Boomers, ¡a la guillotina!
Estigmatizar y señalar a los pensionistas antes que a las causas estructurales, demográficas y productivas del sistema es puro populismo. La pregunta es por qué no hemos conseguido garantizar el ascensor social de la siguiente generación.
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Es fácil olvidar lo que los demás han hecho por nosotros. Darlo por hecho. O pensar que simplemente nos lo merecemos. En la novela Los ingratos, Pedro Simón hace un retrato de un país tan ocupado con mirar al futuro que se olvida de dar las gracias a la generación que lo hizo posible. Como si a ellos se lo hubiesen regalado todo por haber nacido a finales de la dictadura.
La ingratitud contamina en los últimos tiempos el necesario debate generacional. Los baby boomers, nacidos fruto del aumento de la natalidad en España entre 1958 y 1975, son señalados en tertulias de televisión, artículos de opinión e incluso libros escritos por voces jóvenes. Según ellos, son los culpables de la precariedad, de la falta de horizonte y de que sus hijos tengan malas condiciones de vida y no puedan comprarse una casa.
¿Es pertinente hablar de los salarios bajos de los jóvenes? Sí. ¿De los problemas demográficos de una población cada vez más envejecida? Claro. ¿Del tapón generacional? Sin duda. ¿De la sostenibilidad a largo plazo de las pensiones? Por supuesto. Pero estas preguntas, necesarias, con sus amplísimas y complejas respuestas no se solucionan culpando a los jubilados.
Estigmatizarlos y tacharlos de egoístas es puro populismo. Porque el problema de la precariedad juvenil y de la incapacidad para acceder a la vivienda responde a causas estructurales, demográficas, institucionales y productivas mucho más amplias y complejas. Y caricaturizar a los pensionistas solo sirve para distraer nuestra atención de una cuestión que no se explica en absoluto desde lo generacional sino desde lo socioeconómico.
Pero, claro, siempre es más fácil echar la culpa a tu pobre tío Antonio, que después de cotizar toda su vida, cobra su merecida pensión y tiene una segunda vivienda alquilada en el pueblo, que mirar a los ojos a otros factores desconocidos y complejos: un mercado laboral que ofrece salarios insuficientes, una estructura productiva dominada por el turismo y la hostelería, la falta de planificación de oferta de vivienda, la desigualdad salarial o la brecha entre sueldos y beneficios en las grandes empresas.
El «nuestros padres vivieron mejor que nosotros» es matizable si atendemos a algunos datos. Muchos boomers entraron en el mercado laboral durante las crisis del petróleo de los setenta. Un momento en el que España sufría cierres industriales, reconversiones y desempleo masivo. Entre 1975 y 1985, la tasa de paro llegó a superar el 20%. Y España sufría una inflación muy elevada, un 25-30% en términos interanuales. Los alimentos, la energía y los gastos cotidianos se encarecían rápidamente. Y tener un sueldo no garantizaba conservar el poder adquisitivo, aunque pudiesen acceder a una vivienda endeudándose o viviendo en pisos pequeños y alejados del centro. Eso sí, para muchos hogares, terminó siendo un patrimonio que se revalorizó con el tiempo, como es evidente con el problema del acceso a la vivienda en la actualidad.
Fuera de España, mientras las políticas de desmantelamiento de lo público avanzan en la Argentina de Milei y en Francia el malestar social de los jóvenes no deja de crecer e incendiar las calles, en España nos echamos los trastos entre generaciones a la espera de unas elecciones generales de alto voltaje en el que las pensiones jugarán un papel central en el debate político con una pregunta de fondo: ¿Son un derecho o un privilegio en un estado de Derecho?
Para mejorar la vida de unos no es necesario empeorar la de otros
La pulsión tan freudiana de matar a nuestros padres, de impugnar su relato, forma parte del desarrollo normal de una generación perdida que busca construir su narrativa, pero para mejorar la vida de unos no es necesario empeorar la de otros. No hay que idealizar la vida de los boomers ni tampoco quitar importancia a las dificultades y la falta de horizonte de los jóvenes de hoy. Son contextos que no tienen que ver y de nada sirve la comparación.
Quizás, de vez en cuando, convenga dejar las antorchas, olvidarnos de la guillotina y darles más a menudo las gracias. Porque los boomers sostienen un sistema que de otra forma hubiese saltado por los aires hace tiempo. En el día a día, son la red de seguridad de un sistema roto y los que, por ejemplo, dan dinero a sus hijos para una entrada de un piso. Así que se merecen un debate serio que nos les criminalice y que responda al quid de la cuestión: por qué no hemos conseguido garantizar el ascensor social de la siguiente generación.
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