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Jan Brueghel

La magnificencia de los sentidos

Jan Brueghel y Peter Paul Rubens describieron, en la serie pictórica ‘Los Sentidos’, la profundidad de lo sensorial.

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Detalle de 'La vista'
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26
junio
2026

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Todas las obras son, de una manera o de otra, fruto de su tiempo. Desde la primera «pintada» en una caverna hasta el último concierto de Bad Bunny, las obras de arte reflejan una subjetividad debida al comitente, al propio artista o a las circunstancias. En este caso, nos encontramos en los Países Bajos meridionales (hoy en día Bélgica), bajo el Gobierno de una pareja íntimamente ligada al Reino de España: los Archiduques de Austria y Gobernadores de los Países Bajos: la Infanta Isabel Clara Eugenia (hija del propio Felipe II) y su marido (y primo), Alberto de Austria. En estas circunstancias, el matrimonio antes citado encarga a Jan Brueghel (Bruselas, 1568-Amberes, 1625) una serie: Los sentidos. Esta serie fue terminada entre 1617 y 1618 y Brueghel tuvo a bien contar con un amigo suyo que, además de culto, era un talento colosal: Peter Paul Rubens.

Jan Brueghel es el hijo del fantástico Pieter Bruegel (El triunfo de la Muerte, Museo del Prado, Madrid; Cazadores en invierno, Museo de Historia del Arte, Viena). La diferencia principal respecto de su padre es que, mientras que Pieter es hijo de la generación marcada por descubrir el paisaje como objeto pictórico con pintores como Patinir; Jan es hijo de la generación marcada por el humanismo que verá el nacimiento del racionalismo en Descartes y Spinoza. Dicho de otra manera, es hijo de una generación que empieza a establecer una manera de conocer el mundo objetivo que, posteriormente, desembocará en el cartesianismo. Así, aquello que el comitente medio les encarga tiene muy poco que ver.

En este caso, la comitente es, como decíamos, la Infanta Isabel Clara Eugenia. Siguiendo las virtudes platónicas, el gusto por el arte y el conocimiento se convierten en signos de prestigio. De esta manera, los Gobernadores de Países Bajos buscan mostrar su magnificencia (esto es, mostrar al mundo sus virtudes). Así, en las Cortes de Europa empiezan a coleccionarse mapas, los arquitectos diseñan studioli y Gabinetes de curiosidades y los pintores, por supuesto, pintan. Todo junto, Isabel Clara Eugenia tiene uno de los mejores ejemplos en casa: la maravillosa Biblioteca del Escorial que encargó su padre, Felipe II.

De esta manera, en Europa empiezan a clasificarse las cosas de muchas maneras distintas. Este topos, aunque bien pudiéramos decir debate, forma parte de la literatura y la filosofía desde entonces: Borges hizo un alarde de esto en El idioma analítico de J. Wilkins; previamente, Kant «se pelearía» de una forma muy crítica con un fenómeno y un noúmeno. Y antes que todo eso, los científicos europeos observaban que las cosas eran perceptibles a través de los sentidos.

En ‘La vista’ podemos ver cuadros de Tiziano, Rafael y, como no puede ser de otra manera, de Rubens

Jan Brueghel y su amigo Peter Paul dan buena cuenta de cuál es la agenda de la corte de los comitentes. Los cuadros son, en primer lugar, muy cultos. En La vista podemos ver cuadros de Tiziano, Rafael y, como no puede ser de otra manera, de Rubens, que es quien se encarga de pintar a Venus y Cupido en un canon que ya descansa en los manuales como su canon. No es casualidad que exista el adjetivo rubenesco. Viendo las dos figuras, su volumen, su presencia en el cuadro, es inevitable pensar en el Venus y Cupido presente en el Museo Thyssen. Vemos bustos de toda clase, vemos una bola del mundo –el hecho de que sea una bola es un tema en sí mismo–, vemos un ave exótica en el margen derecho y vemos, sobre todo, a una Venus fascinada ante lo que le enseña su hijo. Naturalmente, en uno de los cuadros vemos a los comitentes y, a través de la ventana, el Palacio de Coudenberg, una de sus residencias.

En El Oído es, quizás, donde mejor veamos la mano de miniaturista de Brueghel. Detalles ínfimos que habría que ver con lupa, objetos pintados con pincel de un solo pelo… Y, de nuevo, Rubens y su canon a la hora de pintar a Venus y Cupido. En este caso, veremos que las aves tienen más presencia: no son una mera decoración, es la naturaleza produciendo música. Un detalle, según la página del Museo: un proyecto de la Universidad Complutense determinó que el libro que se ve sobre la mesa es de Pietro Philips Inglese, organista de los Archiduques.

Siguiendo con la sabiduría, vemos que Venus —quizás más «tizianesca» en esta ocasión— está disfrutando en un jardín junto a su hijo. Sin duda El olfato, representado por flores. Volvamos a la época: tanto la zoología como la botánica están «de moda», pues al otro lado del planeta se están descubriendo toda clase de criaturas. Así, Brueghel presenta una de sus grandes especialidades: las propias flores.

El tacto es una reflexión sobre qué rodea al poder –la guerra, la materia, el pragmatismo– y sobre qué se opone a ello

En El tacto observamos un contraste: la gama cromática es fría, las armaduras son duras… y, frente a eso, el beso entre Venus y Cupido, sobre una alfombra lujosa y bajo una suerte de telón de teatro. Todo ello es tacto, tanto la materia como lo que hoy podríamos escuchar en las canciones. El tacto es una reflexión sobre qué rodea al poder –la guerra, la materia, el pragmatismo– y sobre qué se opone a ello.

Finalmente, tenemos El gusto. Es, en realidad, un bodegón y, dentro del género, es un gran bodegón que nos da una gran idea de cómo son los bodegones flamencos y neerlandeses de la época: abundantes, apetitosos, llenos de lujo. Si lo comparamos, por ejemplo, con el de Valbuena que se conserva en el Museo del Prado con el de Sánchez Cotán, veremos que no tienen nada que ver. En el detalle de esta pintura, veremos a la izquierda un homenaje de Jan Brueghel a su padre, Pieter, pues está representado su cuadro La cocina abundante.

En resumen, la serie de Los sentidos es una de las muchas atracciones que podemos encontrar en el Museo del Prado y, como casi siempre, no solo nos encontraremos delante de cinco obras de gran categoría, sino ante el retrato de una época.

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