Brueghel y el triunfo de la muerte
En ‘El triunfo de la muerte’, Pieter Brueghel convierte el paisaje en un campo de exterminio donde nadie se salva. Más que una alegoría moral, el cuadro nos recuerda la fragilidad de la existencia.
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No hay refugio en El triunfo de la muerte. Esqueletos armados avanzan, ahorcan, arrastran cuerpos y arrasan un mundo en el que nadie parece a salvo. Ni el poder ni el dinero ofrecen algún tipo de redención. Ese paisaje de destrucción total fue pintado en el siglo XVI por Pieter Brueghel «el Viejo», artista cuya vida está documentada de forma fragmentaria. Se estima que nació entre 1525 y 1530 en Breda porque aparece en los registros del gremio de pintores de San Lucas en 1551. También conocido como Bruegel (sin h), fue padre de Pieter Brueghel el Joven y de Jan Brueghel el Viejo, con quienes se inicia una saga familiar de artistas que prolongó su influencia durante varias generaciones.
Brueghel viajó por Francia e Italia y la fascinación por las montañas alpinas que descubrió entonces se refleja en muchas de sus obras, también en aquellas donde el paisaje no es el protagonista. Aunque vivió el Renacimiento italiano desde dentro, Brueghel no lo imitó. En sus pinturas, plasma figuras que se entregan a los placeres terrenales, que se divierten, que juegan, que se emborrachan y vomitan, que se enamoran, bailan, sufren y mueren. Se dice de él que era bromista, sarcástico y crítico y que le gustaba mezclarse con la gente. Por eso, supo retratar la vida mundana sin dejar de lado la profundidad y la espiritualidad.
Los escenarios donde todo esto ocurre son amplios, organizados en escenas simultáneas que remiten a la influencia de El Bosco. Sin embargo, mientras El Bosco construye universos simbólicos que parecen surgir de una pesadilla o de una alegoría moral, Brueghel sitúa sus escenas en lo cotidiano. Sus demonios nacen del propio comportamiento humano. No representa el pecado como una abstracción, sino como algo que ocurre en las plazas, en las bodas, en las tabernas y en los campos.
Memento mori
Seguramente, la obra en la que mejor se condensa todo esto es El triunfo de la muerte, donde retrata la destrucción de todo un pueblo. Para comprender este cuadro, es necesario recordar que la Europa del siglo XVI convivía con la muerte de forma mucho más cercana que la nuestra debido a las epidemias, las guerras y el hambre. De esa experiencia colectiva surgen símbolos y mensajes que se repiten en obras muy distintas y que remiten a una misma idea: memento mori, recuerda que vas a morir. La muerte no distingue jerarquías y esa perspectiva, que pone a todas las personas al mismo nivel, recorre buena parte del arte y de la literatura medieval y renacentista del norte de Europa.
En una Europa sacudida por la violencia religiosa y la represión, la muerte se convierte en una metáfora del colapso
Por eso, la muerte adopta formas reconocibles, como guadañas, lanzas y flechas, jinetes sobre caballos rojos o esqueletos y calaveras. En El triunfo de la muerte, estos elementos están en todas partes. Brueghel recurre al tema de la danza de la Muerte, pero va más allá del desfile simbólico: convierte la danza en una invasión total, en una aniquilación sin escapatoria. En medio de un paisaje apocalíptico, los esqueletos conducen a hombres y mujeres de todas las clases hacia su final. No hay un punto de reposo para la mirada. Todo es caótico y la muerte lo ocupa todo. Los esqueletos toman el poder y son tantos que «tienen la capacidad de cegar la vida de grandes masas humanas y las empujan hacia un abismo como si fuera una ratonera», explica la investigadora Aldana Hereñú. Toda la escena se presenta como un juicio final, pero resulta complicado fijar la mirada en un punto, porque tiene una gran riqueza en sus partes.
Leída en su contexto, esta pintura se entiende como una alegoría política y social. En una Europa sacudida por la violencia religiosa y la represión (especialmente en los Países Bajos bajo dominio español), la muerte se convierte en una metáfora del colapso provocado por la guerra y las pestes.
Mirar hacia otro lado
Mientras la muerte lo invade todo, hay una escena que llama especialmente la atención: una pareja sigue plácidamente disfrutando de su historia de amor, como si nada de lo que sucede a su alrededor importara. Sin embargo, a sus espaldas, un esqueleto avisa de que, aunque el amor o el placer puedan distraernos, no escaparemos de la muerte.
Alejandro Vergara: «Tiene una humanidad profunda, comprende lo que significa estar aquí, estar en este mundo»
Esta escena puede interpretarse como un carpe diem o, también, como una crítica a la capacidad humana para ignorar la realidad mientras el desastre avanza. El amor, la música o el placer no son condenados en sí mismos, pero se convierten en distracciones o ceguera social. En ese sentido, El triunfo de la muerte dialoga directamente con el género de las vanitas, esas imágenes que recuerdan la fugacidad de la vida y la inutilidad de la riqueza, el poder o el goce. Aquí, las vanidades humanas no aparecen como símbolos aislados, sino como prácticas cotidianas que la muerte arrasa sin distinción.
Y, sin embargo, Brueghel no juzga. Lejos del sermón moral, su mirada no es dogmática. Observa, ironiza y deja que nos reconozcamos en las escenas que representa. Esa ironía ha llevado a describirlo como un humanista lúcido que desconfía de la estupidez colectiva, del fanatismo y del abuso de poder. El cuadro, que hoy se conserva en el Museo del Prado, «tiene una humanidad profunda, comprende lo que significa estar aquí, estar en este mundo», explica el historiador del arte Alejandro Vergara. Y también refleja la preocupación constante por la muerte en una época en la que la única esperanza de salvación era llevar una vida correcta.
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