T. S. Eliot, el poeta del bourbon y la Biblia
De la desolación nihilista de ‘La tierra baldía’ a la hondura espiritual de ‘Cuatro cuartetos’, la vida de T. S. Eliot —entre máscaras, culpas, bourbon y Biblia— revela que no hubo dos poetas, sino un solo hombre que supo encontrar las palabras exactas para cada herida de su tiempo.
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«Soy clásico en la literatura, conservador en política y anglocatólico en religión». Si la autodefinición bastara para agotar el sentido de una obra, la figura de T. S. Eliot podría reducirse a esa frase célebre. Pero ningún poeta se pertenece: se debe a su tiempo, a sus tensiones históricas y a las interpretaciones que deja su legado. Thomas Stearns Eliot es el poeta de la modernidad que hizo historia con un poema que él luego definió como un «desahogo». El estadounidense que hablaba con acento británico. El poeta que decía haber sido feliz en solo dos momentos de su vida: en su niñez y durante su segundo matrimonio. Ausente cuando se cita a los autores cristianos de su época, a pesar ser autor de los textos más radicales en la defensa del cristianismo como respuesta civilizatoria.
Nació en San Luis en 1888 como el pequeño de una familia de siete hermanos. Su abuelo fundó la primera iglesia unitaria y la Universidad de Washington. La disciplina, la cultura y el puritanismo rígido (su padre escribió: «Espero que nunca se descubra una cura para la sífilis. Es el castigo de Dios por la maldad») configuraron al joven Eliot. Que, a pesar de todo, también pasaba las tardes bailando con Vivienne Haigh-Wood, con la que se casó a los tres meses de conocerla sin comunicárselo a sus padres. Y pedía a sus amigos que, cuando fueran a buscarlo, preguntaran por «el capitán», un alias irónico tras el que se ocultaba, como si necesitara una máscara para habitar el mundo con un poco más de aplomo.
«Hay muchos Eliots diferentes: el tímido y el amistoso, el triste y el sereno, y el Eliot que expresa pensamientos complejos con ritmos complejos. Incluso hay un Eliot humano al que le encanta el bourbon y la Biblia, que suele tener en su mesilla de noche (en la austera Inglaterra se conforma con la ginebra rosa)», lo describía la revista Time en 1950.
Para muchos, hay un Eliot que escribió La tierra baldía y un Eliot que escribió Los Cuatro Cuartetos. Uno ha sido reconocido como el poema que inaugura la modernidad, el canto nihilista por excelencia, un poema de posguerra para un mundo que había saltado en pedazos. Mientras, el segundo ha sido calificado como un programa de vida cristiana, un ejercicio de meditación espiritual y de reconciliación con el tiempo, la memoria y el sentido.
¿Qué ocurrió entre uno y otro? Su conversión al anglocatolicismo sería la causa de esta transformación. Y así, donde algunos ven en los cuartetos su obra más madura y esperanzadora; otros lamentan un paso atrás en lo que prometía ser un poeta de vanguardias, pionero en las nuevas formas de la modernidad.
Sin embargo, hay más complejidad detrás de la transformación en la poesía de Eliot que un simple apego a la ortodoxia religiosa. Para empezar, La tierra baldía no se comprende sin las dos grandes influencias en la vida de Eliot durante su primera etapa como poeta: Ezra Pound y su primera mujer, Vivienne Haigh-Wood.
En primer lugar, el poema está dedicado a Pound, que catalizó el simbolismo francés que Eliot había vivido durante una estancia sabática en París. Pound leyó Canción de amor de J. Alfred Prufrock y se convenció del talento de Eliot, consiguió que lo publicaran y editó La tierra baldía hasta dejarlo en un tercio de su borrador original.
Eliot mantuvo durante toda su vida una apertura a la crítica de terceros. Elliott Martin Browne, director de teatro de la mayoría de las obras del poeta, dejó escrito que «ningún dramaturgo estuvo más dispuesto a prestar atención a las preguntas y sugerencias críticas, especialmente las de quien tenía que hacer que la obra funcionara en el escenario».
