Determinismo
Lo inamovible y lo azaroso
El determinismo es una doctrina filosófica y científica que supedita cualquier evento a leyes naturales prestablecidas, negando la intervención del azar. Por el contrario, la aleatoriedad es esgrimida por otros filósofos y científicos como la norma que impera en nuestras vidas.
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En 1945, la revista Sur publicaba un relato que se convertiría en piedra angular de la extensa obra de su autor, Jorge Luis Borges (1899-1986). En «El Aleph», el escritor argentino añade a su enciclopédica cultura referencias fantásticas y esotéricas que irá ampliando con el paso de los años. Entre ellas la del propio nombre del relato, que es también la primera letra del alfabeto hebreo, de gran importancia para los estudiosos de la Cábala.
¿Pero qué es el Aleph de Borges? Según su narrador, se trata de una esfera tornasolada de dos o tres centímetros de diámetro en cuyo interior «están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos». En la posterior descripción se evidencia que el Aleph contiene toda la historia de la humanidad concentrada de manera que no admite cambio alguno. Lamentablemente, como explica el propio Borges, el lenguaje humano no tiene capacidad para expresar dicha totalidad.
Mucho tiempo antes, el astrónomo, matemático, físico y filósofo Pierre-Simon Laplace (1749-1827) había hecho una férrea defensa del determinismo científico asegurando que si existiera un intelecto capaz de conocer y someter a análisis todas las fuerzas que animan la naturaleza y a todos sus seres, «podría condensar en una simple fórmula el movimiento de los grandes cuerpos del universo y del átomo más ligero». Ese intelecto, conocido como «demonio de Laplace», conocería con total exactitud tanto el pasado como el futuro. De alguna manera, podría asomarse al Aleph borgiano sin temor a fallar en su interpretación del mismo.
Según el determinismo, el universo funciona como un sistema cerrado e inamovible
El determinismo es una doctrina filosófica y científica que asegura que todos los eventos, incluidos los humanos, están determinados por ciertas leyes naturales establecidas previamente en base a relaciones causa-efecto. Según esta doctrina, el universo funciona como un sistema cerrado e inamovible, y si conociéramos las leyes que lo gobiernan podríamos predecir con absoluta precisión el futuro y dar explicación al pasado. El determinismo niega, por tanto, que exista evento alguno provocado por el azar, y apuntala el principio de causalidad establecido por la filosofía antigua para justificar que rige todo ámbito de la realidad.
Aplicado científicamente, el determinismo establecería los postulados mecanicistas de la física clásica defendida por Laplace. Lógicamente, la ciencia ha continuado evolucionando desde entonces y, cuando en 1927 el físico alemán Heisenberg (1901-1976) formuló su principio de incertidumbre, la física cuántica negaría taxativamente el determinismo. Los fenómenos cuánticos demostraban quedar fuera del alcance de las relaciones causa-efecto e introducían el concepto de aleatoriedad o azar.
Basando la evolución humana en una serie de acontecimientos absolutamente azarosos, el biólogo francés Jacques-Lucien Monod (1910-1976) tomaría el testigo del filósofo griego Demócrito (460 a.C.-370 a.C.) para asegurar que incluso el origen de la vida en la tierra «es fruto del azar y la necesidad». En un controvertido ensayo publicado en 1970, justamente con el nombre de El azar y la necesidad, el biólogo defendía que la vida surgió en la tierra tras un accidente químico único e irrepetible, una tremenda casualidad debida a la cual el destino humano no está escrito en ninguna parte. Casualidad frente a causalidad, azar frente a determinismo.
El biólogo francés Jacques-Lucien Monod introdujo la idea del azar como parte inalienable de la biología y la genética
Monod cuestionaba desde el origen de la vida hasta las teorías evolutivas de las especies y los patrones de conducta de las personas, introduciendo el azar como parte inalienable de la biología y la genética. En su ensayo acuñó el término «teleonómico» para aludir a aquellos procesos biológicos o conductuales que operan sin un plan previo. Aseguraba que debido a dichos procesos intervenidos por el azar y la necesidad de adaptación, solo aquellas funciones y estructuras biológicas más fuertes que las anteriores van conformando la realidad.
Las teorías de Monod, más allá de su carácter científico, cuentan con una profunda lectura filosófica de la vida humana. Aseguran que el hecho de que no se haya tenido en cuenta el azar en su origen y evolución responde a los fundamentos de la tradición judeocristiana, según la cual todo estaría en manos de un dios cuyos planes nada de azaroso pueden tener.
En caso de defender el determinismo, estaríamos asegurando la no existencia del libre albedrío y, por tanto, la imposibilidad de que el ser humano pueda tener libertad en sus acciones. Por el contrario, si creemos en el azar, aseguramos esa libertad de acción, pero reconociendo que por muy cercanas que sean las metas propuestas, alcanzarlas no dependerá únicamente de nuestros esfuerzos sino también, en gran medida, de cuestiones aleatorias.
Uno de los ejemplos que, con más reiteración, utilizan quienes defienden la aleatoriedad, es la seguridad de que cuando lanzamos un dado es imposible conocer de antemano el número que aparecerá. Tal vez por ello, y confirmando el estrecho vínculo entre ciencia y metafísica en esta cuestión, Albert Einstein (1879-1955), molesto con las teorías del azar que dieron en el indeterminismo científico, aseguró que «dios no juega a los dados».
El protagonista del relato borgiano, cuando se asoma al Aleph, asiste a esa visión totalizadora que defiende el determinismo al considerar el funcionamiento del universo como un sistema inamovible y cerrado. Pero lo hace de una manera absolutamente fragmentada, vertiginosa y caótica (azarosa, por tanto) que evidencia la imposibilidad de alcanzar ese conocimiento de las leyes que rigen el cosmos, dejando en suspenso la sola posibilidad de que estas existan.
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