La libertad y sus carceleros
Para Calderón de la Barca, libre es quien tiene jurisdicción sobre su propia conciencia.
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Hizo falta que Antonio Regalado, todo un catedrático emérito de la Universidad de Nueva York, patentizase que Calderón había dado en pensar con música y tramoya (¡costumbre asaz heterodoxa en los cánones de la filosofía universitaria!) para que algunos le reconocieran la proeza de sacar la escolástica de la cátedra y colocarla sobre las tablas.
He aquí su hallazgo: hacer de la libertad el drama de quien debe elegir sin conocer el guion. Que las pasiones acucian y los verdugos aprietan no quita preeminencia a ese fuero último de la voluntad que explica que el rey Fernando se gobierne y Justina niegue su consentimiento, o que, ya puestos, la reina Semíramis decida echarse a perder. El albedrío, en el teatro barroco, es una fortaleza sitiada.
Para Calderón, libre es quien tiene jurisdicción sobre su propia conciencia. Por eso, aunque a Segismundo le abran la torre, continúan enjaulándolo sus propios humores. En cambio Fernando de Portugal, cautivo en Fez en El príncipe constante, rehúsa entregar Ceuta a cambio de la llave de la celda, pues le han aherrojado el cuerpo pero no el espíritu. En El mágico prodigioso, el diablo pincha en hueso al tratar de conquistar a Justina, pues una cosa es embaucar los sentidos y otra, gobernar la voluntad ajena. «No fuera libre albedrío / si se dejara forzar».
La libertad, para Calderón, consiste en decidir a tientas
Calderón ornó el dogma con música y exornó la escolástica con enredos, agniciones y conflictos de honra. Aun encerrando al ser humano entre los muros de la providencia, le dejó una estrecha tronera, suficiente para que la modernidad asomara por ella, de manera que bajo el aparato católico quedó planteado el gran problema de la filosofía moderna: cómo puede ser responsable un sujeto que actúa entre fuerzas que no domina y verdades que no alcanza a conocer.
No quedó ahí la cosa. Después de ponerla a disputar con la profecía, la cárcel, los deseos y las asechanzas del Maligno, Calderón sacó la libertad a la plaza pública y le calzó vara de mando. En El alcalde de Zalamea, el labrador convertido en edil ajusticia a todo un hombre de armas, que ha violado a su hija confiado en que el uniforme absuelve las canalladas, y a renglón seguido el rey ratifica la sentencia porque hasta un capitán ha de responder de sus actos.
Como enseña El gran teatro del mundo, del monarca al último pelagatos, pasando por el más ilustre militar, el chambelán, el ricacho y el atorrante, todos tienen su papel y unas tablas donde pasearse: «En la representación / igualmente satisface / el que bien al pobre hace / con afecto, alma y acción, / como el que hace al rey». Huelga decir que Calderón no buscaba abolir los estamentos ni llevaba la Constitución de Cádiz bajo la sotana. El papel viene dado, pero cada cual representa mejor o peor el suyo.
Ahora bien, ¿qué sucede cuando el actor se harta del papel que le ha tocado? En el universo calderoniano, atravesado por la pugna barroca entre el hado y el libre albedrío, rebelarse contra el guion no siempre es posible. En La hija del aire, cuanto más se empeña la gran Semíramis en desmentir el destino anunciado, más parece obedecerlo. De ahí que salga de prisión con hambre de libertad y acabe convirtiéndola en apetito de dominio. Segismundo y Semíramis parten de una profecía y de una cárcel; después, sus caminos se bifurcan. Él aprende que gobernarse precede a gobernar y ella confunde la libertad con hacer de su capa un sayo.
Calderón se guarda así de santificar a la víctima por el mero hecho de haberlo sido: las hay que, cuando logran sentarse en el trono, aprenden con pasmosa rapidez las mañas y hasta la mala leche del tirano. De Pedro Crespo, alcalde de Zalamea, que emplea una autoridad recién adquirida para someter el privilegio a la ley, a Semíramis de Asiría, que usa el poder para engordar su deseo, media ese trecho tan moderno y puñetero que abre la libertad cuando inopinadamente nos sale al paso.
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