TENDENCIAS
Cultura

De lo espiritual en el arte

Para Kandinsky, toda creación ha de incorporar lo espiritual, que es aquello que nos eleva, nos recuerda la grandeza que albergamos y nos procura una vida más digna.

Artículo

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
15
enero
2026

Artículo

El éxtasis de santa Teresa, de Bernini; el Requiem, de Fauré; Ordet, de Dreyer; Hallelujah, de Cohen, El juego de los abalorios, de Hesse; el Ángelus Novo, de Paul Klee; Doña Juana la Loca, de Pradilla; pero también Cuadrado negro, de Malévich; Aparición, de Bill Viola; El sol del membrillo, de Erice; las fotografías de Yamamoto; o Decreación, de Anne Carson. Lo que tiene en común este ramillete improvisado e incompleto de obras de arte es su componente espiritual. Un intenso misterio, una sensación inagotable de apertura, una entraña que trasciende más allá de la propia creación y, desde luego, de quien la contempla.

Hablamos de espiritualidad refiriéndonos a esa «energía profética vivificadora que actúa amplia y profundamente», en el decir de Kandinsky (1866-1944), que indagó como pocos este asunto en su tratado De lo espiritual en el arte, publicado en 1911. Lo espiritual es aquello que provoca una vibración del sentimiento, lo que nos descoloca, lo que quiebra la inercia de lo cotidiano y sabido. Aquello que produce «el sonido de un fino jarrón quebrado hallado en el fondo de la tierra», en palabras del pintor ruso. Cuanto lleva semilla de futuro, puesto que es perpetuamente incandescente.

Si bien lo espiritual ha estado a lo largo de los siglos maridado con lo religioso, en tanto que aquello que trascendía nos acercaba a Dios, a partir de los románticos surge otra trascendencia, otra manera de lo espiritual, de la mística, que desemboca no en un ser supremo, sino en el territorio de lo sagrado. Freud habló de «sentimiento oceánico» para referirse a un estado de plenitud en la que el sujeto se funde con el universo, sintiendo la eternidad. Algo así como los versos de William Blake: «Para ver el mundo en un grano de arena,/ Y el Cielo en una flor silvestre,/ Abarca el infinito en la palma de tu mano/ Y la eternidad en una hora.» Décadas después, el filósofo francés Michel Hulin acuñó un término que ahonda en el asunto: «mística salvaje», aquella que permite ser consciente de la inmensidad que somos, y que brota en los caminos más insospechados (la magdalena de Proust que leemos en En busca del tiempo perdido, la cucaracha de Lispector en La pasión según H.G.).

Según Kandinsky, el arte sin espiritualidad produce obras «sin entusiasmo, de corazón frío y alma dormida»

Simone Weill encontró una vía mística (lo espiritual) en el trabajo de los obreros. De ahí parte el despliegue en sus ensayos, textos de puro misticismo que confluyen en su conversión al catolicismo. Las esculturas de Giacometti «convierten los lugares donde se emplazan en templos», como aseguró Jean Genet. El misticismo, salvaje o religioso, nos interpela al recogimiento de un encuentro a solas, nos causa un desgarro «con aire de rapto» que nos eleva y ensancha. Lo concreto, el fiat mariano, y lo abstracto, como la visión monocroma de Klein, o las visiones místicas que tuvo Juliana de Norwich, quien veía a Cristo en una irredenta mancha roja, anticipándose, según Victoria Cirlot, a la abstracción de vanguardia.

Lo espiritual en el arte hace brotar una re-sonancia, sacia (un instante) el «hambre de pan espiritual», de «pan transfigurado», tal y como asegura Kandinsky, para quien el arte sin espiritualidad corresponde a épocas «mudas y ciegas» en las que los hombres colocan su atención allí donde está lo sucedáneo, lo materialista, el desarrollo tecnológico, produciendo obras de arte «sin entusiasmo, de corazón frío y alma dormida».

Se busca el éxito y se olvida o se ignora que una obra de arte, sea cual sea su naturaleza, nunca responde, ni clausura, no propone respuestas sino que nos devuelve a un reino interior que amplía las preguntas, una comarca íntima donde habitar entre los pensamientos arborescentes (no lineales) de los que hablaba Desnos.

Los lienzos de Matisse o de Rothko no son sino reflexiones sobre lo sagrado, una promesa de destino. Así como cada palabra tiene dos significaciones, la inmediata, fruto del consenso, y otra interna (allí donde nos resuena), lo espiritual en la obra de arte posibilita un vaciamiento de lo subjetivo, para adentrarnos «en la claridad», según Rothko.

Los lienzos de Matisse o de Rothko no son sino reflexiones sobre lo sagrado, una promesa de destino

La necesidad de incluir lo espiritual en el arte, además, evita la tentación de una belleza más o menos convencional, explica Kandinsky, una belleza siempre amable que no aporta nada, de la que salimos como entramos en ella, frente a otra belleza que, si bien pudiera parecer en un momento fea (pensemos, por ejemplo, en «Composición en rojo, amarillo, azul y negro», de Mondrian) lo es en tanto estamos desconectados de nuestro interior, tratando de adjudicar a la obra nuestro juicio, en vez de ser pasivos (dejarnos afectar) por aquella vibración que emite la propia obra dentro de nosotros.

Lo espiritual en el arte nos hace libres, afirma Kandinsky, quien advierte al tiempo que «a cada época le corresponde un nivel determinado de libertad». Una obra carente de espiritualidad, para el pintor ruso, no es más que la práctica del sintagma «el arte por el arte», que ignora la naturaleza interior tanto del artista como de quien contempla.

Se trata de que, a través del arte, quien crea o quien mira, escucha, lee, etc., sea «tan sensible como los buenos violines muy usados, que con cada ligero contacto con el arco vibran en todas sus partes y partículas». Algo de música tiene toda espiritualidad. Quizás porque el hombre la lleva en sí, como apuntaba Goethe, acaso porque la música es el arte puro, pero todos los medios son sagrados «si son interiormente necesarios» y sacrílegos «si no brotan de la fuente de la necesidad interior». Lo espiritual ventea la vida interior, nos alimenta.

«El artista crea misteriosamente la verdadera obra de arte por la vía mística». Lo espiritual, pues, ensancha la vida, la hace más intensa, nos convierte en «sacerdotes de la belleza» que cultivan el «principio de necesidad interior». Permite distinguir entre la vida como simulacro o la vida digna de llamarse así.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

El poder curativo del arte

Mariana Toro Nader

Escuchar música o ver una película puede conseguir estimular nuestro cerebro, mejorar nuestra salud y reducir el estrés.

COMENTARIOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME