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Abrir la puerta de casa para abrir la mente al mundo

Cuando una familia anfitriona decide recibir un estudiante, está haciendo mucho más que ofrecer un lugar donde vivir durante unos meses. Está aceptando que alguien nuevo entre en su rutina.

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21
septiembre
2026

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En un momento en el que el debate público está marcado por la polarización y los discursos complejos, solemos buscar respuestas para mejorar la convivencia en las grandes instituciones o en complejas normativas internacionales. Sin embargo, algunos de los cambios más profundos pueden empezar en lugares mucho más sencillos: alrededor de la mesa a la hora de la cena.

Cuando hablamos de aprendizaje intercultural e intercambio, pensamos enseguida en un estudiante con una mochila a la espalda, viajando a otro país y descubriendo una nueva cultura. Pero la experiencia de AFS Intercultura demuestra que el viaje funciona en las dos direcciones. Detrás de cada joven que hace este viaje hay también una familia que decide abrirle las puertas de su casa y compartir con él o ella algo mucho más importante que una habitación: su vida cotidiana.

A veces existe una idea poco acertada sobre lo que significa ser familia anfitriona. No consiste en tener una habitación libre y ofrecerla durante unos meses. Es algo bastante más sencillo y, a la vez, bastante más complicado: compartir la vida cotidiana. Ser familia anfitriona significa compartir el día a día, con todo lo que eso implica: las rutinas, las compras, los horarios, los pequeños desacuerdos y por supuesto, también los momentos de alegría.

Y es precisamente ahí donde creo que reside el  valor de la experiencia. Para un estudiante que llega a un país nuevo, todo puede resultar extraño al principio. Hay normas que nadie explica porque para nosotros son evidentes. Hay formas de hablar, de relacionarse o de resolver un conflicto que pueden ser completamente diferentes a las que conoce. De repente, tiene que aprender a preguntar, a pedir ayuda y sobre todo, a aceptar que no todo funciona como esperaba. Y esto también es aprendizaje. 

La resiliencia, la capacidad de adaptación o la empatía son palabras que utilizamos mucho en AFS cuando hablamos de educación. Pero hay cosas que se entienden mucho mejor cuando te toca vivirlas. Cuando tienes que explicar cómo te sientes en un idioma que todavía no dominas. Cuando has tenido un mal día en el instituto y necesitas encontrar la manera de contarlo. O cuando descubres que eso que en tu casa era «lo normal» no tiene por qué serlo en otra.

Pero la experiencia transforma también a la familia que recibe un estudiante. Porque convivir con alguien de otra cultura tiene un efecto curioso: de repente empiezas a ver tu propia casa con otros ojos. Una pregunta tan sencilla como «¿por qué hacéis esto así?» puede hacernos pensar. En nuestra forma de comer, de hablar o de relacionarnos con la familia hay muchas cosas que damos por hechas. Hasta que alguien llega y las mira desde fuera apareciendo nuevas preguntas, alguna que otra sorpresa y en ocasiones también algún prejuicio que no sabíamos que teníamos.

En nuestra forma de comer, de hablar o de relacionarnos con la familia hay muchas cosas que damos por hechas

En AFS Intercultura hablamos mucho de competencias globales y de Ciudadanía Global Activa. Son conceptos importantes, pero no deberían quedarse en un documento o en una presentación. Nosotros pensamos que se aprenden haciendo.

Se aprende comunicación intercultural cuando descubres que hablar el mismo idioma no significa necesariamente comunicarse de la misma manera. Se aprende pensamiento crítico cuando entiendes que tu forma de hacer las cosas es una entre muchas. Y se aprende empatía cuando empiezas a mirar una situación desde el punto de vista de otra persona.

Todo esto puede ocurrir en un aula, por supuesto. Pero también puede ocurrir un martes por la noche, durante la cena, cuando la familia y el estudiante intentan entenderse después de un día largo. Por eso creemos que ser familia anfitriona tiene un valor educativo enorme. Porque no hace falta crear una situación especial para aprender. La propia convivencia ya plantea situaciones suficientes.

Lo interesante es que el impacto no se queda necesariamente dentro de la familia. El estudiante va al instituto, hace amigos, practica deporte, queda con sus compañeros y empieza a formar parte de la vida de su pueblo o de su barrio. Poco a poco deja de ser «el estudiante de intercambio» para convertirse en alguien con nombre y apellido. Y eso cambia las cosas.

Imaginemos a un adolescente que hasta ese momento solo conocía un determinado país por las noticias, las redes sociales o alguna película. De repente, tiene delante a una persona de ese país. Se sienta a su lado en clase, habla con ella, se ríe con ella, discute, queda para jugar al fútbol, al baloncesto o a otro deporte. Y probablemente termina compartiendo muchas más cosas de las que imaginaba. Lo que antes era una idea abstracta se convierte en una persona concreta. Y quizá ahí esté una de las grandes aportaciones de la experiencia: hacer que lo diferente deje de parecernos tan lejano.

La experiencia de ser familia anfitriona es una puerta que se abre en las dos direcciones. Cuando una familia decide recibir un estudiante, está haciendo mucho más que ofrecer un lugar donde vivir durante unos meses. Está aceptando que alguien nuevo entre en su rutina y que durante un tiempo esa rutina cambie.

No siempre será perfecto. Habrá días fáciles y otros no tanto. Habrá malentendidos, costumbres que cueste comprender y momentos en los que todos necesitarán un poco de paciencia. Pero precisamente por eso funciona. Porque aprender a convivir con alguien diferente no consiste en estar siempre de acuerdo. Consiste en aprender a escuchar, a adaptarse y a encontrar puntos en común.

En un momento en el que hablamos constantemente de polarización, diversidad y convivencia, quizá deberíamos prestar más atención a estos pequeños espacios donde todo eso se practica de verdad: una familia abre la puerta de su casa, un joven entra con una historia que todavía no conocemos. Y, unos meses después, probablemente ninguno de los dos vuelva a mirar el mundo exactamente de la misma manera. Puede parecer un gesto pequeño. Pero precisamente esos pequeños gestos son los que, poco a poco, pueden cambiar la forma en que nos relacionamos con los demás.


Sandra Lois es directora general de AFS Intercultura

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