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Borges y la filosofía

El escritor argentino Jorge Luis Borges abordó los arquetipos, la mente de Dios, el idealismo y el azar, entre otras cuestiones filosóficas.

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22
junio
2026

Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899-1986) exploró libremente la reflexión filosófica en el espacio literario. La intertextualidad de sus escritos le permitía que la filosofía empapase su obra mientras abordaba la realidad, la estética, la metafísica y el lenguaje (sus límites y posibilidades) con una mirada filosófica. Por estas razones, no es difícil dilucidar que la filosofía es imprescindible en el universo borgiano.

El escritor llegó a definirse como «un argentino perdido en la metafísica» de forma irónica, porque recogió que esta es solo una fantasía: «La filosofía y la teología son, lo sospecho, dos especies de la literatura fantástica. Dos especies espléndidas. En efecto, ¿qué son las noches de Sharazad o el hombre invisible al lado de la infinita sustancia, dotada de infinitos atributos, de Baruch Spinoza o de los arquetipos platónicos?», escribió en sus notas para el poema «Las dos catedrales», publicadas en sus Obras completas.

Entre los temas filosóficos que trata Borges en su búsqueda literaria destacan los arquetipos (Platón, neoplatonismo y la gnosis), la mente de Dios (Spinoza y Leibniz), el idealismo (Schopenhauer, Berkeley y Hume con el empirismo), y el azar, la predestinación y el libre albedrío.

Según Manuel D. Benavides, el problema filosófico central de la obra de Borges es el de la unidad y la multiplicidad, «por eso se siente atraído por los sistemas que intentaron encerrar en una síntesis coherente la explicación del mundo como unidad, en especial el racionalismo, el estoicismo y el neoplatonismo».

Berkeley y la inmaterialidad

Uno de los filósofos más importantes para Borges fue Berkeley, como mostró en el poema «Amanecer»: «Curioso de la sombra / y acobardado por la amenaza del alba / reviví la tremenda conjetura / de Schopenhauer y de Berkeley / que declara que el mundo / es una actividad de la mente, / un sueño de las almas, / sin base ni propósito ni volumen».

Georges Berkeley (1685-1753), filósofo, teólogo y obispo, sostuvo en obras como Tratado sobre los principios del conocimiento humano (1710) que la realidad solo son percepciones y que la materia no existe independientemente de la mente que la concibe.

El escritor llegó a definirse como «un argentino perdido en la metafísica»

Borges reinterpretó ese inmaterialismo de Berkeley, que tenía como objetivo refutar el empirismo. No solo adoptó la premisa de la inmaterialidad, sino que lo adapta a su labor literaria para comprender qué es la realidad y cómo se suele mostrar como inestable, ilusoria y dependiente de la subjetividad del lector.

En el cuento «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius» de 1940, el escritor argentino imagina una civilización en donde la materia no existe y el lenguaje pretende determinar la realidad. Jorge Alan Flores señala en Las lecturas filosóficas de Jorge Luis Borges: «La reelaboración borgeana del inmaterialismo representa una creativa y poderosa crítica a la realidad y a cómo la configuramos e instituimos. Borges sirviéndose de Berkeley realiza cuestionamientos directos a nuestro lenguaje que tienen múltiples alcances, como lo ha demostrado en Tlön; estos alcances van desde la ciencia hasta la manera de concebir la justicia o la poesía misma».

El idealismo de David Hume

El filósofo, historiador y economista David Hume (1711-1776) es conocido por sus aproximaciones del empirismo, el escepticismo y el naturalismo. En la obra de Borges, la impronta de Hume es la que definió su reflexión del tiempo, que le sirve como punto de unión con la postura de Berkeley.

La presencia de Hume es inmensa; un ejemplo puede observarse en el poema «La noche cíclica»: «Volverá toda noche de insomnio: minuciosa. / La mano que esto escribe renacerá del mismo / vientre. Férreos ejércitos construirán el abismo. / (David Hume de Edimburgo dijo la misma cosa).»

«El Hume del que Borges hace uso en su obra es tal vez el que más posibilidades literarias tiene, aquel cuyas doctrinas causan mayor asombro, pero también el que más íntimamente está unido a esa angustia borgiana del hombre perdido en un universo caótico y desasosegado por el fluir temporal», apunta Antonio José Cano López.

Si con Berkeley se negaba la materia y el espacio, que son continuidades, Borges busca con Hume negar también el tiempo, puesto que este no es posible fuera del presente.

La influencia de ambos autores hizo que Borges tomara prestadas estas negaciones para negarse a sí mismo dentro del destino que se marca, pero que nos construye en Nueva refutación del tiempo (1944-1946): «El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges».

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