vida es, en realidad, una sucesión de elementos encadenados.
Lo dice Elliot (el poema continúa, de hecho, indicando que al final le sigue el principio), lo cuenta en animación El rey león o lo empleaba, de forma gráfica y pegadiza, el anuncio del insecticida Cucal en los 90. Aquellas cucarachas que «nacen, se reproducen y mueren» capturaban, inesperadamente, una verdad un tanto filosófica sobre las esencias de la vida, la misma que aprendía el joven Simba.
Al fin y al cabo, cierto es que ya podemos asumir el final en nuestro propio principio, porque (y por muy catastrofista que pueda parecer a primera vista) todos estamos condenados a llegar a esa etapa. El principio de la vida implica necesariamente su terminación, porque no hay una vida eterna. Por mucho que las grandes fortunas del siglo XXI se hayan lanzado a una carrera por la búsqueda de la eterna juventud, el paso del tiempo es inexorable. Sabemos que estamos condenados ya desde el primer momento al final, aunque no sepamos a ciencia cierta cuándo será. Inherente al nacimiento es nuestra futura muerte. Esperamos que llegue en un momento tardío, que nos haya permitido tener una vida larga y plena, pero solo podemos tener la esperanza de que así sea y no la certeza.
Esa condición sine qua non, esa asunción de que nuestro principio es también el inicio de nuestro declive, ha sido el material que ha alentado desde el principio de los tiempos la búsqueda de verdades filosóficas o científicas, lo que ha empujado a las personas a la religión intentando descubrir qué hay más allá (y si el punto final propio no será en realidad uno y aparte) o lo que ha marcado cómo vivimos y cómo aspiramos a hacerlo.
Todo está condenado a convertirse en polvo: desde la polilla que se come a los libros hasta las páginas de internet que desaparecen en el éter virtual
Por supuesto, los seres humanos no son los únicos que están condenados al final. En cierto modo, se podría decir que todo está condenado en algún momento a convertirse en polvo. Hasta los residuos nucleares, con una vida tan larga que ha obligado a crear un lenguaje propio para avisar a la ciudadanía de los milenios futuros de su riesgo, serán nada en algún lejanísimo momento. La polilla se come a los libros, la tinta de los periódicos se desvanece y las páginas de internet del pasado se evaporan en el éter virtual por culpa de los cambios de servidores y de los cierres de servicios online.
Por cada pirámide o acueducto que aguantó el pasó de milenios y sigue estando donde los dejaron sus creadores, hay incontables edificios que se convirtieron en ruinas, cuyas piedras fueron aprovechadas para hacer cualquier otra cosa o que fueron arrasados para dejar paso a lo que en ese momento se veía como progreso. Hasta para que esa pirámide o ese acueducto hayan sobrevivido, han necesitado que alguien (o, mejor dicho, muchos alguien) haya retado el paso de los años manteniéndolos en buena forma.
Incluso, la vida moderna ha acelerado las fechas de caducidad. Ahí está la obsolescencia programada, la asunción de que todo dejará de funcionar lo suficientemente pronto como para que te acabes comprando algo nuevo que ocupe su lugar. Sea por esto o sea porque la oferta es más inmensa que nunca, la sociedad del siglo XXI se ha convertido en la del comprar, usar y tirar. Ya da igual de qué producto se trate, se da casi por descontado que no se convertirá en algo «para la vida».
Aun así, la certeza del ciclo de la vida no implica necesariamente caer en un desespero. Algunas corrientes filosóficas han empujado a vivir en el momento presente, haciendo del carpe diem su bandera, y otras han abrazado el nihilismo; pero otras lo han empleado como antídoto al pesimismo ya que, si tu final será el principio de los demás, el hacer que todo cuente será un trabajo colectivo.
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