El desafío de la autorrealización
Ser lo que uno puede ser
«Si planeas ser menos de lo que eres capaz, probablemente serás infeliz todos los días de tu vida». Hay frases que, como un espejo, nos devuelven una verdad incómoda. Esta del psicólogo norteamericano Abraham Maslow es una de ellas.
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No habla de éxito, ni de riqueza, ni siquiera de felicidad en el sentido más trivial del término. Habla de algo mucho más profundo: de la necesidad de desplegar nuestro potencial, de convertirnos en aquello que sabemos, aunque a veces lo olvidemos, que podemos llegar a ser. Vivimos en una época en la que abundan las recetas de éxito y plenitud. En las redes sociales, cualquier desplazamiento de pulgar nos conduce a gurús del bienestar que nos animan a «manifestar» la vida que soñamos o a «vibrar alto» como si la autorrealización fuera cuestión de hashtags. Pero Maslow, pionero de la psicología humanista, no hablaba de fórmulas mágicas. Hablaba de un proceso exigente y honesto: reconocer lo que somos y atrevernos a desarrollarlo. Y esa es, quizás, una de las tareas más difíciles y a la vez más sinceras que podemos afrontar con nosotros mismos.
Maslow situó la autorrealización en la cúspide de su famosa pirámide de necesidades. Solo cuando las capas inferiores –las fisiológicas, las de seguridad, las sociales, las de reconocimiento– están razonablemente satisfechas, surge la necesidad de ir más allá: de encontrar un propósito, de vivir en coherencia con nuestros valores y capacidades. No es un propósito sencillo, sino un proceso continuo de aprendizaje, de ensayo y error, donde incluso los fracasos nos enseñan algo valioso sobre quiénes somos.
La autorrealización un proceso íntimo y muchas veces silencioso, que tiene que estar en sintonía con lo que realmente somos
Esto, que tendría que ser un proceso interno de cada persona, se complica aún más cuando el ruido del mundo en el que vivimos nos confunde. Las redes sociales muestran vidas aparentemente perfectas, como si llegar a la felicidad fuera cuestión de suerte o de un solo golpe de inspiración, y sin darnos cuenta caemos en la trampa de medirnos en función de cómo nos ven los demás. El filósofo Byung-Chul Han lo llamó la «sociedad del rendimiento»: un espacio donde se nos exige ser visibles y productivos por encima de todo, incluso por encima de ser auténticos.
El problema es que la autorrealización no se puede publicar en una historia. No se mide en seguidores ni se exhibe con trofeos. Es un proceso íntimo y muchas veces silencioso, que tiene que estar en sintonía con lo que realmente somos y creemos. Ser lo que uno puede y quiere ser no tiene un manual de instrucciones ni una apariencia única. Puede ser el científico que investiga durante años sin aparecer en los medios, el maestro que siembra cada día la curiosidad en sus alumnos, o quien encuentra propósito en cuidar de su familia. No necesita espectáculo.
Los falsos atajos
En esta búsqueda, es fácil toparse con promesas que suenan muy bien. Basta un movimiento de pulgar para que aparezcan en nuestra pantalla gurús del bienestar y cuentas de coaching que venden fórmulas mágicas con frases como «cree en ti y lo conseguirás todo» o «sé tu mejor versión, ya». El mensaje en sí no es malo –creer en uno mismo es esencial–, pero el problema es que basta profundizar un poco para ver que está vacío de significado. Convertirlo en un eslogan hace que, si no logras eso que te prometieron, sientas que el problema eres tú. La verdadera autorrealización no es un truco ni un life hack: implica esfuerzo constante, tener la honestidad de reconocer nuestras limitaciones, mucha paciencia y, sobre todo, ser realista. No basta con desear las cosas o visualizarlas; hay que actuar de forma coherente y comprometida con ese propósito.
Maslow nunca planteó este viaje como una carrera egoísta para ser el mejor, sino como un proceso de integración, donde la creatividad, la ética y el sentido de comunidad son fundamentales. Los artistas, inventores o pensadores más admirables no lo fueron por la fama, sino por una necesidad profunda de expresar, descubrir o aportar algo al mundo.
Sentirnos bien con nosotros mismos no debe ser una obligación estresante, sino un acto de cariño
Entonces, ¿cómo cultivamos nuestra propia realización? Autorrealizarse no es convertirse en una versión optimizada y perfecta de uno mismo, no somos un producto. Se trata, más bien, de un camino de conexión: con nuestros deseos, con los demás y con algo que nos trasciende. Es un proceso que se construye día a día a través del autoconocimiento (preguntarnos en serio qué nos mueve), de la acción coherente (tomar decisiones que reflejen nuestros valores) y del aprendizaje continuo. Significa alinear nuestra vida con lo que realmente nos importa, aunque a veces eso implique renunciar a cosas. Supone aceptar que crecer duele a veces, que otras veces toca soltar ideas viejas y empezar de nuevo. Pero, sobre todo, entender que este camino no tiene que ser otra obligación estresante, sino un acto de cariño hacia uno mismo.
Al final, volviendo a la «incómoda» frase de Maslow, no somos más infelices por lo que no tenemos, sino porque no hacemos caso a esa voz interior que nos susurra todo lo que podríamos llegar a hacer. Y aunque escuchar esa voz a veces dé miedo, como decía la escritora Clarice Lispector, «no quiero tener la terrible limitación de quien vive solo de lo que es posible. Quiero una posibilidad más amplia». Al final, se trata de atreverse a vivir todas las posibilidades que llevamos dentro.
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