‘La tierra baldía’ se ha leído como el poema de la posguerra, el retrato de una generación alienada y desorientada
Vivienne también actuó como una de las principales lectoras críticas del poema y sus anotaciones revelan que Eliot confiaba en su criterio y aceptaba sus sugerencias. Sin embargo, la influencia de Haigh-Wood en el poema va mucho más allá que unos comentarios en los márgenes de las hojas: su fragilidad emocional, su sensación de asfixia y su experiencia del matrimonio como desgaste cotidiano atraviesan el poema.
La tierra baldía se ha leído como el poema de la posguerra, el retrato de una generación alienada y desorientada. A Lorca le descubrió la ciudad moderna como tema. A Bob Dylan le inspiró un registro cultural que aparecería en canciones como Desolation Row. Pero lo cierto es que en el núcleo del poema está la desolación de Eliot por su matrimonio fracasado. Vivienne, intensa y culta, sufría episodios de ansiedad que, sumados a la fragilidad de Eliot, dificultaron la convivencia y llevaron a prolongadas separaciones hasta la ruptura definitiva.
En 1926, Eliot recibe la catequesis para ser bautizado en una ceremonia a la que no acude su mujer y al año siguiente obtiene la nacionalidad inglesa, consumando su identificación con el país de sus antepasados. En 1932, los Eliot aparecieron juntos como matrimonio por última vez. En 1938, ella fue internada en Northumberland House, un hospital psiquiátrico privado. Falleció allí inesperadamente en 1947, dejando a Eliot marcado por un sentimiento de culpa y sumido en el silencio. Un año después, Eliot recibiría el Nobel de Literatura. El periodo que pasó alejado de su mujer y antes de su segundo matrimonio fue de una intensa actividad literaria, tanto poética como de teatro.
Cuando en 1931 escribe, por encargo del obispado y del deán de Canterbury, Asesinato en la Catedral, sobre la muerte del santo Tomás Becket, se empieza a notar la evolución de Eliot hacia el misticismo moderno.
Eliot también trata con frecuencia el sentimiento de culpabilidad, especialmente en The Family Reunion (1939), escrita durante los años que precedieron al ingreso de Vivien en Northumberland House, y después en Cocktail Party (1949) y en 1958 con otro The Elder Statesman.
La conversión religiosa de Eliot fue más la culminación de un intenso esfuerzo intelectual y espiritual que una caída de caballo repentina. Hay más de disciplina que de afecto, más de rigor que de entusiasmo espontáneo, más de cálculo y reflexión que de arrebato emocional. Como describe Joseph Bottum, «la espiritualidad de Eliot no es precisamente árida ni oscura; es más bien como una exótica planta de invernadero obligada a florecer en un espacio reducido, impropio para ello, cultivada en exceso, cuidada en exceso y vigilada en exceso».
De hecho, la poesía religiosa de Eliot ponía el foco más en la búsqueda de la contemplación que en la transmisión de una doctrina, más en el camino de cómo el creyente llega a creer que en la explicación de cuáles son exactamente esas creencias.
Al igual que en su primer poema de éxito, el lugar físico es una parte esencial de la obra. Pero, ahora, en vez de ser una tierra estéril y abstracta, los lugares son escenarios concretos, con nombres y apellidos y llenos de significado. East Coker (1940) recibe su nombre por la villa de Somerset, en la que la familia de Eliot tenía raíces. The Dry Salvages (1941) está inspirado en la costa de Massachusetts, cerca de donde Eliot pasó parte de su infancia. Little Gidding (1942) surge de la visita de Eliot a las ruinas históricas de la comunidad religiosa homónima en Cambridgeshire, fundada en el siglo XVII por Nicholas Ferrar, que combinaba vida de oración, trabajo y comunidad.
¿Hay entonces dos Eliots? Uno que inaugura la modernidad, nihilista y fragmentario, y otro que busca reconciliación y contemplación, religioso y meditativo. Uno inspira a unos y decepciona a otros. El Eliot que sabía cómo definirse a sí mismo quizá dio ya la respuesta a este conflicto. «Las palabras del año pasado pertenecen al lenguaje del año pasado», escribió en Little Gidding, «y las palabras del año que viene esperan otra voz». Quizá hay solo un Eliot. El que encontró las palabras adecuadas para cada año. Quizá el bourbon y la Biblia sean más compatibles de lo que parece.
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