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Mariano Sigman y Jacobo Bergareche

Amistad

El neurocientífico Mariano Sigman y el escritor Jacobo Bergareche realizan un retorno al banquete platónico para reflexionar sobre la naturaleza de la amistad.

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02
abril
2025
Imagen de portada de ‘Amistad’ (Debate y Libros del Asteroide)

Dejamos todo lo que estábamos haciendo para arrancar la es­critura del libro el lunes 5 de mayo de 2024. Después de dar algunas vueltas eligiendo en qué fuentes abrevar para obtener información y reflexiones acerca de la amistad, dimos con un método particular, casi un experimento. En esencia, decidi­mos que, para escribir sobre la amistad, había que recurrir a los amigos.

Sobre la amistad se ha escrito mucho desde que empezó a escribirse. Es ya un tema central de la obra más antigua de la literatura, La epopeya de Gilgamesh, y fue objeto de estudio de los filósofos griegos. En Ética a Nicómaco, Aristóteles dedica dos libros enteros a definir y analizar los distintos tipos de amis­tad para construir un ideal. Antes que él, Platón y Jenofonte, en sus banquetes, pintan, sin necesidad de definirla, lo que muchos sentimos que es la amistad. En sus respectivos diálogos observamos a un grupo de amigos de lo más variopinto, ale­gres de reencontrarse, estirando una sobremesa hasta el ama­necer, bebiendo vino, contándose chistes e historias, explo­rando temas frívolos y otros más profundos, discutiendo y contraponiendo opiniones. Juntos, interpelándose los unos a los otros, construyen sus conceptos sobre las grandes ideas. En ese sentido, estos dos discípulos de Sócrates nos proponen algo muy sugerente: que es en la conversación con el amigo donde se alumbra el conocimiento.

Aristóteles, que es discípulo de Platón, cuando nos habla de la amistad lo hace, en cambio, con un tratado exhaustivo, sin personajes y sin adornos literarios. Nos presenta un dis­curso y no un diálogo, busca la verdad desde la escritura y el estudio, y piensa a solas, en el silencio de una habitación. Esto supone un cambio enorme en la metodología del filósofo; a partir de él, y hasta nuestros días, el método más usual para filosofar es encerrarse con un montón de libros, estudiar qué pensaron otros en sus respectivos encierros y después hacer una larga reflexión escrita que, al fin y al cabo, no es más que una forma de levantar acta del solitario diálogo que uno mantiene consigo mismo.

Aristóteles cuando nos habla de la amistad lo hace con un tratado exhaustivo, sin personajes y sin adornos literarios

Nosotros pensamos que el propio tema de la amistad pide un retorno al banquete platónico; que el espacio es el círcu­lo de amigos, que el tiempo o más bien el tempo es el de la sobremesa, el accesorio es la copa de vino y el punto de partida es alguna pregunta. Pergeñamos entonces una lista con muchos amigos y amigos de amigos para conversar sobre la amistad. Imaginamos que con lo que aprendiéramos juntos en esas conversaciones tendríamos un material único para elaborar nuestro ensayo. Elegimos un escenario para alojar esas conversaciones: una nave industrial de un barrio alejado de Madrid en la que, además de poder instalar cómodamente una mesa y unos micrófonos, había también una buena coci­na, lo que nos permitiría, emulando el antiguo banquete pla­tónico, cocinar, comer y beber mientras conversábamos. Em­pezamos a contactar a los invitados para concertar las citas y ya en esa fase preliminar nuestro incipiente experimento nos reveló algo: lo extraordinariamente fácil que es convocar a la gente para hablar sobre la amistad. No hubo nadie a quien llamáramos ni siquiera a aquellos que no conocíamos de nada que no hiciese el esfuerzo de encontrar un hueco en su agenda para acudir a la cita. No fueron pocos los amigos que se molestaron por no haber sido invitados.

Y es que hablar sobre la amistad es grato para casi todo el mundo, pues al preguntarnos sobre quiénes son nuestros amigos se nos suele llenar la memoria con la luz de los mejores recuerdos, y, cuando hacemos la reflexión sobre lo que pen­samos que debiera ser la amistad, muchos atisbamos algo que nos reconforta poderosamente y otros muchos creen ver en ella aquello que da sentido a la vida.

Una vez concretado el calendario de encuentros, echó a andar nuestro experimento: durante cinco días intensos y ex­tenuantes conversamos y grabamos las opiniones, los recuer­dos y las reflexiones de setenta y cinco personas acerca de la amistad; eran hombres, mujeres, ancianos, niños, musulmanes, judíos, cristianos, homosexuales, heterosexuales, policías, mú­sicos, banqueros, galeristas, actrices, jardineros, camareros, con­serjes, agricultores o periodistas. Como habíamos planeado, con muchos de ellos, además de conversar y grabar, comimos y bebimos, emulando efectivamente el antiguo banquete pla­tónico.

El viernes 10 de mayo de 2024, hacia el final de la última jornada de charlas y comilonas, aunque todavía no habíamos escrito una palabra, sentíamos que, en cierto modo, ya tenía­mos el libro. Era de madrugada en el barrio de Tetuán y nos quedaba una última reserva de fuerzas para arrastrarnos hasta nuestras casas y desplomarnos en la cama. Llevábamos casi una semana en una nave industrial diáfana, de techos altos, prác­ticamente vacía. Un par de lámparas apenas alcanzaban a alum­brar un rincón con una luz tenue y anaranjada. Casi en la pe­numbra, había dos mesas redondas con mantel: en una había varias botellas vacías de tinto y blanco, latas de cerveza y servi­lletas arrugadas; en la otra todavía quedábamos cuatro personas hablando ante unos micrófonos, grabando una conversación de sobremesa. Rosa Montero, escritora y periodista de seten­ta y dos años, era una de las dos últimas invitadas.

Cuando le preguntamos si consideraba que Petra —la pequeña perra que en esos momentos se acurrucaba dócilmente en su regazo— era una amiga, Rosa nos contestó sin asomo de dudas que no, pues a los perros pequeños se los ha de cuidar como a un bebé a cambio de poca cosa. Sin embargo, puntualizó, los perros grandes sí son amigos, porque construyen vínculos en los que hay reciprocidad, ofrecen protección, generan admiración y con ellos se dan otros atributos propios de una relación de amistad. Cuando entonces le preguntamos cómo de grande tiene que ser un perro para empezar a hablar de un amigo y no de un familiar dependiente, nos dijo sin pestañear: «A partir de treinta kilos». Justo al final de esas sesiones maratonianas que nos llevaron a conversar con personas de lo más diversas, apa­reció por fin el que quizá fuera el único dato preciso y unívo­co sobre qué constituye la amistad: un perro a partir de trein­ta kilos. Todo lo demás parecía discutible… En la amistad hay pocas certezas. Apagamos la grabadora y nos fuimos a nuestra casa a dormir, con el runrún de fondo de todas aquellas voces.


Este texto es un fragmento de ‘Amistad’ (Debate y Libros del Asteroide), de Mariano Sigman y Jacobo Bergareche

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